Textos    

Las chicas ya fuman más que los chicos

Yo fui esclavo del tabaco - Terenci Moix

Sobre la lectura - Gabriel Tortella
La servidumbre de los padres - R. Montero
Elogio del pudor - Vicente Verdú

El gramático a palos - Luis Landero

Gracias y desgracias del ojo del culo - Quevedo

Basuras - Rosa Montero

Maestros - Patricia Guilabert, exalumna de este instituto

Internet: "surfear" no es igual que leer - J. A. Marina

El semáforo - Elvira Lindo

El lobo feroz y Caperucita

Recuerdos de niñez y de mocedad - Unamuno

La ortografía - Jaime Campmany

Cuerpos - Rosa Montero

Padres de ayer y hoy - Carlos Herrera

Modernos y elegantes  - Julio Llamazares

Nos quejamos de que... - José Mª Carrascal

El futuro del libro - Fco. Rodríguez Adrados

Internet, el gran educador - Diego Martínez

Nosotras y ellos - Rosa Montero

Leed, leed, malditos - J. A. García del Castillo

Hábitos culturales - Juan José Millás

Información, ciencia y sabiduría - E. Lamo de Espinosa

Libros - Eduardo Mendoza

Malinterpretar el correo electrónico... - Daniel Goleman

 

 

 

 

 

 

 

Las chicas ya fuman más que los chicos

Los expertos vaticinan un fuerte incremento del cáncer de pulmón entre

las mujeres por el aumento del tabaquismo

 

 

Tabaquismo femenino

El hábito de fumar es por primera vez superior entre las chicas que entre los chicos, lo que confirma una tendencia que se venía apuntando. Al menos eso es lo que ocurre en la provincia de Sevilla, de acuerdo con un estudio realizado por la Asociación de Neumólogos y Cirugía Torácica del Sur (Neumosur)con una muestra de más de 3.400 jóvenes de 47 centros de enseñanza primaria y secundaria. Los datos del estudio reflejan que entre los 10 y los 19 años, el porcentaje de jóvenes fumadoras es de casi un 20%, mientras que el de fumadores es de un 18,3%.

HUGO CERDÀ | Barcelona

Ahora que los hombres adultos están abandonando los cigarrillos, el tabaquismo se feminiza. Y no sólo porque cada vez el porcentaje de mujeres que fuman es mayor, sino porque entre los adolescentes ya son más las chicas adictas al tabaco que los chicos. Un estudio sobre tabaquismo escolar en la provincia de Sevilla realizado por la Asociación de Neumólogos del Sur ha revelado que entre los jóvenes de 10 a 19 años se registran ya más casos de tabaquismo entre las chicas que entre los chicos. Así, mientras que el porcentaje de jóvenes fumadores es de un 18,3%, el de fumadoras es de casi un 20%. Este informe confirma una tendencia que ya venía apuntándose: el aumento del tabaquismo entre las mujeres, un fenómeno que, según todos los expertos, provocará en los próximos años una epidemia de cáncer de pulmón y otras dolencias relacionadas con el tabaco en la población femenina.

La última Encuesta Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y Consumo muestra que, mientras que el consumo de tabaco en los hombres descendió sensiblemente entre 1987 y 1997, desde el 55% al 44,8%, en las mujeres aumentó, pasando del 23% al 27,2%. 'Esto es parte de un proceso que se ha dado en otros lugares. En los países escandinavos ya hace años que fuman más las mujeres que los hombres. Los hombres comenzaron a fumar antes y comenzaron también antes a dejar de fumar masivamente. Las mujeres comenzaron más tarde y aún están incorporándose al proceso de dejar de fumar', explica el epidemiólogo Joan Ramon Villalbí, presidente del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT).

Todos los expertos consultados coinciden en la gran influencia que tienen las campañas publicitarias de las tabaqueras en el aumento del número de fumadoras. 'En cuanto las mujeres han comenzado a trabajar fuera de casa y a tener dinero propio, han pasado a ser consideradas, dentro de la estrategia de las compañías, como su población diana', afirma Villalbí.

Las campañas publicitarias han intentado crear una asociación favorable entre el tabaco y los principales valores y expectativas de una mujer independiente. 'El uso del tabaco ha sido incorporado como un elemento positivo del rol femenino, debido tanto a la influencia de la publicidad de las compañías tabaqueras como a la aceptación social del tabaco. Así, para la mujer joven el tabaco es en ocasiones un símbolo de independencia, de libertad y rebeldía, y en otros casos, incluso la hace sentirse más atractiva y sexy', explica Francisco Javier Álvarez, neumólogo de la unidad de EPOC, Tabaquismo e Infecciones Respiratorias del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla.

 

Preocupadas por la imagen

La divulgación de estereotipos sobre la utilidad del tabaco como producto que ayuda a controlar el peso corporal, algo totalmente falso, ha llevado a muchas adolescentes preocupadas por su imagen a adoptar y mantener el hábito de fumar. 'Hay una presión hacia las mujeres por un modelo estético corporal de una esbeltez extrema. Si a una chica le dices que fumando se mantendrá delgada, probablemente acabe haciéndolo, y de nada servirán las advertencias de que el tabaco perjudica gravemente su salud', dice María Rosa Raich, del departamento de Psicología de la Salud de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

No es cierto que comenzar a fumar permita controlar el peso, y, en cambio, sí lo es que, una vez instalado el hábito, al dejarlo se engorda unos kilos. De modo que este estereotipo funciona como una trampa, primero para que las chicas comiencen a fumar y luego para que no quieran dejarlo, pese a que les preocupe su salud.

Si a ello sumamos la influencia de los modelos sociales de comportamiento y la elevada disponibilidad del tabaco, es fácil que una adolescente caiga en la tentación de fumar. 'En el inicio del hábito es importante la imitación de modelos cercanos. Padres, hermanos y amigos fumadores son factores esenciales en la aparición de una nueva fumadora. Y también es importante el ambiente de permisividad hacia esta drogadicción y la facilidad con la que los jóvenes pueden acceder a un cigarrillo', señala Álvarez. El bajo precio de las cajetillas de tabaco y la venta de cigarrillos sueltos cerca de los institutos acaban siendo el colofón de toda una serie de elementos favorables al inicio en el tabaquismo. Por este motivo, para frenar el tabaquismo, los expertos reclaman tres medidas: un control rígido y efectivo de la publicidad, establecer una fuerte carga fiscal sobre el tabaco y limitar la accesibilidad de este producto para los adolescentes.

'Países como Francia, Noruega y Nueva Zelanda, que controlaron la publicidad hace años, han registrado descensos continuados en el número de fumadores, sobre todo entre los adolescentes', indica Villalbí. 'En España esta cuestión está muy poco controlada. La presión publicitaria es brutal. Y tampoco se ha actuado suficientemente en el ámbito fiscal. Hay que tener en cuenta que, por cada 10% que sube el precio del tabaco, baja un 4% el consumo'.

El tabaco causa la muerte de tres millones de personas al año, según la Organización Mundial de la Salud. 'Teniendo en cuenta las tendencias actuales, se puede afirmar que habrá una incidencia muy notable de cáncer de pulmón en las mujeres, habrá un importante aumento de EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), de enfermedades cardiovasculares y de neoplasias como cáncer de laringe, esófago, vejiga, páncreas, estómago y cérvix, entre otros', afirma Francisco Javier Álvarez. Así las cosas, aunque el número de fumadores masculinos desciende, el aumento que se produce entre las mujeres va a impedir que descienda el número de muertes anuales causadas por el tabaco en España, unas 46.000 al año, e incluso puede hacerlas aumentar.

Sin embargo, Josep María Borrás, director del Instituto Catalán de Oncología, cree que la incidencia del cáncer de pulmón entre las mujeres no llegará a los niveles alcanzados por la población masculina, ya que 'las mujeres han empezado a fumar más tarde, cuando ya hay también una presión sanitaria para dejar de fumar, y suelen consumir menos cigarrillos que los hombres'.

No obstante, es muy probable que los casos de cáncer de pulmón en las mujeres superen a los de mama, como ya ocurre en EE UU, donde cada año el número de mujeres fallecidas por neoplasia de pulmón supera en 27.000 a las que mueren por cáncer de pecho. En España los datos más recientes muestran todavía una diferencia abismal en la incidencia del cáncer de pulmón y bronquios entre hombres y mujeres. Según el Instituto Catalán de Oncología, en 1996 el número de casos de este tipo de neoplasias en España era de 1.400 entre las mujeres, frente a 15.500 entre los hombres.

Más vulnerables

Aparte de estas enfermedades, en las que la adicción al tabaco afecta por igual a hombres y mujeres, hay aspectos en los que la población femenina resulta más vulnerable. Un estudio que acaba de publicar la revista Journal of Epidemiology and Comunity Health, demuestra que entre las mujeres asmáticas hay mayor proporción de fumadoras que entre los hombres que padecen la misma dolencia, lo cual corrobora que el tabaco puede tener más efectos negativos en las mujeres que en los hombres. En este caso, la explicación sería que, al tener los conductos respiratorios más pequeños, resultarían relativamente más dañados por la misma dosis de sustancias tóxicas.

'El consumo de tabaco también aparece asociado a la menopausia precoz y a la osteoporosis. Las mujeres que toman anticonceptivos orales presentan además un mayor riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular si son fumadoras', explica Elisardo Becoña, miembro de la unidad de tabaquismo de la Universidad de Santiago de Compostela.

Pero hay algo más que muchas mujeres tampoco saben: 'Si la publicidad le dice a la mujer que fume para mantener la línea y resultar atractiva, y eso le empuja a hacerlo, hemos de decirle también que el consumo de tabaco provoca la aparición prematura de arrugas faciales, deterioro de la piel, mal aliento y una tinción amarillenta de los dedos y los dientes. Tal vez eso no consiga reducir el número de fumadoras, pero pondrá la verdad en su sitio', concluye Maria Rosa Raich.

 

 

 

 

YO FUI ESCLAVO DEL TABACO

Terenci Moix

He estado a punto de morir con la gentil colaboración de Tabacalera española. Puedo hacer esta afirmación con absoluta certeza porque he sido fiel a sus productos nacionales desde 1957. El consumo salvaje de las marcas Celtas y Ducados me permite afirmar que los asesinos hablan mi idioma. Cuando he residido en el extranjero han sido Gitanes y Gauloises, con la aportación decididamente cutre de los Nazionali cuando viví en Roma. Y todos en cantidades tan ingentes que justifican el título de este artículo, al estilo de “Yo fui una madre soltera” o “Yo fui un Frankenstein adolescente”. O, siguiendo con el cine: “Me llamo Lillian Roth y soy una alcohólica”. Así, pues, confesión pura y dura.

Descartando los factores obvios sobre los que inciden razonablemente todos los escritos contra el tabaco, sí quisiera esgrimir mis derechos al récord del tabaquismo; y, puesto que me había sido diagnosticado un enfisema pulmonar en grado avanzado, mis aspiraciones al Guinness de la estupidez.

Estamos hablando, naturalmente, de una compulsión, pero en lenguaje llano puedo llamarlo obsesión, delirio y hasta locura. Sólo con epítetos un tanto desorbitados puedo calificar a los alucinantes momentos en que intenté desengancharme. Y esto en una época en que el enfisema ya había convertido mi caso en cuestión de vida o muerte. Vértigos, estados de histeria, alucinaciones, agresividad, eran algunos peldaños que me hacían subir directamente a la desesperación. Tales reacciones me hacían ver que casi cuarenta años de tabaquismo habían hecho su efecto. No era una constatación demasiado útil. El reconocimiento de un fallo y su enmienda no siempre van juntos; sobre todo cuando la adicción es tan traidora como para aportar a cada causa su justificación; sus coartadas a menudo múltiples. La primera de ellas : “Si no dejo el tabaco es porque no quiero. Y, después de todo, siempre hay tiempo para hacerlo”.

Pero el tiempo transcurre, las facultades menguan, la basura va invadiendo los pulmones, al final los devora y la dependencia crece hasta convertirse en una esclavitud. Lo más lógico es reconocer de una vez que me he convertido en una piltrafa, pero los Ducados pueden más. Pertenezco a la clase de fumadores que quieren dejarlo... sin quererlo dejar.

Con mi enfisema debidamente diagnosticado continué consumiendo el veneno y reduciendo mi calidad de vida al mínimo, por no decir a la nada absoluta. Nunca faltaron excusas. ¿Cómo iba a escribir una sola página sin mis aliados, los cigarrillos? Pero los Ducados no me han convertido en Joyce. ¿Cómo hacer el amor sin aspirar, después, una calada, como hacían las heroínas de la Nouvelle vague? pero no se me presentó la oportunidad, porque gracias al tabaquismo entré directamente en la impotencia sexual, con el consiguiente deterioro de mis relaciones de pareja.

En tales circunstancias no podía recurrir a las frases estilo “virgencita mía, ¡qué cruz me has mandado!”; y no podía porque la cruz me la busqué yo, aunque no sin ayuda. A los dieciséis años recurrí al cigarrillo como tantos otros: no para hacerme el macho –comprenderán que esto siempre me importó un pito–, sino como forma de distinción social, aprendida en la moda y, desde luego, en los dioses del cine; pero las tabacaleras todavía no me alertaban con esa astuta advertencia que adornaría las cajetillas muchos años después, cuando ya era demasiado tarde: “El tabaco perjudica seriamente la salud”. 

Santo aviso, pero ambiguo. El tabaco entraría a formar parte de las múltiples cosas que pueden dañar la salud en mayor o menor grado, pero nunca en anuncios o cajetillas, he leído que los cigarrillos CREAN ADICCIÓN. Y es aquí donde los fumadores perjudicados estamos en el derecho de exigir responsabilidad y de acusar a las tabacaleras de criminales.

Porque no es cierto, como han escrito recientemente algunos compañeros, que el fumador pueda dejar de fumar de la noche a la mañana; no es cierto que se trate de un simple problema de albedrío. La adicción es la trampa mortal. Y lo es en un grado que no he conocido en cosa alguna.

Los Ducados han permanecido a mi lado, año tras año, día a día, minuto a minuto. ¿De qué poderosa materia estaban hechos esos diablillos como para irme convenciendo de que eran amiguetes cuando, de hecho, eran mojones en mi camino hacia el desastre?

Mientras me convertían en adicto, en obseso, en esclavo, me hacían creer que me estaban ayudando. Pero, ¿y qué? Los problemas, cualesquiera que fuesen, seguían existiendo aunque los disfrazase tras una cortina de humo. Más aún, generaban un nuevo problema que no era sino el reconocimiento de mi irresponsabilidad. Si no fumaba caía en la desesperación, si fumaba me desesperaba por ceder. Y a fe que intenté dejarlo por todos los medios aconsejados: libros de ayuda, acupuntura, ondas electromagnéticas, parches de nicotina, pastillas, boquillas... Sólo que faltaba lo más importante: la decisión verdadera, asumida, de querer dejarlo realmente. Los cojones que Tabacalera me había arrebatado.

Mientras, el enfisema seguía su curso. Y el tabaco también. Una pintoresca pulmonía doble vino a completar el cuadro. Y a mayor peligro, más tabaco.

Enlazo con el principio: he visto a la Muerte cara a cara. No era como la de Ingmar Bergman, negra, ni como la de Woody Allen, blanca. Era azul, como un paquete de Ducados, y cada vez que en la clínica me agujereaban venas y arterias para introducirme sueros  o sondas, imaginaba que me estaban incrustando cigarrillos. Después de todo es lo que había estado haciendo yo mismo durante 40 años. En esta excursión a las fronteras del Más Allá descubrí el único final de la abominación, que no es otro que romper con ella a rajatabla. Con ayudas pertinentes, llámense parches, pastillas, comidas –nunca saboreadas antes-, horas de sueño, lo que sea pero siempre como elección inevitable.

Me siento muy orgulloso de mí mismo, pero al mismo tiempo me tengo por estúpido por no haberlo dejado antes. Y es que el deterioro ha sido inexorable. Por más que haga a partir de ahora, seguiré viviendo con mis facultades  considerablemente disminuidas. Ninguna reforma conseguirá devolverme el trozo de pulmón que me falta, por no hablar de deficiencias cardiovasculares, sexuales y algunas bendiciones más. Mi falta de voluntad me ha convertido en un medio hombre. Y todo gracias a Tabacalera Española, que me presentó a mis asesinos cuando tenía la tierna edad de dieciséis años y no estaba en condiciones de reconocer los variopintos disfraces de la Muerte.

 

                                                                                         

Sobre la lectura

Gabriel Tortella

Los españoles leemos poco. Los españoles leemos mucho menos de lo que correspondería a nuestro índice de renta. Esto se aplica tanto a libros como a periódicos. En Europa sólo Portugal y Grecia nos superan en aversión a la letra. Se trata de un hecho colectivamente embarazoso, al cual nuestros políticos se refieren esporádicamente, casi siempre recomendando que reparemos nuestros malos hábitos y dando a entender que ellos son grandes lectores, pero nunca planteándose seriamente los dos problemas prácticos que el bajo índice de lectura ofrece: en primer lugar, qué tiene de malo leer poco; y en segundo lugar, y suponiendo que leer no sea malo, cómo se corrige esto.

Se acostumbra a dar por sentado que se debe leer, pero casi nunca se explica por qué. Vivimos en un mundo en el que las alternativas a leer son cada vez más numerosas y tentadoras: la electrónica y la informática nos ponen al alcance de la mano medios de comunicación modernos y eficientes. La lectura parece una actividad anticuada; los libros son objetos arcaicos; escritos a mano los conocemos desde la más remota antigüedad. Incluso la letra impresa es anterior al descubrimiento de América.

Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras. ¿No será mejor aprender historia viendo películas históricas, o ciencias viendo documentales que desojándose en miles de áridas páginas? ¿Por qué leer una novela cuando puede verse una película? ¿Por qué leer un periódico cuando se pueden ver las noticias televisadas?

Lo primero que parece sospechoso es que los países más adelantados tengan los más altos índices de lectura: Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia, los países escandinavos, Japón... Puede pensarse que no es que sean ricos porque leen sino que leen porque son ricos, porque tienen altos niveles de escolarización, buenas bibliotecas, etc. Mucho hay de cierto en esto, pero no es sólo eso: desde un punto de vista práctico, leer tiene dos vertientes: la lúdica y la productiva. En términos económicos es un acto de consumo, pero también de inversión. Cuando leemos una buena novela predomina el primer aspecto; cuando leemos un libro de texto, puede ser que no haya más que inversión y el placer sea cero. Lo importante es que leyendo, incluso cuando nos divertimos, aprendemos.

Leer es como cartearse con las mejores mentes del pasado; leer, incluso la literatura más de evasión, es hacer un esfuerzo de imaginación, es el placer solitario de conversar mentalmente. Comparado con la pantalla, el libro requiere un esfuerzo intelectual que pocos están dispuestos a hacer, sobre todo en España; pero un esfuerzo tremendamente formativo, sobre todo en la infancia y la adolescencia, porque la lectura nos hace reflexivos y racionales, nos enseña a escribir, y además es un hábito que se adquiere entonces.

En cuanto al estudio, la lectura exclusivamente poductiva tiene difícil sustitución por los medios audiovisuales. Cierto es que hay infinidad de fenómenos difíciles de contar y caros de reproducir en vivo, cuyo entendimiento se ve tremendamente facilitado gracias a las imágenes grabadas. Pero en raras ocasiones nos permiten esas imágenes adentrarnos en la complejidad del fenómeno que queremos entender. Para esto hace falta recurrir al texto escrito, que nos permite exponer, transmitir y recibir este tipo de razonamientos. Es posible que en el futuro leamos más en pantallas que en hojas de papel; que, como en las novelas de Asimov, el libro del porvenir sea una especie de vídeo-lector portátil. Pero es difícil imaginar un mundo en el que la mayor parte del conocimiento no se transmita por la lectura. Las alternativas son malas y caras. En el mundo en el que vivimos hoy, y más aún en el mundo hacia el que caminamos, pese al auge de los medios audiovisuales, el dominio y comprensión de la palabra escrita y del lenguaje matemático distinguirá a aquellos países capaces de mantener el liderazgo económico, y de mejorar el nivel de vida de sus habitantes, de aquellos otros que irán a remolque de los anteriores, incapaces de controlar sus futuro o mejorar su situación.

Lamentablemente, la lectura, en nuestra lengua y más aún en ese lenguaje matemático tan temido por muchos, es un hábito poco frecuente en España, en gran parte porque el sistema educativo no lo inculca entre los jóvenes y porque se da un círculo vicioso familiar. Si los padres no leen, los hijos tampoco. Se necesita una ruptura. Hasta ahora, en lugar de utilizar las aulas para mejorar los hábitos de lectura de nuestros estudiantes y darles la formación adecuada que les permita en el futuro disfrutar y aprender por sí mismos leyendo, hemos llevado a éstas los rasgos que dominan nuestra cultura en estos tiempos: la superficialidad y el conformismo intelectual, propios de la charla de café y de los ejercicios espirituales. ¿Qué se debe hacer para estimular el hábito de leer? Algo muy sencillo en teoría, pero dificilísimo en la práctica: mejorar el nivel educativo en las escuelas y universidades, inculcando seriamente el hábito del estudio y la formación de criterio independiente. Se requerirá mucho tiempo para aplicar un programa capaz de erradicar el hábito de no leer. A ver cuándo empezamos. Entretanto, los lectores seguirán siendo minoría.

 

 

La servidumbre de los padres

Raimundo montero

No hay nada más injusto en la España de finales de siglo que el estado de sumisión que sufren innumerables padres por parte de sus propios hijos. La situación resulta ser más grave de lo que parece a simple vista, pues uno de los peores tipos de esclavitud se padece en el seno familiar.

         Parece mentira lo voluble y cambiante de las sociedades, ya que hemos pasado en el transcurso de entre una y tres generaciones a una inversión total de los papeles o roles: de la casi servidumbre de los hijos y de los alumnos por parte de sus padres y profesores a la sumisión actual de éstos al capricho de los adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes. Veámoslo.

         Los ciudadanos españoles de una edad de 65 años o más, saben de sobra que la mayoría en su infancia eran sometidos a una austeridad desdeñosa, en un sistema familiar en el cual no tenían ni voz ni voto y en el que cualquier defecto o acto propio de la infancia se corregía duramente en la escuela y en el seno familiar. Como es sabido, el tipo de familia que se llevaba en el nacionalcatolicismo se sujetaba a las directrices del padre o pater familias y el hijo se concebía como alguien que nacía para obedecer, ayudar a los padres y ponerse inmediatamente a trabajar. Por esta causa, a los padres y a los profesores se les trataba de usted y con temor, puesto que cualquier desobediencia se reprimía severamente con guantazos paternos o vara de fresno en mano del maestro de escuela. Sin duda alguna tal tipo de educación tenía cierta dosis de locura y de injusticia por basarse desmedidamente en la sujeción y en la obediencia ciega. Es decir, al niño no se le permitía realizarse como tal, se le exigía un comportamiento serio y de adulto a muy tierna edad, se le insertaba en el mundo del trabajo antes de ser adolescente. Evidentemente, este tipo de comportamiento familiar fue bendecido y apoyado por la Iglesia católica, omnipresente en todas las esferas de lo social y dirigiendo todo a su gusto desde los resortes de Estado católico, apostólico y falangista.

         Por el contrario, actualmente se ha doblado la balanza excesivamente a favor de los hijos y de los alumnos. Así pues, si un estudiante es maleducado, impertinente o grosero, hoy en día, poco pueden hacer sus profesores sino resignarse y esperar a que acabe el curso. En el caso de los padres, la situación empeora aún mas. Hoy en día casi todo gira excesivamente en torno a los hijos y el único derecho de los padres consiste en trabajar duro para pagar sus caprichos. Con lo cual, pretendiendo hacerles un bien, con esa vida fácil y cómoda, sin esfuerzos ni sacrificios, se les hace egoístas, se les impide madurar adecuadamente y se les mantiene en una irresponsabilidad infantil. De tal manera se ha llegado a esta especie de servidumbre que se dan miles de casos de jóvenes de más de 25 años, que dejaron de estudiar ya hace muchos años, y que se encuentran tan cómodos en la casa paterna (sin pegar ni golpe, con su madre haciéndoles la cama, limpiando la casa, cocinando, fregando), que con tales comodidades rechazan cualquier trabajo bien porque se gana poco, bien porque lo consideran demasiado sacrificado, o por tratarse de una labor poco atractiva. Hasta tal punto se está llegando en este despotismo descarado que muchos padres jubilados se quejan de que sus hijos los tratan con excesiva severidad, exigiéndoles que sean perfectos y no pasándoles ni el menor defecto.

         La posible solución vendría de evitar los excesos, huyendo de la crueldad del pater familias antiguo romano o contemporáneo franquista y de la excesiva condescendencia actual. El saber antiguo nos podría ayudar a comprender el problema y el posible remedio en la sabiduría popular de los antiguos egipcios. Decía una máxima de este pueblo: “Si eres hombre noble y engendras un hijo por la gracia de Dios, si él es honesto cuidará de ti, cuidará de tus bienes. Trátalo con bondad, no lo apartes de tu corazón. Pero si se aprovecha, castígalo”.

                  Quisiera que la sociedad en su conjunto se tomara en serio este problema y se debatiese con profundidad, ya que una cosa es la estima que merecen los alumnos por parte de sus profesores o el amor que dispensan los padres a sus hijos y otra cosa es hacer el primo descaradamente, donde ellos sólo tiene derechos y los padres y profesores obligaciones. No nos confundamos de manera pueril: ¿Es lo mismo el amor y la amistad que hacer el primo indignadamente? Yo creo que no, y, por ello, he aportado la posible solución de portarse bien con ellos excepto en el caso en que se observe que se aprovechan descaradamente de la situación; pues si como nos advierte Cicerón, la propia naturaleza impulsa al amor y al respeto hacia quienes nos han dado la vida, ¿por qué seguir tratando y sirviendo como a reyes a quienes no manifiesten ese amor natural y sí un egoísmo exacerbado que les conduzca a explotar y a aprovecharse de sus padres?

 

 

VICENTE VERDÚ

  
Elogio del pudor

En Argentina, dentro de los reality shows, hay en marcha un programa, Fantasía, donde los voluntarios se prestan a hacer un strip-tease ante las cámaras. No hay premio alguno, simplemente alguien cree que puede aportar o aportarse algo con el desnudo y no ve inconveniente en suscitar esa ventaja. La ventaja consiste, de una parte, en la audiencia que obtenga la emisora a través de la atención de los telespectadores y, de otra, en el plus de autocomplacencia que logre el individuo al comportarse como un showman. Hasta hace poco, un acto así parecería insólito, pero ahora puede catalogarse en el divulgado deseo de hacer pública la intimidad.

Media humanidad pone al descubierto su privacidad mientras la mitad restante degusta la iluminación de cantones oscuros. Las web cam mostrando vidas ordinarias de gentes ordinarias en casas ordinarias han pasado de ser un acontecimiento significativo a dejar de significar. El diagnóstico de nuestro tiempo reincide sobre el problema de la soledad, la falta de sentido de la vida, el anhelo por ser conocido, difundido, traducido en un icono para ser alguien en la comunidad de la imagen. Hay quien canta, baila o es erudito y se presenta a los concursos de televisión para ser famoso. Pero otros, los más, no tienen otra cosa que ofrecer que su intimidad. El reality show no es otra cosa que pornografía de la vida corriente y sus protagonistas, continuadores de la prostitución por otras vías.

Ahora, sin embargo, ha reaparecido un movimiento que promueve el pudor. De la misma manera que nacieron los ecologistas cuando la naturaleza estaba perdiéndose o cundieron los amantes de la comida orgánica cuando la química infectó los pollos, los defensores del pudor aparecen como soldados de lo más verdadero. O, más exactamente, como paladines de la pureza. El agua pura, el aire puro, los materiales naturales forman parte de un mismo sistema que evoca unos orígenes supuestamente excelsos insuperables que ha ido denigrando el progreso. Rescatar el pudor, no obstante, lleva a una posición que comprende, más allá de su tono retro, un racimo de ideas.

Una sociedad pacata es insufrible, ¿pero una sociedad desprejuiciada no será zafia? En medio de la liberación sexual, el pudor es un estorbo, pero después de la liberación la vida sin vergüenza es desesperadamente aburrida. Con el pudor sucede como con los tipos de interés en la política monetaria. No es bueno que estén muy altos, porque de ese modo asfixian la actividad, pero, cuando están demasiado bajos, como actualmente, apenas dejan margen de maniobra. Sin pudor, como con tasas de interés igual a cero, no hay posibilidad de estimulación. La economía toma una deriva obstinadamente plana sin que se disponga de medidas que puedan espolearla. El interés igual a cero es tanto como el desinterés. El reclamo del pudor que hace la joven norteamericana Wendy Shalit en A return to modesty (The Free Press. Nueva York, 1999) pudo estar influido, aunque anticipadamente, por el callejón sin salida que refleja la actual coyuntura.

Estos años de igualación sexual han contribuido a que la mujer se sacudiera la opresión machista pero, de paso, se ha quitado de encima un peculiar pudor suplementario en virtud del cual dominaba la totalidad de la relación erótica. Ahora no hay aquellas barreras intersexuales, pero tampoco hay las herramientas para el juego del cortejo y la suposición. El mundo que se autorreclama transparente ha desvelado a uno y otro sexo por completo y, en la absoluta contemplación recíproca, las miradas no encuentran nada de interés. Sucede como con el reality show que representa el programa Gran Hermano: a partir de un primer momento se ve que no hay nada que ver. Es la misma ley de la pornografía más dura: hacer todo explícito, no ocultar nada, deshacer los pliegues, explorar las concavidades para que la experiencia, como en el caso de las drogas, agote el deseo. ¿Volver al pudor? Probablemente. Porque si no poseemos nada no tenemos nada que ganar.

 

 

La ortografía

JAIME CAMPMANY

 

            ESTÁ muy bien ese librito que ha editado la Academia para enseñarnos ortografía incluso a los que conocemos bastantes reglas e incluso algunas excepciones. La ortografía ya no se enseña o no se aprende en las escuelas, y los licenciados abandonan la Universidad bailando las bes y las uves, utilizando las jotas como Juan Ramón Jiménez, deglutiendo las haches, desterrando los acentos y sembrando las comas a voleo. Hay signos ortográficos que han sido abandonados por cursis o petulantes, como por ejemplo la diéresis, y hay bachilleres que se avergüenzan de escribir vergüenza y escriben «verguenza». Y además del descuido casi general, llega Gabriel García Márquez y nos alienta a ponernos la ortografía en el trasero, y jaspe.

            A mí, de pequeño, me hacían estudiar el Miranda Podadera, y tenía que aprender aquellas frases llenas de emboscadas ortográficas. «Ahí hay un viejo que dice ay», «El caballo bayo saltó la valla. Vaya, vaya, con el caballo bayo», y otros alardes de ingenio. Nos dictaba el maestro trozos del Quijote y cuando metíamos una falta de ortografía, teníamos que copia cincuenta veces la palabra mal escrita en su ortografía correcta. Recuerdo que yo tuve que copiar «vizcaíno» porque había escrito «bizcaíno», y seguramente por eso ahora siempre estoy a punto de escribir «vizcaitarra». (...)

            No sé lo que enseñarán ahora en las Facultades de Ciencias de la Información a los alevines de periodista. Pero sé que muchos de ellos salen de esa Facultad sin saber escribir correctamente el idioma castellano, sin saber sintaxis ni ortografía. A una redactora de «Época» que me llenaba los originales de faltas garrafales de ortografía, le aconsejé un día: «Hija mía, cuando tenga una duda, consulte el diccionario.» Y me respondió: «Director, si lo que pasa es que no dudo.» Con la invasión de los ordenadores han desaparecido de los periódicos los correctores de pruebas, que se tomaban muy en serio el idioma. En mi antiguo periódico, un corrector le administró un navajazo a otro por insistir en que lo correcto era escribir «parisiense» y no «parisino».

            En las redacciones hay que mantener una lucha encarnizada contra los depredadores de comas y de acentos. El vicio de escribir sin acentos anda muy extendido, incluso entre buenos escritores o que por buenos pasan, y luego ciertos locutores de buena voz, figurín y escasos conocimientos pronuncian «sútil» y a renglón seguido dicen «futil», y hace poco oí a uno decir que el camaleón tiene la cola «prénsil». De los políticos ni se habla. No sólo se inventan la realidad, sino la gramática.

 

 

Padres de ayer y hoy

Carlos HERRERA

 

IGNORO las circunstancias que conforman el entorno de las dos muchachas de San Fernando que han asesinado a una compañera de instituto; no sé si pertenecen a familias «desestructuradas», como ahora gusta decir, si viven en ambientes marginales, si proceden de algún ámbito que discurra parejo al de la delincuencia. Sé lo poco que ha desvelado el juez instructor, que ha sido casi nada y que, sin embargo, le ha valido una reprimenda por parte del Consejo de la Guasa Judicial.

Tan sólo se trata de dos jóvenes de cabeza fría y despiadada, dos pequeños monstruos que se divierten matando y que sólo se arrepienten de lo hecho «por el tremendo lío que se ha montado». Con esos datos en la mano difícilmente puedes estudiar el perfil social de un crimen ni la personalidad enfermiza que les ha llevado a cometerlo. Lo único que puedes dedicarte a considerar es el proceso degenerativo que, a ojos de muchos, ha guiado a un par de generaciones a cambiar absolutamente los planos de relación de hijos y padres y de hijos con su entorno. No digo con ello que de una educación equivocada vaya a salir un asesino, ni que todo asesino es producto exclusivo de una educación equivocada. Ni mucho menos. Digo que el puñado de comportamientos asociales del que hoy nos lamentamos, y que van del asesinato al robo o al simple trato violento y humillante del prójimo, tienen que ver con el gran giro de convivencia familiar que se ha venido dando desde hace unos treinta años.

Da toda la impresión de que los padres tienen miedo a los hijos. Da la impresión, asimismo, de que conceptos relacionados con la autoridad han sido disimuladamente apartados como si se tratara de un comportamiento vergonzante marcado a fuego en la memoria de los actuales padres. También parece —con toda la ligereza que pueda suponer manejar afirmaciones de esta envergadura— que la educación de los hijos sea una pelota que se pasan de padres a educadores y viceversa y que acaba botando frente por frente al televisor, con todas las reservas que me impone concluir señalando al electrodoméstico como el gran culpable de todos los males de nuestro tiempo.

Hemos pasado en un puñado de años de una educación prusiana a otra californiana, pero californiana de cuando las flores y los porros eran un símbolo con pocas cosas más detrás. Los padres que educaron a nuestros padres ejercieron un poder vertical sobre sus hijos, que éstos han lamentado de por vida, aunque en ocasiones les pueda la nostalgia. Indudablemente añoran a aquellos padres a los que el tiempo les ha borrado su aire severo. Nuestros padres relajaron un tanto las maneras y vieron cómo se abalanzaban sobre ellos unos tiempos radicalmente nuevos, en los que las comunicaciones y el progreso establecían nuevas pautas de conducta. Hubieron de adaptarse a los cambios y, posiblemente, lo consiguieron. Sin embargo ha llegado un momento en que los padres de hoy, los que vieron nacer a sus hijos en los años sesenta, setenta y ochenta, se han comportado como padres acomplejados a los que sus hijos han conseguido doblarles la muñeca, llegándose a situaciones que más parecen dictaduras filiales que hogares con jerarquías razonables.

Las irresponsables teorías educativas que nacieron al calor «californiano» de los sesenta han acabado creando esos pequeños monstruos caseros de comportamientos impensables sólo unos cuantos años atrás. ¡Cuántos padres no se lamentan hoy de no haber sido un tanto más exigentes con sus hijos! Una madre me contaba hará pocos días que no había manera de evitar que su niña de doce años pasara tardes y noches enteras en la discoteca y que cuando ésta le increpaba por ello, la inquieta muchacha le espetaba como toda respuesta «no me rayes». Seguramente muchos de nosotros nos preguntamos cómo consiente esa madre que su chiquilla llegue a las tantas de ambientes que por su edad no parecen corresponderle y que, además, lo haga con un desplante en la boca. Pues eso es así en multitud de casos: legiones de padres se ven impotentes para imponer unas mínimas normas de conducta, ya que desde el primer momento abandonaron el desagradable pero inevitable terreno de las jerarquías. No son todos ni a todas horas, está claro, pero sí parece una constante generacional esa que consiste en dejar de la mano determinados aspectos de la educación de los hijos en la esperanza de que estos, a última hora, ya sabrán por sí mismos autolimitarse. Cuando nos damos cuenta del error, ya suele ser tarde. No es ajeno a ello, evidentemente, el complejo de «conservador» que asalta a muchos progenitores cuando se plantean educar a sus hijos bajo parámetros alejados a los que priman en su entorno.

Ignoro en qué desembocará todo ello dos o tres generaciones más allá, ya que mis conocimientos sociológicos son extremadamente limitados, pero me malicio que cada día que pase nos seguiremos asombrando de la cantidad de monstruitos que afloran por doquier. La desorientación que muestran muchos niños de hoy, que no saben si hacer más caso a Pokemon que a sus padres, acabaremos pagándola con la contemplación de espectáculos desoladores.

Desgraciadamente, claro.

 

 

Modernos y elegantes

Julio Llamazares

 Desde que las insignias se llaman pins; los homosexuales,gays; las comidas frías, lunchs, y los repartos de cine, castings, este país no es el mismo. Ahora es mucho más moderno. Durante muchos años, los españoles estuvimos hablando en prosa sin enteramos. Y, lo que es todavía peor, sin darnos cuenta siquiera de lo atrasados que estábamos. Los niños leían tebeos en vez de comics, jóvenes hacían fiestas en vez de parties, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, las secretarias usaban medias en vez de panties, y los obreros, tan ordinarios, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del catering. Yo mismo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero como no lo sabía -ni usaba, por supuesto, las mallas adecuadas-, no me sirvió de nada. En mi ignorancia, creía que hacía gimnasia.

 Afortunadamente, todo esto ya ha cambiado. Hoy, España es un país rico a punto de entrar en Maastrich, y a los españoles se nos nota el cambio simplemente cuando hablamos, lo cual es muy importante. El lenguaje, ya se sabe, es como la prueba del algodón: no engaña. No es lo mismo decir bacon que tocino ‑aunque tenga igual de. grasa‑, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap. Las cosas, en otro idioma, mejoran mucho y tienen mayor prestancia. Sobre todo en inglés, que es el idioma que manda.

Desde que Nueva York es la capital del mundo, nadie es realmente moderno mientras no diga en inglés un mínimo de cien palabras. Desde ese punto de vista, los españoles estamos ya completamente modernizados. Es más, creo que hoy en el mundo no hay nadie que nos iguale. Porque, mientras en otros países toman sólo del inglés las palabras que no tienen -bien porque sus idiomas son pobres, cosa que no es nuestro caso, o bien porque pertenecen a lenguajes de reciente creación, como el de la economía o el de la informática-, nosotros, más generosos, hemos ido más allá y hemos adoptado incluso las que no nos hacían falta. Lo cual demuestra nuestra apertura y nuestra capacidad para superarnos.

 Así, ahora, por ejemplo, ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, que queda mucho más fino, ni tenemos sentimientos, sino feelings, que es mucho más elegante. Y de la misma manera, sacamos tickets, compramos compacts, usamos kleenex, comemos sandwichs, vamos al pub, quedamos groggies, hacemos rappel y, los domingos, cuando salimos al campo - que algunos, los más modernos, lo llaman country-, en lugar de acampar como hasta ahora, vivaqueamos o hacemos camping. Y, todo ello, ya digo, con la mayor naturalidad y sin darnos apenas importancia.

 Obviamente, esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han cambiado nuestro aspecto, que ahora es mucho más moderno y elegante. Por ejemplo, los españoles ya no usamos calzoncillos, sino slips, lo que nos permite marcar paquete con más soltura que a nuestros padres; ya no nos ponemos ropa, sino marcas; ya no tomamos café, sino coffee, que es infinitamente mejor, sobre todo si va mojado, en lugar de con galletas, que es una vulgaridad, con cereales tostados. Y cuando nos afeitamos, nos ponemos after-shave, que aunque parezca lo mismo, deja más fresca la cara.

En el plano colectivo ocurre exactamente lo mismo que pasa a nivel privado: todo ha evolucionado. En España, por ejemplo, hoy la gente ya no corre: hace jogging o footing (depende mucho del chándal y de la impedimenta que se le añada); ya no anda, ahora hace senderismo; ya no estudia: hace masters; ya no aparca: deja el coche en el parking, que es muchísimo más práctico. Hasta los suicidas, cuando se tiran de un puente, ya no se tiran. Hacen puenting, que es más in, aunque, si falla la cuerda, se matan igual que antes.

 Entre los profesionales, la cosa ya es exagerada. No es que seamos modernos; es que estamos ya a años luz de los mismísimos americanos. En la oficina, por ejemplo, el jefe ya no es el jefe; es el boss, y está siempre reunido con la public-relations y el asesor de imagen o va a hacer business a Holland junto con su secretaria. En su maletín de mano, al revés que los de antes, que lo llevaban repleto de papeles y de latas de fabada, lleva tan sólo un teléfono y un fax-modem por si acaso. La secretaria tampoco le va a la zaga. Aunque seguramente es de Cuenca, ahora ya no lleva agenda ni confecciona listados. Ahora hace mailings y trainings -y press-books para la prensa-, y cuando acaba el trabajo va al gimnasio a hacer gim-jazz o a la academia de baile para bailar sevillanas. Allí se  encuentra con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del bodyfitness y del yogourt desnatado. Todas toman, por supuesto, cosas light, y ya no fuman tabaco, que ahora es una cosa out, y cuando acuden a un cocktail toman bitter y roastbeef, que, aunque parezca lo mismo, es mucho más digestivo y engorda menos que la carne asada.

 En la televisión, entre tanto, nadie hace entrevistas ni presenta, como antes,  un programa. Ahora hacen interwiews y presentan magazines, que dan mucha más prestancia, aunque aparezcan siempre los mismos y con los mismos collares. Si el presentador dice mucho O. K. y se mueve todo el rato, al magazine se le llama show -que es distinto que espectáculo-, y si éste es un show heavy, es decir, tiene carnaza, se le adjetiva de reality para quitarle la cosa cutre que tendría en castellano. Entre medias, por supuesto, ya no nos ponen anuncios, sino spots, que, aparte de ser mejores, nos permiten hacer zapping. En el deporte del basket -que antes era el baloncesto-, los clubs ya no se eliminan, sino que juegan Play-offs, que son más emocionantes, y a los patrocinadores se les llama sponsors, que para eso son los que pagan. El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking; el solomillo, el steak (incluso aunque no sea tártaro); la gente guapa, la beautiful, y el representante, el manager. Y desde hace algún tiempo, también, los importantes son vips; los auriculares, walk-man; los puestos de venta, stands: los ejecutivos, yuppies; las niñeras, baby-sitters, y los derechos de autor, royalties. Hasta los pobres ya no son pobres. Ahora los llamamos homeless, como en América, lo que indica hasta qué punto hemos evolucionado.

 Para ser ricos del todo y quitarnos el complejo de país tercermundista que tuvimos algún tiempo y que tanto nos avergonzaba, sólo nos queda ya decir siesta -la única palabra que el español ha exportado al mundo, lo que dice mucho en favor nuestro- con acento americano.

 

 

Nos quejamos de que...

José Mª Carrascal

Nos quejamos de que son amorales, y fuimos nosotros quienes jubilamos la moral por anticuada e hipócrita. Nos quejamos de que no tienen ningún tipo de valores, y fuimos nosotros quienes tiramos por la ventana los valores que habían venido guiando el comportamiento humano desde que bajamos de los árboles. Nos quejamos de que no respetan a nadie, y fuimos nosotros quienes elevamos la protesta a la categoría de mito. Nos quejamos de que están fascinados por la violencia, y fuimos nosotros quienes nos entusiasmamos por las barricadas, el Che y la máxima de Mao «El poder viene por el cañón de un fusil. Nos quejamos de que con tal de encontrar nuevas sensaciones son capaces hasta de matar, y fuimos nosotros los que experimentamos todo tipo de estímulos, sin pararnos nunca a pensar en las consecuencias. Nos  quejamos de que sólo piensan en ellos, y fuimos nosotros los primeros en engancharnos a la satisfacción inmediata como objetivo primordial de la vida sin pensar en las siguientes generaciones. Nos quejamos de que no tienen sentido de la comunidad, y fuimos nosotros quienes pusimos a la cabeza de nuestros afanes aquello tan postmoderno de «realizarse». Nos quejamos de que han hecho tabla rasa de la cultura acumulada por seis mil años de civilización, y fuimos nosotros quienes inventamos la contracultura. Nos quejamos de que se sientan atraídos por los locos, por los asesinos, por los asociales, y fuimos nosotros quienes hicimos héroes a El Lute, Manson, los panteras negras, los pandilleros del Bronx o los capos de la Mafia. Nos quejamos de su promiscuidad sexual, y fuimos nosotros quienes convertimos la pornografía en asignatura pendiente. Nos quejamos de que no creen en nada, y fuimos nosotros quienes establecimos que, sólo hay que creer en uno mismo. Nos quejamos de que no nos hablan olvidando que fuimos nosotros quienes no teníamos tiempo de hablar con ellos, tan absortos estábamos en nuestras ocupaciones.

Nos quejamos de que parezcan no sentir nada, y fuimos nosotros quienes etiquetamos el sentimentalismo como una manifestación de la mentalidad burguesa. Nos quejamos de que no sientan remordimiento por nada de lo que hacen, por bárbaro que sea, y fuimos nosotros los que les dijimos que lo del remordimiento y todas esas zarandajas eran cosas del pasado. Nos quejamos de que no tienen el menor sentido de la sociedad, y fuimos nosotros quienes identificamos sociedad con opresión. Nos quejamos de que no confían en los mayores, y fuimos nosotros quienes adoptamos el lema «no hay que fiarse de nadie, con más de 30 años». Nos asustamos de cómo son, y son exactamente como hubiésemos querido haber sido nosotros cuando teníamos su edad.

 

 

El libro es ya problemático
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

 

El libro, del que tan seguros estábamos, se está haciendo problemático. Era el sumo exponente del mundo de la palabra y de la idea y ahora le han salido demasiados competidores. Sobre todo sufre fuertes embates procedentes del mundo de la imagen. De otra parte, es un producto estático que exige estudio, reposo y reflexión y que se ve amenazado por otros más ágiles, ligeros y agresivos, traídos por las nuevas tecnologías. Y por varias frivolidades.

Sobre este y otros temas me explayaba yo en una conferencia que sobre la cultura de la palabra y la cultura visual di en El Escorial en agosto pasado y de la que EL PAÍS se hizo eco. Y, luego, cuando el pasado 23 de abril hablé en un instituto de Madrid sobre, precisamente, el libro. El libro, al menos el libro de cultura y pensamiento, se vende poco. ¿Hay un descenso cultural o la gente tiene cada vez menos tiempo para la cultura reposada? Y hay una competencia irresistible de los mass media escritos y de los vídeos y televisiones y de toda clase de mensajes informáticos. En la sociedad audiovisual el libro está en una soledad peligrosa.

Los editores (y los autores) de libros intentan salvarse abreviándolos: escribir hoy un libro de más de 300 páginas es casi una falta de educación. Y los títulos y las cubiertas deben ser sugestivos, las ilustraciones deben atrapar al lector: hoy se mira más que se lee. Mucho colorín y poco latín, decía alguien de un manual para introducir en la venerable lengua latina.

¿Cómo leer ahora aquellos densos volúmenes de la literatura teológica y moral de nuestros siglos áureos o los apretados en letra gótica de los eruditos alemanes del XIX? O los que escribíamos nosotros mismos hace no tantos años.

Los editores reaccionan de maneras varias: usan las técnicas del marketing, algunos tratan al libro como a un producto enlatado cualquiera. A lo mejor regalan un reloj o una estilográfica, a ver si pica uno. O a sus autores amigos les encargan best sellers que usen técnicas probadas: ingredientes excitantes sabiamente combinados y que no excluyen el intertexto, que dicen. Nos abruman con ellos en ferias y escaparates, los otros libros casi los esconden. Y hay la industria de los premios, que usa los consabidos ingredientes políticos y eróticos y los de eso que llaman actualidad.

Cada vez es más difícil publicar un libro serio que se recomiende por sí mismo, y que se venda. Grandes editoriales que antes los buscaban ahora los rehúyen. Cierran incluso sus colecciones, no reeditan los volúmenes agotados. Busquen, por ejemplo, los Clásicos castellanos y verán lo que encuentran.

De otra parte, hay revistas científicas y grandes diccionarios, entre otras obras, que, cada vez más, se publican sólo en Internet, no en papel. Es algo que crece día a día: un tema complejo que apenas rozaré. No creo que estemos ante el fin del libro, aunque a veces nos deprimamos. Pero un reajuste sí tendrá que haberlo: qué se publica con qué características en qué sistema. Veremos qué hueco le quedará al libro culto en que nos hemos educado.[...]

Tenemos raudales de información en esos rivales que son el cine, el vídeo y la televisión, que nos traen noticias, reportajes, entrevistas, paisajes, espectáculos y mil cosas más. Éste es el problema: la relación entre todos estos soportes de información en que domina la imagen sobre la palabra y el libro.

A diferencia de éste, estos sus rivales no exigen el esfuerzo de la lectura, ofrecen como un meteoro a un ser pasivo que, ciertamente, puede tomarlo o dejarlo. Tampoco exigen el esfuerzo de la compra y el almacenamiento. Ni exigen tampoco un esfuerzo intelectual que pudiéramos calificar de excesivo.

¿En qué acabará esto? Porque el libro sigue teniendo sus ventajas. Pienso que con el tiempo se llegará a una delimitación de campos. Habrá libros de usar y tirar cuando se han consumido, ni más ni menos que un casco de cerveza: el valor de permanencia, que es la raíz del libro, no interesa aquí. Otros libros verán limitada su difusión a los medios electrónicos, serán carne de CD-ROM u ordenador o Internet.

Pero las nuevas tecnologías tienen su límite. Un texto importante exige una lectura reposada en una edición bien impresa, ilustrada para meternos en el tema, no para sacarnos. Y un volver atrás, detenerse, atisbar hacia adelante, pensar. No es cómoda una edición electrónica ¿Y qué decir del mensaje televisivo, rápido y fugitivo? Imposible, en realidad, tratar en él un tema amplio con el sosiego y el tiempo necesarios. Se pueden dar atisbos, abrir horizontes: pero hacer verdadera historia o verdadera filosofía, no hablo ya de lingüística o de las ciencias duras, es imposible.

Aunque sea por exigencias del espacio, siempre se tiende al adoctrinamiento banal. La televisión está tocando su techo, e igual los audiovisuales en general: son lo que son, no otra cosa.

Habrá una sedimentación. El libro quedará, sobre todo, como instrumento, archivo y palanca de la cultura. Sustituirlo por los televisores es un error: son si acaso una ayuda, otras veces más bien un estorbo, porque implican otro modo de pensar. Igual hay que decir del conjunto de los mensajes electrónicos.

El futuro del libro está unido al de la cultura: literaria, de pensamiento, científica. Una cultura de la palabra y de la idea, compatible, es claro, con la de la imagen. Pero tiene que ser una cultura ampliamente difundida: sólo así será el libro en papel económicamente posible. El electrónico no lo sustituye, aunque tenga sus ventajas.

Si no hay esa difusión (hoy problemática), mal futuro para el libro que a muchos todavía nos interesa. Y malo que quedemos en manos de sólo sus competidores audiovisuales. Con sus ganancias, tienen terribles limitaciones. Informan, entretienen y al final aburren. O seducen con unas gotas de conocimiento, no más. Y ahí queda todo.

 

 


El gramático a palos
LUIS LANDERO

Tengo un joven amigo que, después de diez años de estudiar gramática, se ha convertido al fin en un analfabeto de lo más ilustrado. Se trata de un estudiante de bachillerato de nivel medio, como tantos otros, y aunque tiene dificultades casi insalvables para leer con soltura y criterio el editorial de un periódico, es capaz sin embargo de analizar sintácticamente el texto que apenas logra descifrar. Su léxico culto es pobre, casi de supervivencia, pero eso no le impide despiezar morfológicamente, como un buen técnico que es, las palabras cuyo significado ignora y enumerar luego de corrido los rasgos del lenguaje periodístico, y comentar las perífrasis verbales y explayarse aún en otras lindezas formales de ese estilo. De puro disparatada, a mí la paradoja me resulta hasta cómica, quizá porque, como bien decía Bergson, siempre es motivo de risa la teatralidad con que se manifiesta lo que en el hombre hay de rígido, de mecánico, de autómata. O, si se quiere, de deshumanizado. A mí todo esto me recuerda a Charlot en la cadena de montaje, aplicado y absurdo, cautivo en movimientos maquinales de títere hasta cuando se rasca la pantorrilla con el empeine del zapato. Este joven no está lo que se dice alfabetizado, es cierto, pero sí ampliamente gramaticalizado, y la suya es sin duda una forma bien laboriosa de ignorancia. Podríamos también decir que lo que le falta en construcción y fundamento le sobra sin embargo en presencia y diseño. Vaya, pues, una cosa por otra.

Libros, ha leído pocos, y no quizá por falta de afición sino porque ahora en las escuelas se enseña poca literatura y mucha lengua. Hay que estudiar demasiada gramática como para andar perdiendo el tiempo en novelas de caballerías. Aunque en la teoría no tiene por qué ser así, la práctica es otra cosa. En la práctica, la literatura está pasando incluso a ser una provincia más de esa patria común que es la lengua (o más bien de ese Saturno que devora a sus hijos), y donde a menudo ha de convivir, de igual a igual, con esas otras provincias que son el periodismo, la publicidad, la ciencia y la técnica, o la jurisprudencia. Ahí, en esa gran democracia, si es que no compadreo, todos alternan y se codean con todos. Y es que, si de lo que se trata es de enseñar lengua, la verdad es que tanto da diseccionar una lira de fray Luis como el eslogan de una marca de detergente o una receta gastronómica, porque al fin y al cabo la cantidad de gramática y de semiología que hay en esos mensajes viene a ser técnicamente más o menos la misma.

Pero, en fin, todo sea por esa buena y sacrosanta causa que es el aprendizaje de la lengua, puede pensarse. Claro que, luego, uno se pregunta: ¿y para qué sirve la lengua? ¿Para qué necesitan saber tantos requilorios gramaticales y semiológicos nuestros jóvenes? Porque el objetivo prioritario de esa materia debería ser el de aprender a leer y a escribir (y, consecuentemente, a pensar) como Dios manda, y el estudio técnico de la lengua, mientras no se demuestre otra cosa, únicamente sirve para aprender lengua. Es decir: para aprobar exámenes de lengua. Entre ellos, el de selectividad, por supuesto, que eso son ya palabras mayores. Yo sospecho que, en algún oscuro departamento de alguna universidad, en el centro de algún laberinto pedagógico, alguien alimenta el sueño, o más bien la pesadilla, de que algún día habrá en España cuarenta millones de filólogos.

El asunto, de cualquier modo, no es de ahora. En 1879, por ejemplo, en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza escribía Manuel B. Cossío: "¿Por qué no suspender el abstracto estudio gramatical de las lenguas hasta el último año de la enseñanza escolar y ejercitar al niño en la continua práctica de la espontánea y libre expresión de su pensamiento, práctica tan olvidada entre nosotros, donde los niños apenas piensan, y los que piensan no saben decir lo que han pensado?" Ciento veinte años después, la erudición gramatical, aunque con distinto ropaje, sigue vigente en las escuelas, y va camino de convertirse poco menos que en una plaga de dimensiones bíblicas.

Lo que le ocurre a mi joven amigo me recuerda mis tiempos de estudiante de Filología Hispánica. Yo llegué a sufrir aún los excesos, tan ridículos como estruendosos, de la erudición. Jamás en cinco años llegamos a comentar ni una sola página de La Celestina, el Lazarillo o el Quijote. Como en aquel relato de Kafka donde el mensajero del emperador no podrá llegar nunca a su meta porque la inmensidad del propio imperio se lo impide, o por la misma razón por la que Aquiles no conseguirá darle alcance a la tortuga, de igual modo tampoco nosotros accedíamos nunca a los textos originarios porque antes había que atravesar un laberinto inacabable de datos, de hipótesis, de averiguaciones, de fechas, de variantes, de teorías, que (ahora lo sé) no eran un medio para llegar a la obra y enriquecer la lectura sino un fin en sí mismo. Tampoco mi joven amigo sabe bien lo que lee porque, entre él y los textos, se interpone siempre la gramática, como un burócrata insaciable. Un poco al modo de aquella parodia donde Cortázar da instrucciones para subir una escalera, tanto mi joven amigo como yo nos quedamos en la higiene de los manuales de uso, sin lograr apenas ascender unos cuantos peldaños.

No hay esperpento sin un fondo solemne sobre el que destacarse. ¿Y qué mejor fondo, y de mayor solemnidad, que el de la técnica, sobre todo si se le añade el aura de un cierto hermetismo? Ante la cosa técnica, y la superstición de lo útil, todos callan y otorgan, como si se tratase del traje nuevo del emperador. Hace ya tiempo que la tecnificación del saber llegó también a las humanidades, culpables acaso de parecer sobrantes y anacrónicas en el mundo de hoy. Uno no tiene nada contra la gramática, pero sí contra la intoxicación gramatical que están sufriendo nuestros jóvenes. Uno está convencido de que, fuera de algunos rudimentos teóricos, la gramática se aprende leyendo y escribiendo, y de que quien llegue, por ejemplo, a leer bien una página, entonando bien las oraciones y desentrañando con la voz el contenido y la música del idioma, ése sabe sintaxis. Sólo entonces, como una confirmación y un enriquecimiento de lo que básicamente ya se sabe, alcanzará la teoría a tener un sentido y a mejorar la competencia lingüística del usuario. Así que, quien quiera aprender lengua, que estudie literatura, mucha literatura, porque sólo los buenos libros podrán remediar la plaga que se nos avecina de los gramáticos a palos.

 

Internet, el Gran Educador

DIEGO MARTÍNEZ

La irrupción de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, llamadas TIC, y muy especialmente la utilización masiva de Internet está transformando sin darnos cuenta nuestras vidas. Internet es mucho más que la televisión, la radio, el teléfono y el fax. Internet permite todo lo anterior y aún más, nos posibilita comunicarnos entre sí, muchas personas a la vez, en cualquier momento y lugar del mundo, incluso, por qué no, todos a la vez. Es la gran telaraña mundial de la comunicación. Pues bien, si hay comunicación significa que también hay información, y si hay comunicación e información puede haber aprendizaje.

Los resultados de la aplicación de las TIC a la información y la documentación ha sido en estos 20 últimos años espectacular y también lo va a ser en su aplicación a la formación y al aprendizaje. Programas informáticos de todo tipo nos permiten tratar, gestionar, almacenar y distribuir la información de muchísimas maneras, en diferentes soportes y según nuestras necesidades. Y no sólo eso, sino que nos está ayudando a tomar decisiones, a elaborar proyectos, a aprender más y mejor y a producir aquello que siempre tuvo el valor máximo en los procesos de aprendizaje: el conocimiento.

Si empresas de medio mundo están orientando sus recursos y sus estrategias para aprovechar ese nuevo filón: el conocimiento, también las organizaciones educativas a todos sus niveles deberían hacerlo. Justamente es en el aprendizaje y en la investigación, ámbitos por excelencia de la información y el conocimiento, donde las TIC están provocando cambios de gran calado, algunos si se quiere casi imperceptibles, pero realmente profundos. Se dice que el impacto de las TIC en la enseñanza por ejemplo, será mayor que el impacto del descubrimiento de la imprenta y la edición de libros.

Un reciente estudio de la Pew Internet and American Life confirma que el 86% de los estudiantes americanos utilizan muy asiduamente Internet sobre el 59% del resto de la población. El 80% de los estudiantes que utiliza la Red dice que le es imprescindible para desarrollar su experiencia académica, y el 73% busca en Internet, desde las estaciones de trabajo que les facilita la biblioteca o conectando sus ordenadores portátiles, los trabajos que necesita para seguir cada una de las asignaturas. Esto supone, además, que el uso de Internet por parte de los estudiantes ayuda rápidamente a que se aficionen a usar otras tecnologías. Se va confirmando el hecho de que la gente joven crece con las TIC y las considera parte 'esencial' de sus vidas. Los estudiantes utilizan la Red para todo: buscar información, chatear, comunicarse, etcétera; la Red está incorporada en sus vidas cotidianas.

Esto es sin duda muy importante, ya que acabarán sus estudios y continuarán utilizando las TIC de una manera habitual, las incorporan a su vida profesional y, por supuesto, a su vida personal y particular. Aunque no todo es maravilloso, profesores australianos con programas informáticos, claro, han detectado que los trabajos realizados y presentados por los estudiantes no son del todo 'originales', el plagio alcanza el 8,85%, incluso en algunos trabajos realizados por algunos alumnos alcanza hasta el 25%, lo que demuestra que con Internet se ha incrementado la copia, el bajar, cortar y pegar es un uso del que si se abusa se debe detectar y corregir.

También es verdad que aparecen otros peligros asociados, éstos un poco más preocupantes. Muchos estudiantes piensan que si no encuentran la información que buscan en Internet de manera inmediata, es que no existe. Se olvidan así de otras fuentes impresas como los libros, revistas, bibliotecas y de los propios profesores que son la referencia de información y conocimiento más importante. Incluso los propios estudiantes no valoran lo que la Red les puede realmente proporcionar, fácilmente olvidan la información y documentación que esconde la misma Internet y que no muestra en 'primer lugar' el buscador de turno. El volumen de información que puede ser accesible en la llamada 'Internet invisible' es tanto o más que el volumen de hielo que escondía el iceberg que tumbó al Titanic.

Otro peligro, y éste es el más difícil de solucionar aunque todo se andará, es el filtro de la calidad de la información encontrada. No siempre lo que está disponible en Internet es bueno, es decir, significativo. Aún, al menos, la información gratuita, es mala, demasiado mala, poco científica, nada verdadera ni útil para aprender. Uno de los retos, por tanto, son los contenidos y su calidad. Para aprender se debe poder acceder a contenidos significativos. Y es en esta empresa en donde se encuentra ahora el reto de aprender en y con Internet. Una de las claves del éxito del cambio tecnológico en la enseñanza es la producción, gestión y acceso a los contenidos de calidad. Profesores, informáticos, bibliotecarios, pedagogos y creativos de las organizaciones educativas innovadoras están trabajando conjuntamente para crear contenidos de información útiles adaptadas a las necesidades de los estudiantes. Algunas universidades, por ejemplo, están orientando sus estrategias, sus servicios y sus recursos para facilitar al estudiante no sólo un ordenador, sino también un software educativo con contenidos de calidad. Una plataforma educativa para que pueda conectarse con el profesor o con otros estudiantes y poder continuar la clase, y una biblioteca digital con documentos e información actuales con contenidos (libros y revistas, principalmente) esta vez en soporte electrónico. Muchos profesores están adaptando e integrando sus temarios con recursos electrónicos disponibles y accesibles desde la Red, digitalizando apuntes y prácticas, aconsejando a sus estudiantes que accedan a ésta o aquella dirección web y se bajen la información que necesitan en ese momento. Haciendo un seguimiento 'virtual' del avance de los estudios mucho más personalizado que de forma presencial se hace en las aulas o en despacho, readaptando sus horarios sustituyendo horas lectivas por 'conexión en línea', ofreciendo títulos y asignaturas semipresenciales o totalmente distribuidas en red, etcétera.

Las TIC e Internet permiten, no como algunos se han apresurado a decir, la desaparición de los profesores, de las bibliotecas o incluso de la misma organización educativa -al menos no en estos próximos 50 años-, sino que nos aportan cambios que afectarán a todos los protagonistas del sistema educativo y en todos sus niveles como nunca antes se había visto. La resistencia al cambio tecnológico por parte de todos se irá diluyendo, los modelos pedagógicos deberán modificarse porque las TIC, casi sin quererlo, nos han colocado a todos en Internet: el Gran Educador.

GRACIAS Y DESGRACIAS DEL OJO DEL CULO
escribiolas 
JUAN LAMAS, EL DEL CAMISÓN CAGADO

Quien tanto se precia de ser servidor de vuesa merced, ¿Qué le podrá ofrecer sino cosas del culo? Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy despacio. Si le pareciese sucio, límpiese con él.

No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud corren la fortuna de ser despreciadas, y él en particular por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo. Mirado bien es el más perfecto y bien colocado, y el más favorecido de la Naturaleza, pues su forma es circular, como la esfera, y dividido por un diámetro o zodíaco como ella. Su sitio es en medio como el del Sol; su tacto es blando: tiene un solo ojo, por lo cual algunos lo han querido llamar tuerto; y si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del ver. El no tener más de un ojo es falta de amor poderoso, fuera de que el ojo del culo por su mucha gravedad y autoridad no consiente niña; y bien mirado es más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más hechura. Si no, miren los de la cara, sin una labor, tan llanos que no tienen primor alguno, como el ojo del culo, de pliegues lleno y de molduras, repulgo y dobladillos, y con una ceja que puede ser cola de algún matalote, o barba de letrado o médico. Y así, como cosa tan necesaria, preciosa y hermosa, lo traemos tan guardado y en lo más seguro del cuerpo, pringado entre dos murallas de nalgas, amortajado en una camisa, envuelto en unos dominguillos, abahado en una capa, y por eso se dijo: "Bésame donde no me da el sol". Y no los de la cara, que no hay paja que no los haga caballeriza, ni polvo que no los enturbie, ni relámpago que no los ciegue, ni mal ni tristeza que no los enternezca. Lléguense al reverendo ojo del culo, que se deja tratar y manosear tan familiarmente de toda basura y elemento; demás de que hablaremos que es más necesario el ojo del culo que los de la cara; por cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir.

Sábese que ha habido muchos filósofos y anacoretas que, para vivir en castidad, se sacaban los ojos de la cara, porque comúnmente ellos y los buenos cristianos los llaman ventanas del alma, por donde ella bebe el veneno de los vicios. Por ellos hay incestos, muertes, iras y robos. Pero ¿cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en el mundo, inquietud ni guerra?

Lo otro, su vecindad, es sin comparación mejor, pues anda siempre, en hombres y mujeres, vecino de los miembros genitales; y así se prueba que es bueno, según aquel refrán: "Dime con quien andas y te diré quien eres". Él se acredita mejor con la vecindad y compañía que tiene que no los ojos de la cara, pues éstos son vecinos de los piojos y de la caspa de la cabeza y de la cera de los oídos, cosa que dice claro la ventaja que les hace el serenísimo ojo del culo. Y si queremos sutilizar más esta consideración, veremos que en los ojos de la cara suele haber mil leves accidentes, telillas, cataratas, nubes y otros muchos males. Mas en el del culo nunca hubo nubes, que siempre está raso y sereno; que, cuando mucho, suele atronar, y eso es cosa de risa y pasatiempo. Pues decir que no es miembro que da gusto a las gentes, pregúnteselo a uno que con gana desbucha, que él dirá lo que el común proverbio, que para encarecer que quería a uno sobremanera, dijo: "Más te quiero que a una buena gana de cagar". Y el otro portugués, que adelantó más esta materia, dijo: "Que no había en el mundo gusto como el cagar si tuviese besos". Pues  ¿qué diremos del filósofo que dijo:

No hay contento en esta vida

que se pueda comparar

al contento que es cagar.

 

Otro dijo lo descansado que quedaba el cuerpo después de haber cagado:

No hay gusto más descansado

que después de haber cagado.

 Los nombres que tiene juzgarán que no tiene misterio. Dícese trasero, porque lleva como sirvientes todos los miembros del cuerpo delante de sí, y tiene sobre ellos particular señorío. Culo, voz tan bien compuesta, que lleva tras sí la boca del que lo nombra. Y ha habido quien le ha puesto nombre gravísimo y latino, llamándole antífonas y nalgas, por ser dos; otros, más propiamente, le llaman asentaderas; algunos, trancailo, y no he podido ajustar por muchos libros que he revuelto para sacar la etimología; lo más que he hallado es que se ha de decir tancahigo, por lo arraigado y pasado que siempre está.

En los animales vemos que la Naturaleza les cubre el culo con la cola o rabo, para que como parte más necesaria y secreta, estuviera acompañado, tapado y abrigado, y con mosqueador para el verano. Hasta los excrementos o mierda (pasa adelante, porque no te empalagues con tan dulce plato) son de provecho para fertilizar los campos, a quien debemos los frutos. La mierda del buey, o boñiga, para inmensos remedios es provechosa. Esto probado y asentado, ¿habrá alguno que diga que los ojos de la cara tienen alguna virtud? Así que el ojo del culo, él por sí solo, es mejor y de más provecho que los ojos de la cara.

Lo que dicen del culo (los que tienen ojeriza con él) es que pee y caga, cosa que no hacen los ojos de la cara; y no advierten que más y peor cagan y peen los ojos de la cara que no el del culo, pues en ellos no hay sueño que no lo caguen en cantidad de legañas, ni pesadilla o susto que no meen en abundancia de lágrimas, y esto sin ser de provecho, como lo que echa el culo, como ya queda probado.

Lo del pedo es verdad que no lo sueltan los ojos; pero se ha de advertir que el pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. Y, para prueba de esta verdad, digo que de suyo es cosa alegre, pues donde quiera que se suelta anda la risa y la chacota, y se hunde la casa, poniendo los inocentes sus manos en figura de arrancarse las narices, y mirándose unos a otros como matachines. Es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está el tenerla. Y así, mandan los doctores que no les detengan, y por eso Claudio César, emperador romano, promulgó un edicto mandando a todos que, aunque estuviesen comiendo con él, no detuviesen el pedo, conociendo lo importante que era para la salud.

Pues decir que no es bullicioso un pedo, ¡bueno es esto! ¿Hay cosa de más gusto que ver en un concurso grande, si se suelta uno, el rumor que mete y qué agudos acuden todos a taparse las narices, como está dicho, y otros que más lo huelen, haciendo la disimulada toman tabaco?

Y llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos no se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento. Y un portugués, preguntando cuál era la parte principal del cuerpo, dijo que el culo, que se asentaba primero que nadie y aunque fuese delante del rey.

Los nombres del pedo son varios: unos dicen: "soltó un preso", haciendo al culo alcalde; otros dicen: "fuésele una pluma", como si el culo estuviera pelando perdices; otros dicen: "tómate ese tostón", como si el culo fuera garbanzal. Y otros han dicho: "Entre peña y peña río que suena". De aquí se levantó aquel refrán que dice: "Entre dos peñas feroces, un fraile daba voces". Y, finalmente, dijo el otro: "El señor don Argamasilla, cuando sale chilla".

Y, volviendo a los demás sentidos, digo que lo que se queda en el pañuelo, de la boca es gargajo; y lo de las narices, moco; y lo de los ojos, legañas; y lo de los oídos, cera. Pero lo que queda del culo en la camisa es palomino, nombre de ave muy regalada. Fuera de que los ojos no tienen cosa señalada con que limpiarse, que a veces piden el pañuelo prestado a las narices y a la boca, y otras se limpian con las manos, y al mismo tenor los otros sentidos. Mas volviendo al culo ¡Qué de firmas de grandes señores ha iluminado! ¡Qué papeles de los más íntimos amigos no ha visto! ¡Qué de billetes de damas ha firmado! y ¡qué de camisas de Cambray y Holanda ha teñido!

Y si nos dilatamos en esta materia será proceder infinito, sólo digo que en cuanto he hablado y ponderado del culo sus gracias son muchas y muy dignas de ponderación.

                                                                             Fco. Quevedo y Villegas

 

NOSOTRAS Y ELLOS

Rosa Montero

He tardado muchos años de mi vida en llegar a comprender que si me gustan los hombres es precisamente porque no les entiendo. Porque son unos marcianos para mí, criaturas raras y como desconectadas por dentro, de manera que sus procesos mentales no tienen que ver con sus sentimientos; su lógica, con sus emociones, sus deseos, con su voluntad, sus palabras con sus actos. Son un enigma, un pozo lleno de ecos.

Se habrán dado cuenta de que esto mismo es lo que siempre han dicho los hombres de nosotras: que las mujeres somos seres extraños e imprevisibles. Definidas socialmente así durante siglos por la voz del varón, que era la única voz pública, las mujeres hemos acarreado el sambenito de ser incoherentes e incomprensibles, mientras que los hombres aparecían como el más luminoso colmo de la claridad y la coherencia. Pues bien, de eso nada: ellos son desconcertantes, calamitosos y rarísimos. O al menos lo son para nosotras, del mismo modo que nosotras somos un misterio para ellos. y es que poseemos, hombres y mujeres, lógicas distintas, concepciones del mundo diferentes, y somos, las unas para los otros, polos opuestos que al mismo tiempo se atraen y se repelen.

No sé bien qué es ser mujer, de la misma manera que no sé qué es ser hombre. Sin duda, somos identidades en perpetua mutación, complejas y cambiantes. Es obvio que gran parte de las llamadas características femeninas o masculinas son producto de una educación determinada, es decir, de la tradición, de la cultura. Pero es de suponer que la biología también debe de influir en nuestras diferencias. El problema radica en saber por dónde pasa la raya, la frontera; qué es lo aprendido y qué lo innato. Es la vieja y no resuelta discusión entre ambiente y herencia.

Sea como fuere, lo cierto es que hoy parece existir una cierta mirada de mujer sobre el mundo, así como una cierta mirada de varón. y así, miro a los hombres con mis ojos femeninos y me dejan pasmada. Me asombran, me divierten, en ocasiones me admiran, a menudo me irritan y me desesperan, como irrita y desespera lo que parece absurdo. A ellos, lo sé, les sucede lo mismo. Leí en una ocasión un ingenioso artículo de Julian Barnes, uno de los jóvenes (ya no tan jóvenes) escritores británicos, en el que, tras hablar de lo raritas que somos las chicas, hacía un decálogo de misterios para él irresolubles en torno al alma femenina. He olvidado los demás, pero recuerdo uno de esos enigmas: ¿por qué las mujeres al conducir, se preguntaba Barnes, mueven todo el cuerpo hacia un lado o hacia el otro cuando toman las curvas? Que es el mismo tipo de pregunta que la del entomólogo que se cuestiona: «¿Por qué ese bonito escarabajo pelotero frota sus patitas de atrás por las mañanas?». O sea, que así de remotos permanecemos los unos de las otras, como una ballena de un batracio, o como un escarabajo de un profesor de ciencias naturales.

A veces se diría que no pertenecemos a la misma especie y que carecemos de un lenguaje común.

El lenguaje, sobre todo el lenguaje, he aquí el abismo fundamental que nos separa. Porque nosotras hablamos demasiado y ellos hablan muy poco. Porque ellos jamás dicen lo que nosotras queremos oír, y lo que nosotras decimos les abruma. Porque nosotras necesitamos poner en palabras nuestros sentimientos y ellos no saben nombrar nunca lo que sienten. Porque a ellos les aterra hablar de sus emociones, ya nosotras nos espanta no poder compartir nuestras emociones verbalmente. Porque lo que ellos dicen no es lo que nosotras escuchamos, y lo que ellos escuchan no es lo que nosotras hemos dicho. Por todos estos malentendidos y muchos otros, la comunicación entre los sexos es un perpetuo desencuentro.

Y de esa incomunicación surge el deseo. Siempre creí que a lo que yo aspiraba era a la comunicación perfecta con un hombre, o, mejor dicho, con el hombre, con ese príncipe azul de los sueños de infancia, un ser que sabría adivinarme hasta en los más menudos pliegues interiores. Ahora he aprendido no sólo que esa fusión es imposible, sino además que es probablemente indeseable. Porque de la distancia y de la diferencia, del esfuerzo por saltar abismos y conquistar al otro o a la otra, del afán por comprenderle y descifrarle, nace la pasión. ¿Qué es el amor, sino esa gustosa enajenación; el salirte de ti para entrar en el otro o la otra, para navegar por una galaxia distante de la tuya?

De manera que ahora, cada vez que un hombre me exaspera y me irrita, tiendo a pensar que esa extraña criatura es un visitante de, pongamos, Júpiter, al que se debe tratar con paciencia científica y con curiosidad y atención antropológicas. Hombres, seres extraordinarios y disparatados, capaces de todo tipo de heroicidades y bajezas. Esos hombres ásperos y dulces, amantes y enemigos; espíritus ajenos que, al ser lo otro, ponen las fronteras a nuestra identidad como mujeres y nos definen.

 

ROSA MONTERO
Basuras

Ya va siendo hora de que afrontemos la verdad: lo que más nos gusta a los españoles no es el fútbol, ni las tapas, el ir de ligue, la siesta, trasnochar o no dar ni clavo, por mencionar tan sólo algunos de los tópicos raciales. No, señor. Lo que más nos gusta, nuestra pasión más honda, son las basuras.

Véase, si no, con qué amor, con qué diligencia y entusiasmo nos rodeamos inmediatamente de detritos.

Allí adonde va un español florecen los plásticos, brotan las mondas de naranja o patata, centellean los vidrios rotos cual auténticas joyas, proliferan 1os pape1ajos y los trapos y, en suma, engorda la mierda que da gusto.

Hay señoras y señores tan profesionalizados en la gorrinería que, no contentos con 1as mugres habituales, se trabajan los deshechos mayores: una tonelada de escombros de la obra-chapuza que están haciendo en casa, una 1avadora vieja, una nevera rota, la carcasa de un coche. Siempre me ha fascinado la manera en que estos residuos tan enormes brotan en campos y cunetas; cómo aparecen, al amanecer, en lugares en los que el día antes no estaban. Y me imagino a los causantes de la cosa yendo de puntillas,  en la mitad de la noche, con la taza desportillada de un retrete cargada a las espaldas, por ejemplo. Digan lo que digan ser un guarro de esta categoría exige mucho sacrificio y mucho esfuerzo.

Al parecer, España está a la cabeza de los llamados países desarrollados en cuanto a la incidencia de quistes hidatídicos. Para exactos, tenemos en esto el nivel de Marruecos, país que cultiva el quiste en abundancia. Para ello, para que abunde, para que sea endémico, hay que mantener el ciclo de basuras: se tiran las porquerías por las calles, hociquean en ellas los animales domésticos, enferman éstos y contagian luego a los humanos. En los países del llamado primer mundo, que disponen civilizadamente de sus residuos, estos quistes han sido casi por completo erradicados. Pero en España aún somos los reyes de la piedra en el hígado.

Verán, acabo de estar en Candeleda, un pueblo serrano que antaño fue muy bello, y a la entrada misma de la localidad, al borde de la carretera y de las casas, hay un apestoso basurero. He ido a Conil, y su maravillosa playa tiene un cinturón de vidrios rotos, latas oxidadas y plásticos mugrientos. Estuve en Valdemorillo, y al lado de una urbanización de semilujo, taponando la entrada a un bonito bosque, hay una extensa plantación  de electrodomésticos roñosos y cochambres diversas. Pero no hace falta seguir dando nombres de lugares, no hay en España monte sin detritos o barranco sin mierda.

Sostiene un amigo mío que lo que sucede es que no la vemos. La basura, digo. Que así como los daltónicos no perciben determinados colores del espectro, así los españoles, por una suerte de extraña ceguera selectiva, no vemos la guarrería que nos circunda. Puede ser, quizá milenios de acondicionamiento cultural nos han acostumbrado a vivir como puercos. Quiero decir que he visto cómo hombres y mujeres educados, ciudadanos conscientes que se quejaban de la suciedad del entorno, abandonaban la playa tan ricamente después de haber dejado sobre las dunas una espesa alfombra de colillas. Ni se daban cuenta de lo que hacían. Pero en todo ello hay algo más. Hay un profundo desprecio al otro, una brutalidad individualista. Los veo en sus chalecitos adosados de clase media emergente, cortando y recortando el seto de los minúsculos jardines, barriendo el porche hasta dejarlo sin mácula... y arrojando después toda la basura acumulada por encima de la valla, sobre la calle. Vivimos como las hordas medievales: sólo nuestro espacio es importante. El resto, el ancho mundo, es un lugar ajeno y enemigo. Y, así, no parece que nos quepa en la cabeza el respeto al vecino, ni la  conciencia de que pertenecemos a una colectividad. Fuera de nosotros mismos, nada existe.

He de confesar que me dan mucho miedo. Me aterran estos honrados ciudadanos que son  llenar el bosque vecino a su urbanización con neveras roñosas; o que no permitan  jugar a sus niños en el salón para que no lo manchen, pero que luego tiran los tambores vacíos de detergente a la cuneta que hay frente a su casa. No parece importarles vivir entre la mierda, con tal de que esa mierda no esté en el estricto trocito del planeta del que son propietarios. Tanta insolidaridad asusta.

Quiero decir que es más que una mala costumbre: es una manera de plantearse el mundo. Y, así, son sin duda estos guarros quienes están incendiando España entera, para especular o por descuido. Son también ellos los que, para irse de vacaciones son capaces de abandonar al perro o al abuelo. Y ellos son los corruptos, los intolerantes, los violentos; de esa estirpe nacen los que envenenan el aceite para ganar dos duros, o los constructores que roban el cemento y que luego matan a decenas de personas en un derrumbe. Los amantes de basuras, ¡ay!, son feroces.

Leed, leed, malditos
JOSÉ A. GARCÍA DEL CASTILLO

 

He de agradecer a mi padre que supiera transmitirme el amor por los libros y todo aquello que tuviera algo que ver con ellos, hasta tal punto, que siempre me ha rondado la frustración, hasta este momento oculta, de no fomentar la creación de una librería o una editorial al más puro estilo de Mecenas, con amplios lugares de lectura gratuita y promoción de tertulias, pero el destino y atabales de la vida me encauzaron en otros, no menos nobles, menesteres. Un librero amigo mío me ha confesado en reiteradas ocasiones, que es una verdadera lástima que gran parte de las publicaciones que llegan a su casa no consigan salir de las cajas en las que van empaquetadas y sean devueltas al editor sin ver la luz del expositor, y todo esto no por falta de espacio -me consta que son muchos metros cuadrados de exposición en varias librerías que regenta- sino por exceso de ediciones. Se vuelve un verdadero calvario seleccionar los títulos que son susceptibles de exponer y aquéllos que son condenados al ostracismo sin una mínima oportunidad. Pero creo que no podemos, ni debemos, echarnos las manos a la cabeza por este hecho singular, ya que en España contamos con más de 60.000 títulos publicados cada año, que ya es decir.Si hacemos un análisis simple de la situación llegaríamos a la conclusión de que es imposible mantener este volumen en un entorno rentable para editores y libreros en función del número de lectores potenciales que tiene nuestro país, que según la última encuesta del CIS relacionada con la lectura solamente un 41% de los españoles compran libros para lectura, al margen de los libros escolares y de texto. Si cerramos un poco más el círculo, solamente pasa del 20% la novela -en sus distintas versiones- como género más comprado y leído.

La lectura tiene que competir, deslealmente, con otros elementos de ocio que por su envergadura restan el poco tiempo que se puede dedicar a asuntos tan particulares como zambullirse en un buen libro al calor del hogar. Es difícil compaginar la lectura, para un 80 por ciento de los españoles, con la TV a la que dedican diariamente entre una y cuatro horas, lo que repartido con el tiempo dedicado a comer, desplazarse, dormir y trabajar se quedaría prácticamente en unos minutillos postreros para ojear un libro en el mejor de los casos. Pero la población joven no lo tiene mejor que digamos, ya que además de la televisión -más del 90 por ciento de los chavales la ven diariamente en grandes proporciones-, tienen en sus manos la red de redes, los video-juegos y las tareas escolares, por lo que su tiempo efectivo de lectura se reduciría irremisiblemente a cero.

Las televisiones públicas, baluartes de la «telebasura», tendrían que apostar por programaciones que fueran encaminadas al fomento de los libros en formatos más atractivos que el actual -sólo conozco uno, que además se emite a altas horas de la madrugada- que peca de aburrido y ególatra de quien los dirige y conduce, aunque mucho me temo que a nuestros gobernantes no le interesa lo más mínimo despertar a ese lector empedernido que todos llevamos dentro, por cuestiones tan añejas y trasnochadas como el miedo a la sabiduría popular y el temor a la crítica, que bien se pueden acallar con mucho fútbol y toros -que nos viene de muy atrás- añadiéndole una buena dosis de programas basura.

Ante este desolador panorama, lo primero que se nos viene a la cabeza es «criticar» a la institución escolar, como responsable última del fracaso en conseguir que sus discípulos sean aplicados y diligentes a la hora de coger un libro de motu propio. Me consta que se hacen grandes esfuerzos desde los colegios por promocionar la lectura, incluyéndose todo tipo de estrategias para que los niños aprendan el sentido práctico, lúdico y formativo de la lectura, salvando las competencias, en este caso más leales, de los procesos de socialización que conviven en los centros escolares. Aunque, por mucho hierro que le echemos a esta institución, sigue siendo la familia, y dentro de ella sus representantes, la que tiene mayor probabilidad de potenciar el amor por la lectura entre sus miembros. Es una asignatura pendiente en los hogares españoles la regulación racional de esos instrumentos de ocio que hemos mencionado -TV, video-juegos, internet- intercalando espacios para la lectura y los juegos de grupo y, cómo no, el intercambio de comunicación entre los integrante de la familia

Aunque al final, la cadena la generan los editores como máximos responsables de lo que llega, con más o menos acierto, a las manos del ávido lector. Son sus propuestas las que materializan la realidad lectora de un país, mediante los títulos que seleccionan en el panorama global de posibilidades a editar. Son ellos los que han de estar más preocupados en que se incremente el hábito lector entre sus potenciales clientes, pero no atisbo a entender porqué no se utilizan por su parte mecanismos más imaginativos para ampliar su campo de acción, porqué sus inversiones siguen estando estancadas en las campañas de publicidad y poco más, cuando tendrían todas las bazas en su mano para llegar de lleno al grueso del país mediante sistemas más inspirados, como de hecho lo consiguen las alcoholeras o las tabaqueras con sus promociones o mediante maratones al más puro estilo de Hollywood, como la inolvidable película de Sydney Pollack «danzad, danzad, malditos». El objetivo para la mayoría es que se lea y cuanto más mejor, para la minoría en el poder «colgar» cortinas de humo que enturbien la visión de las letras. Paradojas de mi pueblo.

 

Maestros
Patricia Guilabert Sanz

 

 Maestros ... una especie en peligro de extinción. Sí, es así, ese es el motivo de este artículo. Por desgracia para la humanidad hoy en día ya casi no quedan maestros. No me refiero a que no haya profesores, gente que en las aulas se dedica a enseñar un temario a cambio de un sueldo, de esos sí que hay, pero yo me refiero a otra cosa. Me refiero al auténtico maestro de antaño, cuya mayor pasión en la vida era aprender y compartir su sabiduría, porque el verdadero maestro, no simplemente enseña, ilustra.

Pues bien, tristemente es cierto, desaparecen. Pero gracias a Dios todavía quedan unos pocos, inconfundibles. Son aquellos que se emocionan dando una clase, que hacen referencia al origen de las cosas, a los antiguos. Aquellos que saben mucho más de lo que jamás tendrán que enseñar o utilizar y sin embargo siguen teniendo ese maravilloso afán por aprender, esa sed de sabiduría que tienen los niños y que muy pocos conservan. Son aquellos capaces de hacer que ames una asignatura hasta el punto en que guíen el destino de tu vida, porque no importa qué, cualquier cosa es interesante si te la enseña un maestro. Humildes, aceptan sus equivocaciones, reconocen sus errores y se enorgullecen cuando sus discípulos les superan. Exigen, porque dan. Comprenden que hay que vivir y que la vida es la que mejor nos enseña las cosas. Te animan a descubrir por ti mismo, despiertan tu interés, y son capaces de dar una auténtica clase magistral, en la que lo importante no es tomar apuntes, sino escuchar, empaparte de todo y comprender.

Ya para acabar sólo pedirles una cosa. Si se encuentran con alguno, no lo dejen escapar y aprendan la lección más importante que les pueda dar, aprendan a disfrutar aprendiendo, porque el verdadero maestro es un eterno aprendiz.

 

Hábitos culturales

J. J. Millás

Según un estudio de hábitos culturales llevado a cabo por la SGAE, los españoles vimos la televisión más de tres horas y media diarias a lo largo del año 2002. Quiere decirse que hubo personas que la vieron siete horas y personas que no la vieron ninguna. ¿Cuál de estos dos grupos obtuvo mayor instrucción, incluso mayor información? Evidentemente el que no la vio ninguna hora, por lo que cabría preguntarse si ver la tele es un hábito cultural o embrutecedor. En cualquier caso, tres horas y media son muchas horas, sobre todo si hay que combinarlas con una jornada de trabajo, una jornada de estudios, y una vida familiar. De ser ciertas las cifras dadas por el estudio de la SGAE, y parece que sí, casi no hay otra cosa en la vida que trabajo y tele o colegio y tele, lo cual resulta, como mínimo estremecedor.

En dos habitaciones contiguas se coloca a dos grupos de niños. En una de las habitaciones hay una televisión y en la otra no hay más que cuadernos, lápices, tizas y pizarras. Si al cabo de un año comparáramos el grupo de niños que no hicieron otra cosa que ver la televisión con el de los que tuvieron que pasar el tiempo escribiendo o dibujando, comprobaríamos, sin lugar a dudas, que los últimos son más creativos, más tolerantes, más despiertos y seguramente más educados que los primeros. Ahora bien, si la situación se prolongara durante años, los niños creativos inventarían tarde o temprano la televisión y tras deshacerse de los cuadernos y los lápices, se embrutecerían consumiendo siete u ocho horas diarias las imágenes proporcionadas por su invento.

Lo malo de la creatividad es que tarde o temprano acabas inventando la tele. Dicen los temperamentos moderados que la tele, como la bomba atómica, no es buena ni mala en sí misma, sino en función del uso que se haga de ella. Es cierto, pero durante el año 2002 al que se refiere el estudio de la SGAE la tele se usó como la bomba atómica en Hiroshima, o sea, mal, igual que durante el año en curso y suponemos que el que viene. Esto se debe a que los responsables de la programación estuvieron de niños en una tercera habitación que no somos capaces ni imaginar cómo era.

Cuerpos

Rosa Montero

El trauma se renueva todos los años por estas fechas, a causa de la distancia insalvable entre la belleza neumática de las modelos y la tibia y precaria carnecilla de nuestros pobres cuerpos. Ahí están, recién llegadas de la Semana Santa, miles de mujeres que hoy se odian un poco más que ayer: porque en la ajustada ropa primaveral se sintieron desparramadas y blandas como focas.

Es muy difícil, y a veces hasta heroico, llegar a quererte y aceptarte a ti mismo en lo fundamental, en tus limitaciones y en tus logros; y a este ímprobo esfuerzo las mujeres hemos de añadir un combate contra el fantasma del físico perfecto. El ingente negocio de la estética invierte muchísimos millones en promocionarse, de modo que no es de extrañar que cada año aumente la obsesión tirana por el cuerpo. Y así, incluso las revistas del corazón, tan sensibles ellas a los tópicos sociales, contribuyen últimamente al comecocos, y en los pies de fotos no hacen más que decir que si Fulana se mantiene guapísima o que si Mengana está hecha una ceporra. El machaque ambiental es tan feroz que todas tenemos las neuronas cocidas y la celulitis nos produce mucho más espanto que las vacas locas.

Y, sin embargo, la realidad es otra. Lo real es que la carne es blanda y declinante, y que ni la salud ni el atractivo físico tienen nada que ver con una anatomía despampanante: o sea, puedes enloquecer al ser amado aun teniendo las mejillas arrugadas y las nalgas flojas. Dicen que Play Boy quiere sacar desnuda y en portada a Ursula Andress, que ha cumplido ya sesenta años. Está bien que el recalcitrante Play Boy reconozca por lo menos que existen las mujeres mayores; pero lo revolucionario sería retratar no ya el cuerpo de la Andress, recosido para mimetizar la juventud, sino un cuerpo verdaderamente sesentón: bien vivido, arrugado, sano y viejo.

 

José Antonio Marina

INTERNET: 'SURFEAR' NO ES IGUAL QUE LEER



Internet no está hecho para leer. Está hecho para transmitir información vertiginosamente, o para acceder a ella con la misma velocidad. Su eficacia está en encontrar rápido, leer rápido y cambiar más rápido aún. Es lo que se llama surfear, hacer surf en la red.

¿Quién va a leerse La montaña mágica en Internet? Si lo que sé de psicología y de sociología de la informática no me engaña, se están consolidando dos clases intelectuales: los que leen con lentitud, y los que leen vertiginosamente. Y, aunque no lo parezca, los lectores lentos llevan las de ganar. No me estoy refiriendo a la velocidad material de lectura, sino al modo de enfrentarse con textos largos y complejos.

Internet -lo sé por experiencia- presiona para que se transmitan textos fulgurantes y brevísimos. Pero al acortar el mensaje dejamos fuera de juego los temas más importantes: la argumentación y la sutileza.

Te recomiendo que leas con calma. Y que no caigas en la trampa de creer que una imagen vale más que mil palabras. Es una peligrosa mentira. La lectura lenta no es importante porque proporcione una mayor elocuencia, o una expresión más refinada o elegante. Es importante porque nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística, y nuestro ámbito vital también lo es.

Mediante el lenguaje manejamos todos nuestros procesos inteligentes. Tal vez recordéis que en la escuela os decían que en la comunicación lingüística hay un emisor (el que habla), un receptor (el que escucha) y un mensaje (lo que se transmite). Esto es verdad, pero no toda la verdad.

¿No os habéis dado cuenta de que nos estamos hablando a nosotros mismos continuamente? ¿Por qué lo hacemos? Porque es el procedimiento que hemos aprendido para manejar nuestros recursos mentales. Nos hacemos preguntas. ¿Para qué? ¿Quién pregunta? Yo. ¿A quién? A mi. ¿Quién va a responder? Yo otra vez. ¡Qué comportamiento más estúpido! Pues no; así es como dirigimos nuestra memoria.

Además, vivimos en un ámbito lingüístico. Alrededor del 80% de los problemas de pareja tienen que ver con el lenguaje. No hablamos, no hablamos de ciertas cosas, o no nos entendemos. ¿Por qué se dan tantas incomprensiones y malentendidos? Porque hemos descuidado el lenguaje.

La imagen tiene un poder emocional fabuloso, pero no lleva al entendimiento. Las grandes creaciones del espíritu humano: la argumentación, la lógica, el derecho, el ingenio, la poesía, la ciencia, las declaraciones de amor, son creaciones lingüísticas.

Te lo aconsejo, busca información vertiginosamente en Internet, y luego léela reposada, fructífera, inteligentemente en tu sillón.

El semáforo

ELVIRA LINDO

 

La mejor manera de ser un perfecto imbécil es quedarse en casa y poner la televisión. Si se hace esto durante una semana, aprovechando una gripe, por ejemplo, uno puede llegar a la conclusión de que la tierra es un lugar del que desertaron los seres humanos hace tiempo y en su lugar hay una panda de gañanes que se dedican a espiar con quién se acuestan otros tan gañanes como ellos. La mejor manera de ser un depravado es quedarse en casa y poner la tele. Al cabo de tres días de ver programas de testimonios uno creerá que la mayoría de los padres han practicado sexo con sus hijas pequeñas o que todas las cuñadas se han acostado con el marido de su hermana con los niños delante. La mejor manera de ser un paranoico es quedarse en casa, echar el cerrojo y ver programas de sucesos. Al poco, se te meterá en la cabeza que como te ausentes más de tres horas de casa vendrá un camión de mudanzas y se te llevará todos tus bienes sin que la vecindad mueva un dedo. Pero peor, pensarás, será quedarse en casa cuidando dichos bienes porque entonces los ladrones entrarán cuando tú estés y encima te matarán; o puede ser que te compres un perrazo y lo entrenes para atacar, pero que el perro, como persona humana que es, igual se equivoca y en un momento de confusión se te tira a ti y te mata y les hace la mitad del trabajo a los ladrones.

Afortunadamente, en España uno, aún, tiene la posibilidad de relacionarse, pasear, charlar en los bares y mantener su aislamiento, imbecilidad y paranoia a unos niveles aceptables. Pero no ocurre así en Iowa, en Ohio, en Kansas, donde uno se debe de aburrir tanto, tanto, que el único entretenimiento es quedarse en casa viendo la tele, alimentando miedos y pensando que el mejor remedio para la agresión exterior es tener un arma y aplaudirle al presidente el hecho de que marque a los extranjeros con los colores del semáforo: rojo, verde y amarillo, según nuestro grado de peligrosidad terrorista. Y lo gracioso de todo es que al final te acaba matando de un disparo el niño, que también se aburre, la criatura.

Información, ciencia y sabiduría

Emilio Lamo de Espinosa

 

En 1934, en su poema “La roca”, el poeta T. S. Eliot escribía: “Invenciones sin fin, experimentos sin fin, nos hacen conocer el movimiento pero no la quietud, conocimiento de la palabra, pero no del silencio, de las palabras, pero no de la Palabra”. Y añadía:

"¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?

¿Y dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?".

Cuando ciertamente vivimos anegados en información, con conocimientos crecientes, pero con la misma sabiduría de hace tres mil años, si acaso, no sobra comentar esta profunda intuición.

Pues, ciertamente, información, conocimiento y sabiduría son tres modos o maneras del conocimiento, pero de muy distinto alcance y desarrollo. La información nos proporciona datos, bits, nos dice lo que es y cómo es lo que es, puede ser digitalizada, archivada y transmitida. Hoy la encontramos en la red de la web mundial, donde basta acceder a un buen buscador, como Google, para obtener toda la información del mundo, la práctica totalidad de los libros clásicos y modernos, toda la música, todos los datos que deseemos. Ya casi nadie consulta una enciclopedia (por eso las regalan con los periódicos), pues es más rápido consultar Internet, inmensa memoria de la humanidad y gigantesco depósito de información acerca de todo. De modo que basta una barata conexión a Internet para tener acceso a bases gigan­tescas de información.

El conocimiento es otra cosa, es la ciencia, un saber que, a partir de muchos datos, y combinando inducción y deduc­ción, me dice no lo que es, sino lo que puedo hacer. La ciencia es otro depósito, esta vez de teorías o modelos del mundo o, mejor, de partes del mundo, y me dice cómo hacer esto o lo otro. El conocimiento necesita información, por supuesto, pero lo importante hoy es que, al haberse democratizado el acceso a la información, ésta cada vez vale menos. Lo importante no es tener información; todo el mundo la tiene. Lo importante es discriminar la información rele­vante de la que no lo es, separar información y ruido. Y eso no es tarea de la información, sino del conocimiento científico. A medida que el bit de información baja de precio, sube el valor del conocimiento.

Pero el conocimiento científico tiene también sus límites. Pues la ciencia es un saber instrumental que me muestra qué puedo hacer, pero de ningún modo qué debo hacer. Lo sabemos al menos desde la crisis del positivismo clásico a comienzos del pasado siglo, cuando ese gigantesco pensador que fue Wittgenstein, y aludiendo justamente al tema de los valores (a la "muerte de Dios"), dijo aquello de que "sobre lo que no se pue­de hablar, mejor es callarse Pues poco sensato podemos decir de los valores si los analizamos desde el discurso científico, de modo que, desde entonces, con el neopositivismo, la cien­cia se ha construido eliminando los valores; la ciencia debe ser wertfrei, value free. Y así es, pues de la buena vida, de lo que debemos hacer o no, del sentido último de nuestra existencia, sobre qué amar u odiar, qué es hermoso o repugnante, de eso poco sabe la ciencia.

De eso, ciertamente, se ha venido encargando la sabiduría.

Una forma de saber que, superior a la ciencia y, por supuesto, a la información, trata de enseñarme a vivir y me muestra, de entre todo lo mucho que puedo hacer, lo que merece ser hecho. De modo que, sin sabiduría, la ciencia no pasa de ser un archivo o panoplia de instru­mentos que no sabría cómo utilizar. Información, conocimiento y sabiduría responden a tres preguntas muy distintas: ¿qué hay?, ¿qué puedo hay ¿qué debo hacer?

¿Todo así de claro? Por puesto que no, pues, como señalaba antes, los ritmos de desarrollo de unas y otras formas del conocer humano son muy distintos. En 1999 había millones de páginas web; 2002 se calculaban ya 6.000 millones. Se estima que el volumen de páginas web de que ponemos y, por lo tanto, el lumen de información accesible mediante un simple en( fe a Internet se doblan c tres meses a un ritmo frenético, y lo cierto es que nadamos en masas de información.

El ritmo de desarrollo de del conocimiento es, más difícil de medir, pero diversas estimaciones rigurosas concluyen que el stock de ciencia válida se ha venido doblando aproximadamente cada 15 años, que es también el ritmo al que se doblan las revistas científicas especializadas y el branching (la ramificación) de especialidades científicas. Y, desde luego, nadie puede poner en duda que se trata de uno de los pocos ámbitos donde podemos hablar con rigor de progreso, pues es difícil dudar que hoy sa­bemos (o, para ser más precisos, conocemos) bastante más que hace 100 años, y entonces más que hace 200, etcétera. Razón por la que no pocos (yo entre ellos) creemos que, si hay una variable independiente que pueda explicar la historia, ésa es el progreso de los conocimientos. Y todo parece indicar que, tras las dos previas revoluciones científicas, la que pone fin al neolítico para iniciar la historia de los primeros imperios, y la revolución científica europea del siglo, XVII, la actual revolución científico-técnica no ha hecho sino comenzar. Podríamos visualizarlo diciendo que ambos crecen en progresión geométrica, pero la información lo hace cada tres meses y el conocimiento, cada 15 años.

Sin embargo, la sabiduría de que disponemos no es hoy mucho mayor de la que tenían Confucio, Sócrates, Buda o Jesús, no parece haber mejorado mucho en los últimos tres mil años y, lo que es peor, no sabemos bien cómo producirla. Tampoco diría que ha retrocedido, pero sí que es casi una constante que ha variado poco o nada en los últimos siglos. Razón por la cual la lectura de la Ética a Nicómaco, de Aristóteles; el De constantia sapientis, de Séneca, o el Sermón de la montaña, de Jesús de Nazaret, tienen hoy tanto valor como cuando fueron publicados, mientras que (como decía Whitehead) la ciencia progresa olvidando sus clásicos, y nadie que desee saber óptica lee hoy la de Newton. Pues si hubiéramos progresado en sa­biduría como lo hemos hecho en conocimiento, esos viejísimos textos morales carecerían de valor, como carece de valor actual el, Tratado elemental de química, de Lavoisier.

Y hay más aún. Pues si bien es cierto que la ciencia carece de sabiduría, sin embargo se autodefine -y es aceptada casi siempre - tomó única forma de saber válido. Como ya señalara Thorstein Veblen en 1906 en el primer texto de sociología de la ciencia, "el sentido común moderno sostiene que la respuesta del científico es la única auténtica y definitiva". Puede ser, pero da la maldita casualidad que no responde, ni puede responder, a las preguntas más importantes No otra cosa dirá Habermas mucho más tarde: "Cientifismo significa... la convicción de que no podemos ya com­prender la ciencia como una forma de conocimiento posible, sino que más bien debemos identificar conocimiento y ciencia".

Pero en esa medida, en la medida en que aceptamos, erróneamente, que la ciencia es el único saber válido, ella misma se transforma en un disolvente de todo otro saber alternativo posible, y, por lo tanto, en disolvente de todo saber de fines, en disolvente de la escasa sabiduría de que disponemos. Con el resultado paradójico de que cada vez sabemos más qué podemos hacer (cada vez podemos hacer más cosas), pero sa­bemos menos qué debemos hacer, pues incluso la poca sabiduría de que disponemos la menospreciamos. Ciertamente, invenciones sin fin, sin finalidad, sin objeto. Así, por poner un ejemplo, sabemos que podemos clonar seres humanos; pero, ¿cuándo y por qué es razonable hacerlo?

Vivimos, pues, anegados de información, con sólidos y eficaces conocimientos científicos, pero ayunos casi por completo de sabiduría. Sospecho que Eliot tenía toda la razón y nuestro problema es que no somos capaces de producir sabiduría, al menos al ritmo al que producimos conocimiento.

 Emilio Lamo de Espinosa es catedráti­co de Sociología (Universidad Com­plutense) y director del Real Instituto Elcano.

EDUARDO MENDOZA

Libros  

El año 2005, que ya se aleja hacia el destierro permanente de la Historia, fue, por si alguien lo ha olvidado, el año del Quijote, pero también el año del libro y la lectura, una conmemoración más modesta, de contenido vago y resultado incierto, pero muy sentida. Como numerario del gremio, participé en algún acto relacionado con el asunto, frente a un público selecto, o sea, cuatro gatos. Estuvo bien: al fin y al cabo, la lectura es el acto individual por excelencia, y la relación con los libros varía con cada lector. Yo mismo, por poner un ejemplo que conozco, organizo mis lecturas con arreglo a un confuso programa de cuya existencia soy consciente, pero cuyo contenido ignoro a pesar de que sólo yo he intervenido en su diseño. Reflexiono largamente, trazo un plan minucioso y luego no lo cumplo. Por supuesto, en este descalabro intervienen factores externos: influencias, caprichos, libros que aparecen sin ser elegidos y otros, pocos, que desaparecen no sé cómo. Rara vez compro libros con la intención de leerlos de inmediato. Me gusta disponer de una librería de donde elegir la lectura que juzgo apropiada a cada momento, como quien dispone de una despensa y una bodega bien surtidas. Igual que con la comida y la bebida, considero los libros productos de consumo. La mera posesión no me produce ningún placer y no me importa desprenderme de ellos una vez leídos, con muy pocas salvedades. No obstante, mientras están en mi poder los cuido, no los subrayo ni doblo las hojas ni los dejo abiertos bocabajo. A veces tomo notas en un cuaderno que luego no vuelvo a consultar. También me gustan las ediciones buenas, el buen papel, la buena encuadernación y la letra grande. Las erratas de imprenta me ponen malo. Leo las introducciones y los prólogos después de haber leído el libro, nunca antes, y apruebo la práctica alemana de ponerlos al final. Antes un libro absorbente me podía mantener despierto toda la noche. Ya no. Si me gusta lo que leo, me sosiego y me duermo en cualquier sitio. No escucho música mientras leo, necesito un silencio conventual, pero leo bien en el avión, el metro y el autobús. También me gusta leer de pie. Y si tuviera que llevarme un solo libro a una isla desierta, preferiría ahogarme en el naufragio.

 

EL LOBO FEROZ Y CAPERUCITA ROJA

             El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo limpio y ordenado. Cuando ...

             Un día soleado, mientras estaba recogiendo la basura dejada por unos excursionistas, sentí pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi venir a una niña vestida de forma muy rara, toda de rojo y con su cabeza cubierta, como si no quisiera que la vieran. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, adónde iba, de dónde venía, etc. Ella me dijo, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para llevarle una torta y un tarro de mantequilla para el almuerzo. Me pareció una persona extraña, estaba en mi bosque y, ciertamente, parecía sospechosa con su ropa tan extravagante. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes, y más aún de forma tan llamativa. La dejé seguir su camino y corrí a casa de su abuelita. Cuando llegué, vi a una simpática viejecita y le expliqué el problema. Ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La viejita estuvo de acuerdo en permanecer oculta hasta que yo la llamara. Y se escondió en el armario.

            Cuando llegó la niña, la invité a entrar en el dormitorio donde estaba acostado, vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oírla mejor. Me llamaba la atención y trataba de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos salidos. Empecé a sentirme mal; la niña tenía una bonita apariencia, pero era muy antipática. Sin embargo seguí la política de poner la otra mejilla, y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor. Su siguiente insulto sí que me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis dientes tan grandes, y esa niña hizo un comentario muy desagradable. Sé que debía haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí enseñándole mis dientes y le dije que eran grandes para comerla mejor.

            Esa niña loca, asustada, empezó a correr por toda la habitación gritando, y yo también corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita, me la quité, pero fue peor. De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme. Yo le miré y comprendí que corría peligro, así que decidí saltar por la ventana y escapé.

            Me gustaría decirles que éste es el final de la historia, pero, desgraciadamente no es así, pues la abuelita jamás contó mi parte de la historia. Y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de que yo era un lobo malo. Y todo el mundo empezó a evitarme.

            No sé qué le pasaría a esa niña insoportable y vestida de forma tan rara, pero yo nunca volví a ser feliz.

 

Malinterpretar el correo electrónico es fácil

Daniel Goleman

La ventaja de una llamada de teléfono o de un mensaje de correo electrónico es claramente mayor cuando hay algún tipo de problema que tratar. Pero hay maneras en las que el correo electrónico puede fomentar en primera instancia esos problemas.

Esto se vuelve más evidente con la aparición de la neurociencia social; el estudio de lo que sucede en los cerebros de las personas cuando éstas interactúan. Las nuevas conclusiones revelan un fallo en el diseño del interfaz donde el cerebro se encuentra con la pantalla del ordenador: no hay canales electrónicos para las múltiples señales que usa el cerebro para calibrar las emociones.

En cambio, la interacción cara a cara es rica en información. Interpretamos lo que la gente nos cuenta no sólo por su tono y por sus expresiones faciales, sino también por su lenguaje corporal y su ritmo, así como por la sincronización con lo que nosotros hacemos y decimos. Lo más crucial es que el sistema social de circuitos del cerebro imita en nuestras neuronas lo que sucede en el cerebro de la otra persona, y esto nos mantiene en la misma longitud de onda desde el punto de vista emocional. A diferencia de una llamada de teléfono o una conversación en persona, el correo electrónico puede resultar pobre a nivel emocional cuando se trata de mensajes no verbales que añaden matices a nuestras palabras.

Los términos escritos carecen del rico contexto emocional que transmitimos en persona. El correo electrónico es rápido y práctico y nos permite estar en contacto con mucha gente. Pero si dependemos exclusivamente del correo electrónico en el trabajo, la ausencia de un canal para los circuitos emocionales del cerebro acarrea riesgos. En un artí­culo que será publicado el año que viene en la Academy  of  Management Re­view, Kristin Byron, profesora asociada de dirección de empresas en la Whitman School of Management de la Universidad de Syracuse, opina que, por lo general, el correo electrónico aumenta las posibilidades de que se produzcan conflictos y malentendidos.

Uno de los motivos es que tendemos a malinterpretar los mensajes positivos de correo electrónico, como si fueran más neutrales, y los neutrales como más negativos, de lo que preten­dí­a el emisor. Incluso los chistes los consideran menos graciosos los receptores que los emisores.

No logramos damos cuenta de esto en gran medida debido a nuestro egocentrismo, según un artí­culo de 2005 aparecido en el Journal of Personality and Social Psychology. Cuando está sentado a solas en un cubículo o en un sótano escribiendo un correo electrónico, el emisor "oye" los matices emocionales en su interior, aunque el receptor no perciba ninguna de estas indicaciones. Cuando hablamos, el radar social de nuestro cerebro detecta ese toque de estridencia en la voz y de inmediato reduce el tono de exasperación, todo para llegar a un acuerdo. Cuando enviamos un correo electrónico, hay pocos o ningún indicio emocional que se pueda captar.

Clay Shirky, profesor del programa de telecomunicaciones interactivas en la Universidad de Nueva York, tiene experiencia en el campo de la informática social: programas de ordenador mediante los cuales interactúan múltiples usuarios. Le pregunté qué implicaciones podría tener todo esto para los que trabajan con otras personas a través del correo electrónico.

"Cuando te comunicas con un grupo al que sólo conoces a través de los canales electrónicos, es como tener un síndrome de Asperger en la práctica", afirma Shirky, en referencia a la enfermedad que inhibe la interacción social. "Eres muy lógico y racional, pero frágil a nivel emocional".

A medida que el uso del correo electrónico aumenta en una organización, el volumen total de otro tipo de comunicaciones se reduce, sobre todo los saludos amistosos de rigor. Pero al carecer de estas interacciones aparentemente inocuas, la gente se siente más desconectada de sus compañeros de trabajo.

Esto ya lo insinuaba un artículo aparecido hace casi una década, justo cuando estaba surgiendo el correo electrónico. Resulta que decir "hola" sí que tiene importancia; es pegamento social. Como dice Shirky, "el software social", como el correo electrónico, "no es mejor que el contacto cara a cara; sólo es mejor que nada".

 

Recuerdos de niñez y de mocedad

Unamuno

 

El colegio al que me llevaron no bien había dejado las sayas era uno de los más famosos de la villa. Era colegio y no escuela -no vale confundirlos-, porque las escuelas eran las de de balde, las de la villa, por ejemplo, a donde concurrían los chicos de la calle, los que se escapaban a nadar en los Caños, los que nos motejaban de farolines y llamaban padre y madre a los suyos, y no como nosotros papá y mamá.

Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecilIo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos -el tamaño de los bolsillos de autoridad-, algodón en los oídos, y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de el Pavero. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡y tan pavos!...

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas. Cuando se atufaba cerraba los ojos para ser más justiciero, y cañazo por acá, cañazo por allá, a frente, a diestro y a siniestro, al que le cogía, y luego la paz con todos. Y era ello una verdadera fiesta, porque entonces nos apresurábamos todos a refugiarnos del cañazo metiéndonos debajo de los bancos.

Esto era para el juicio general o colectivo; mas para el juicio individual, para las grandes faltas y para los grandullones, tenía guardado un junquillo de Indias, no hueco como la caña, sino bien macizo y que se cimbreaba de lo lindo cuando sacudía el polvo a un delincuente.