CÓGELO EN WORD

¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

La lectura no es sólo una actividad lúdica. Es una organización cerebral. La persona que no ha leído no tiene una buena estructura. cerebral.

F. de Azúa

 

Cuando se lee no se aprende algo, se convierte uno en alguien.

Goethe

 

Leer nos enriquece la vida. Con el libro volamos a otras épocas y a otros paisajes; aprendemos el mundo, vivimos la pasión o la melancolía. La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores.

J. L. Sampedro

Una de las primeras preguntas que en estos tiempos de pragmatismo suele plantearse cualquier persona con una mínima capacidad crítica y de análisis al empezar una nueva tarea es la de su utilidad. Quizá fuera fecundo y necesario para el estudiante de bachiller preguntarse y responder, al empezar cada curso, a la pregunta ¿Para qué sirve y para qué me sirve esta asignatura? referida a cada una de las materias que se estudian. En nuestro caso nos preguntamos ¿Para qué sirve la Literatura? ¿Para qué me sirve a mí? ¿Cuál es su utilidad?

Antes de responder se deben hacer algunas precisiones sobre el término «útil». La respuesta que nos da el diccionario sobre su significado es la de algo «que puede servir y aprovechar en alguna línea». Este servicio y aprovechamiento lo podemos entender, en un nivel más elemental, con un sentido práctico y material. De este modo, cualquier persona es capaz de responder a la pregunta sobre la utilidad de un camión, de un cuchillo o de un paraguas. Sin embargo, si preguntamos por la utilidad de la música, de la charla con los amigos o del juego de la petanca, la respuesta ya no sería tan sencilla. Incluso algunos podrían responder que el juego no tiene ninguna utilidad para las personas mayores, o que escuchar música, a fin de cuentas, es un entretenimiento inútil y una manera de perder el tiempo. Una persona más inteligente y de mayor formación sabe que el ser humano tiene unas necesidades materiales y otras que podemos llamar espirituales. Nosotros necesitamos para nuestra salud física un abrigo que nos proteja del frío, pero también necesitamos para nuestro equilibrio emocional amar, soñar, revivir el pasado... De manera análoga, sabemos que escuchar música nos proporciona un placer, tiene para nosotros una utilidad aunque sea de carácter distinto a la que nos proporciona un cortaúñas o un bolígrafo. Es obvio que la utilidad de la Literatura queda dentro de este grupo que podemos llamar de necesidades espirituales, culturales, lúdicas o estéticas. Las respuestas que vayamos dando caerán dentro de estos cuatro ámbitos. Responderemos ordenadamente:

 

1 - Podemos empezar diciendo que la Literatura concebida como juego es una forma más de entretenimiento. Desde los primeros años de nuestra vida disfrutamos sumergiéndonos en esa serie de acontecimientos imaginados por los escritores. Unas veces nos sentimos identificados con el protagonista; otras, gozamos de la posición privilegiada de observadores de la intimidad de los personajes. Todas las personas sentimos una atracción innata por los relatos de sucesos reales o ficticios. En este sentido podríamos comparar la Literatura con el cine. Nosotros, muchas veces, vamos al cine para divertirnos, para pasar un buen rato. No tenemos otras pretensiones. Lo pasamos bien siguiendo el desarrollo de una historia. Del mismo modo, hay personas que disfrutan leyendo, aunque esta ocupación exija un esfuerzo que no nos demanda el cine, donde casi lo único que hay que hacer es sentarse y mirar la pantalla.

 

2 - Personas de mayor sensibilidad o de mayor formación cultural también pueden encontrar la belleza del lenguaje o el ingenio y la habilidad en la construcción de los personajes o en la disposición de la historia. Este tipo de sensación es semejante a la que experimentamos al contemplar los colores y las líneas de un cuadro o la melodía de una composición musical. Disfrutamos de una belleza que apenas acertaríamos a explicar. Por lo tanto, podemos decir que la Literatura, al igual que el resto de las artes, contribuye a acrecentar nuestra capacidad estética.

 

3 - Sin alejarnos mucho de lo anterior, podemos referirnos al desarrollo de la sensibilidad. Por naturaleza, todos tenemos un grado de sensibilidad, pero con el estudio y la contemplación del arte, con la Literatura, podemos ampliarla. Sobre todo con la lectura de la Poesía o de obras de tanta delicadeza como «La lluvia amarilla» de J. Llamazares. Nosotros también aprendemos a sentir conociendo cómo otras personas de fina sensibilidad sienten problemas como el amor, la muerte, el odio, el deseo, el miedo, la envidia, el fracaso, el desconsuelo...

 

4 - Para el que busca el conocimiento de otras realidades no ficti­cias, en la Literatura encuentra datos y recreaciones de otras épocas. Me estoy refiriendo  concretamente a la Novela histórica. Resulta muy sugestivo leer, por ejemplo, «Yo Claudio» a la vez que estamos estudiando el Imperio Romano. Vista así, la Literatura es un complemento en el estudio del pasado. En los libros de historia sobre el siglo XIX español encontramos los acontecimientos más importantes, conocemos los personajes de mayor influencia en la trayectoria histórica, conocemos los problemas económicos, sociales, etc., así como sus causas. Pero de lo que no nos informan es de la vida cotidiana de las gentes humildes, de cómo viven los pequeños problemas del día a día, de las preocupaciones de las personas cuyos nombres no aparecen en los libros de historia. La Literatura no sólo nos relata la vida de estas personas sino que nos presenta los detalles más insignifican­tes. Junto a la Historia, que nos da a conocer la vida del siglo XIX, la Literatura, los «Episodios nacionales», por ejemplo, nos permiten «vivir» aquella época. A la vez que estudiamos el descubrimiento del Nuevo Mundo podemos leer «El oro de los sueños», o si estudiamos el Renacimiento, leeremos «Bomarzo». Si lo que nos interesa es la Edad Media cogemos «El nombre de la rosa» o «El peregrino».

 

5 - De manera semejante a como podemos conocer otras épocas, la Literatura nos proporciona un acercamiento a la vida de otros lugares de nuestro planeta. ¿Cómo podemos, en caso de que nos interesara, conocer la vida cotidiana de China, la mentalidad de sus gentes, sus manías, sus obsesiones, etc.? Una manera de hacerlo sería a través de este tipo de novelas que llamamos realistas o costumbristas. Leyendo «Viento del este, viento del oeste» podemos darnos cuenta de cómo valoran los chinos los pies pequeños de la mujer. O con «La historia de Sumitra» conocemos los problemas que puede tener una familia de origen hindú y africano en Inglaterra, los problemas derivados del racismo y los que tienen su origen en el choque de mentalida­des de padres africanos con hijos africano-europeos. Para acercarnos a la cultura árabe, al Egipto de nuestro siglo, leamos «El callejón de los milagros» o «El mendigo» de Naguib Mahfuz. O para el Marruecos actual, «El pan desnudo» de Mohamed Chukri o «Sueños en el umbral» de Fátima Mernisi. Otra forma de viajar muy sugestiva nos la proporciona este género narrativo llamado libro de viajes. Podemos conocer Irán, sus costumbres, a través de la visión de Ana M. Briongos en su libro «Negro sobre negro. Irán, cuadernos de viaje».

 

6 - En general, podemos decir que la Literatura nos ayuda a conocer, a ser cons­cientes de una gran diversidad de problemas humanos: políticos («Rebelión en la granja»), religiosos («San Manuel Bueno mártir»), estéticos («Muerte en Venecia»), amorosos («La invención de Morel»), filosóficos («El extranjero»), temores sobre el futuro de la humanidad («Un mundo feliz»)... Dentro de la inmensa producción literaria encontramos los temas que más nos interesan con el tratamiento que más nos seduce (Un problema nuestro será encontrar, entre los miles de libros que existen, aquellos que nos puedan interesar. Con frecuencia caerán en nuestras manos libros que nos aburran. Es el riesgo que corremos. Con la experiencia de lectores iremos desarrollando ese «instinto» que nos conducirá a las obras que nos transmiten lo que buscamos).

Quizá lo más interesante sea que cuestiones en las que hasta ahora no habíamos reparado empiecen a caer dentro del círculo de nuestros intereses. Sabemos que el mundo del niño es muy reducido; con el paso de los años, con las lecturas y con el estudio se va ampliando. Con los libros empezamos a acercarnos a temas, en principio poco atractivos, pero que, poco a poco, van atrayendo nuestra atención. En definitiva, podemos decir que con la Literatura ampliamos el campo de nuestros intereses culturales y alcanzamos un mayor grado de madurez intelectual.

 

7 - Para aquellos que se sientan más atraídos por lo personal, por los problemas más íntimos, les será de suma utilidad conocer a personas, en este caso escritores, de una gran riqueza interior y capaces de vivir fuertes pasiones. Por un lado, tenemos la Lírica, con la que podemos conocer y sentir las tristezas y los sueños de Bécquer expresados en las «Rimas», o el más fino sentimiento amoroso de Neruda en «Veinte poemas de amor y una canción desesperada». Los infinitos matices del amor los vamos descubriendo a través de nuestro propio enamoramiento y con obras como «La voz a ti debida» de P. Salinas.

Por otra parte, los mundos interiores de estas personas tan complejas, como son la mayoría de los escritores, se nos revelan a través de sus autobiografías. ¿Qué mejor manera de conocer a Juan Goytisolo que leer «Coto vedado» y «En los reinos de Taifas»? Aquí debemos hacer referencia a este género que llamamos diarios. ¡Cómo olvidar el conmovedor «Diario» de Ana Frank, o el «Diario de Zlata»!  Estos libros nos ayudan a orientarnos entre la inmensa muchedumbre que formamos los humanos. A través del conocimiento de los demás, nos conocemos a nosotros, conociendo las virtudes y defectos de los otros, reconoceremos nuestra valía y nuestras limitaciones. La Literatura nos ayuda en el análisis de nosotros mismos. Leyendo «Por el camino de Swan», es decir, conociendo la infancia de Marcel Proust, se nos aparecerá la nuestra, y reviviremos aquellas alegrías y tristezas infantiles que  teníamos olvidadas pero que permanecen indelebles en nuestro espíritu.

 

8 - Asimismo podemos señalar una serie de «utilidades» para el estudiante. Nadie tiene la menor duda de que para ampliar nuestro vocabulario lo mejor que podemos hacer es leer. La persona que se dedica al estudio está «obligada» a leer todo tipo de libros: historia, biología, astronomía, etc., etc. De este modo irá conformando un léxico amplio y variado. A estas lecturas hemos de añadir las literarias por la diversidad de léxico que nos aportan. El número de palabras que se emplea en las obras literarias es mucho mayor que el que encontramos en cualquier libro científico. La variedad de registros, lógicamente, también es mayor. Encontramos el lenguaje coloquial, el culto y hasta el vulgar, junto con infinidad de matices como el irónico, humorístico, sarcástico, etc. De la misma manera, la riqueza sintáctica es mayor. Con el conocimiento de la lengua vamos adquiriendo la habilidad de poder expresar los infinitos matices de la realidad.

El literato no sólo procura utilizar la lengua con correc­ción sino que «juega» con las palabras, se esfuerza por encontrar una expresión original o, al menos, muy personal. Huye de la monotonía, la repetición o la pobreza léxica. En resumen, para conocer bien una lengua (cosa que se exige al estudiante) hay que conocer su literatura, leer sus mejores obras. Esto sirve tanto para el conocimiento del castellano como para el aprendizaje de lenguas extranjeras. Para el estudio del inglés  o del francés es imprescindible la lectura de buenas obras escritas en esos idiomas.

 

9 - Íntimamente ligadas al conocimiento del vocabulario están las capacidades de comprensión y expresión. El estudiante necesita conocer perfectamente las estructuras expresivas de su lengua además del vocabulario con el que se enfrenta, es decir, un buen conocimiento del idioma. Una buena parte de alumnos con una inteligencia normal fracasan en sus estudios por un defectuoso conocimiento de la lengua.

La otra cara del estudio es la expresión. Una vez que hemos aprendido una materia hemos de ser capaces de expresar los conocimientos adquiridos. La expresión, unas veces será escrita y otras oral. Es obvio que el estudiante necesita dominar el arte de la escritura y poseer una buena capacidad de expresión oral. Son abundantes los exámenes escritos que reciben un suspenso a causa de una expresión incorrecta o inadecuada. Ocurre con frecuencia que en el papel del examen no aparecen explicadas las ideas que el alumno probablemente tiene en su mente. Se aprende a escribir escribiendo y leyendo a los que mejor escriben. No existe otro modo.

 

10 - Con la lectura, el estudiante desarrolla otras capacidades necesarias para toda persona que se dedica al mundo del estudio: la imaginación y la creatividad. Si para la vida normal todos necesitamos ser imaginativos, mucho más lo necesita el que se dedica al estudio. Estudiar es un proceso muy complejo formado por una larga serie de actividades: memorizar, reflexionar, analizar, deducir, sintetizar, relacionar, imaginar, crear, etc. No debemos olvidar que aprender no consiste únicamente en memorizar datos; decimos que hemos aprendido una materia cuando somos capaces de manejar los datos y conceptos estudiados para explicar una realidad nueva y llegar a unas conclusiones personales. Se aprende en la medida en que se amplían nuestros esquemas de pensamiento. Y no hay duda de que en este proceso mental la imaginación juega un papel primordial.

 

11 - Acabamos haciendo referencia a dos aficiones que se desarrollan leyendo: la primera es la afición a la lectura. Cuanto más leemos más disfrutamos leyendo. Primeramente hay que crear el hábito de la lectura, lograr familiarizarse con los libros, con la palabra escrita, para que leer no nos resulte una labor ingrata. Si no estamos habituados a la lectura, aunque nos interese un tema, nos será difícil permanecer ante el libro más de media hora. Es lo mismo que sucede con cualquier afición. Si no estamos acostumbrados a la bicicleta, por mucho que nos guste pedalear, en seguida nos sentiremos cansados. Una vez que nos hemos acostumbrado a los libros descubriremos que el placer de la lectura es cada vez más intenso. Y, de paso, veremos que una lectura nos lleva a otra: la lectura de «La historia interminable» nos puede encaminar a «El señor de los anillos» u otras lecturas tan fantásticas como los relatos de ciencia-ficción o los cuentos de Borges («Ficciones», «El Aleph»)

La otra afición, mucho menos extendida, pero quizá mucho más satisfactoria, es la escritura. El ser humano, cuando verdaderamente se siente feliz, es al actuar como creador.

Todos nos damos cuenta de que los niños se sienten profundamente satisfechos cuando descubren que han sido capaces de hacer un dibujo o de modelar cualquier figura de barro o madera. El ser humano, por naturaleza, es un creador, necesita crear. Su gran enemigo es la rutina, la monotonía, la repetición. El término creación hay que entenderlo en un sentido muy amplio. El campesino que decide qué árboles va a plantar y de qué manera los va a cuidar, probablemente esté realizando una actividad creadora. Aquel que se dedica a la alfarería o a la marquetería también está creando. La esencia de la creación reside más bien en la actitud ante  un trabajo que en el trabajo mismo. Diseñar jardines puede ser una ocupación sumamente rutinaria o inmensamente creativa.

Con todo, la creación más genuina es la artística. Por ello, cuando hablamos de creadores estamos pensando en pintores, escritores, cineastas, músicos, etc., los que se dedican a las distintas artes, es decir, a esas actividades que nos permiten construir todo un universo. El escritor crea un cosmos con sus personajes, sus problemas, sus objetos, sus relaciones, etc. Podremos considerarnos inmensamente afortunados si conseguimos ser capaces de crear un mundo personal y disfrutar con ello. Esta satisfacción es muy profunda. Una de las formas para llegar ahí es la de la lectura, conocer los caminos trazados por los grandes escritores. Nos lo recordaba Virginia Woolf: «Ser lector es el único camino para llegar a ser escritor».

Por otro lado, no debemos olvidar que la Literatura, por muy fantástica que sea, bajo esa apariencia de ficción, siempre nos habla del ser humano, de sus alegrías, frustraciones, obsesiones, temores, dudas, miedos, esperanzas...; nunca pierde la vinculación con el mundo real.  Como decía una escritora inglesa «La Literatura presenta jardines imaginarios con sapos reales».

Finalmente, hemos de saber que cualquier forma artística crea un ámbito mágico en el que se mezclan la realidad que vivimos con los ideales o las fantasías a que aspiramos. Recordemos a Freud: «El arte constituye un dominio intermedio entre la realidad que nos niega el cumplimiento de nuestros deseos y el mundo de la fantasía, que nos procura su satisfacción».

Cuando tenía doce años empecé a escribir mi primer libro, una novela de caballería. En ser escritora, sin embargo, no había pensado. No, yo me iba a ir a la mar, a ser capitán de un barco de vela y navegar por los mares del mundo. Así me imaginé yo la vida en mi juventud, pero, por supuesto, no era más que un sueño. Años después comencé a estudiar Filosofía e Historia. Más tarde me casé y tuve una hija. Esta niña necesitaba, como todos los niños, escuchar continuamente cuentos y relatos. Nos hacían falta cantidades de libros y las idas y venidas a librerías y bibliotecas eran constantes. Pronto empezamos, ella y yo, a imaginar e inventar nuestras propias historias. Poco a poco comencé a poner por escrito nuestras fantasías. Un buen día fui a una editorial con todo ello y, para nuestra sorpresa, se publicó.

Así comenzó todo, y ha continuado después sencillamente porque era muy divertido. No puedo dejarlo ya. Con el tiempo, el contenido de mis libros se ha ampliado. Hoy me atrevo a escribir sobre temas que al principio apenas creía que pudieran estar al alcance de los niños.

Yo nunca empiezo a escribir un libro hasta que tengo un tema, un problema, una intriga, un ambiente y al menos un personaje, tan nítido, tan cautivador e importante para mí que no puedo dejar de pensar en él.

María Gripe