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EL
NACIMIENTO DEL CINE. PRIMEROS EXPERIMENTOS
Tanto en
Estados Unidos como en Europa, se animaban imágenes dibujadas a mano
como forma de diversión, empleando dispositivos que se hicieron
populares en los salones de la clase media. Concretamente, se descubrió
que si 16 imágenes de un movimiento que transcurre en un segundo se
hacen pasar sucesivamente también en un segundo, la persistencia de la
visión las une y hace que se vean como una sola imagen en movimiento.
El zoótropo
que ha llegado hasta nuestros días consta de una serie de dibujos
impresos en sentido horizontal en bandas de papel colocadas en el
interior de un tambor giratorio montado sobre un eje; en la mitad del
cilindro, una serie de ranuras verticales, por las cuales se mira,
permiten que, al girar el aparato, se perciban las imágenes en
movimiento.
En aquellos
mismos años, William Henry Fox Talbot en el Reino Unido y Louis
Daguerre en Francia trabajaban en un nuevo descubrimiento que
posibilitaría el desarrollo del cinematógrafo: la fotografía, ya que
sin este invento previo no existiría el cine. Hacia 1852, las fotografías
comenzaron a sustituir a los dibujos en los artilugios para ver imágenes
animadas. A medida que la velocidad de las emulsiones fotográficas
aumentó, fue posible fotografiar un movimiento real en vez de poses
fijas de ese movimiento.
THOMAS ALVA
EDISON
Hasta 1890,
los científicos estaban interesados principalmente en el desarrollo de
la fotografía más que en el de la cinematografía. Esto cambió cuando
el antiguo inventor, y entonces ya industrial, Thomas Alva Edison
construyó el Black Maria, un laboratorio cerca de West Orange
(Nueva Jersey), que se convirtió en el lugar donde realizaba sus
experimentos sobre imágenes en movimiento y el primer estudio de cine
del mundo. Edison está considerado por algunos como el diseñador de la
primera máquina de cine, el kinetoscopio, pero en realidad ni fue él
el inventor ni el invento era propiamente una cámara de cine.
LOS
HERMANOS LUMIÈRE
Los
experimentos sobre la proyección de imágenes en movimiento visibles
para más de un espectador se estaban desarrollando simultáneamente en
Estados Unidos y en Europa; en Francia, a pesar de no contar con la gran
infraestructura industrial de Edison, los hermanos Louis y Auguste Lumière
llegaron al cinematógrafo, invento que era al tiempo cámara, copiadora
y proyector, y que es el primer aparato que se puede calificar auténticamente
de cine, por lo que la fecha de su presentación pública, el 28 de
diciembre de 1895, y el nombre de los inventores son los que han quedado
reconocidos universalmente como los iniciadores de la historia del cine.
Los hermanos Lumière produjeron además una serie de cortometrajes con
gran éxito, de género documental, en los que se mostraban diversos
elementos en movimiento: obreros saliendo de una fábrica, olas
rompiendo en la orilla del mar y un jardinero regando el césped. Uno de
sus cortometrajes más efectistas para demostrar las posibilidades del
nuevo invento fue el que mostraba a un tren correo avanzando hacia el
espectador, lo que causaba gran impresión en el público asistente.
PELÍCULAS
DE UNA BOBINA
En 1896 el
ilusionista francés Georges Méliès demostró que el cine no sólo
servía para grabar la realidad, sino que también podía recrearla o
falsearla. Con estas imaginativas premisas, hizo una serie de películas
que exploraban el potencial narrativo del nuevo medio, dando inicio al
cine de una sola bobina. En un estudio en las afueras de París, Méliès
rodó el primer gran filme puesto en escena cuya proyección duró cerca
de quince minutos: L'Affaire Dreyfus (El caso Dreyfus,
1899) y filmó Cendrillas (Cenicienta, 1900) en 20
escenas. Pero sobre todo a Méliès se le recuerda por sus ingeniosas
fantasías como Viaje a la luna (1902, en la que experimentaba
las posibilidades de los trucajes con la cámara de cine. Méliès
descubrió que deteniendo la cámara en mitad de una toma y recolocando
entonces los elementos de la escena antes de continuar podía, por
ejemplo, hacer desaparecer objetos. Del mismo modo, retrocediendo la película
unos cuantos centímetros y comenzando la siguiente toma encima de lo ya
filmado, lograba superposiciones, exposiciones dobles y disoluciones
(fundidos y encadenados, como elemento de transición entre distintas
escenas). Aunque hoy en día parecen poco más que curiosidades, son
precursores significativos de las técnicas y los estilos de un arte
entonces balbuceante.
El estilo
documentalista de los hermanos Lumière y las fantasías teatrales de
Méliès
se fundieron en las ficciones realistas del inventor estadounidense
Edwin S. Porter, a quien se le atribuye en ocasiones la paternidad del
cine de ficción. Trabajando en el estudio de Edison, Porter produjo la
primera película estadounidense interesante, Asalto y robo de un
tren, en 1903. Esta película, de 8 minutos, influyó de forma
decisiva en el desarrollo del cine porque incluía innovaciones como el
montaje de escenas filmadas en diferentes momentos y lugares para
componer una unidad narrativa. Al hacer esto, Porter inició el montaje,
uno de los fundamentos de la creación cinematográfica.
EL CINE MUDO. FORMACIÓN DE UN ARTE NUEVO
CINE MUDO ESTADOUNIDENSE
El
ejemplo, sobre todo de Italia, que en 1912 con 717 producciones era el
cine más potente del mundo, llevó a los productores estadounidenses a
la acción, viéndose obligados a hacer películas más largas, en las
que los directores tuvieran también una mayor libertad artística, y
los actores figuraran en los títulos de crédito, lo que hizo
indefectiblemente que algunos de éstos se convirtieran en los favoritos
del público. Como resultado, siguió un periodo de expansión económica
y artística en el cine de este país.
D. W. Griffith
El cineasta
más influyente del periodo mudo en la naciente industria estadounidense
fue el productor y director D. W. Griffith, que en 1908 desarrolló la
producción desde los estudios Biograph, en Nueva York, y
perfeccionó los elementos que hasta entonces se habían empleado para
hacer cine. Dio a los planos un sentido narrativo funcional, comenzándolos
sólo cuando había en la acción elementos significativos que mostrar,
y terminando en cuanto la acción concluía. También acercó la cámara
a los actores para conseguir más fuerza emocional, dando al primer
plano un sentido enfático y rompiendo con el tópico, hasta entonces
predominante en la industria, de que los espectadores no comprenderían
dos ojos o una mano llenando toda la pantalla. Griffith, además de
introducir estas novedades en la colocación de la cámara, hizo también
evolucionar la puesta en escena, y formó y dirigió su propia compañía
de actores hacia un modo de interpretación más naturalista (como por
otra parte requerían los planos más cercanos de los intérpretes). En
su escuela se formaron futuras estrellas como Mary Pickford, Lillian
Gish o Lionel Barrymore. Además, experimentó con cierta libertad con
la iluminación, los ángulos de cámara y el uso de filtros sobre los
objetivos para conseguir efectos únicos. Griffith también descompuso
las escenas en una serie de planos diferentes, midiendo la duración de
cada uno de ellos para conseguir una intensidad emocional creciente y un
ritmo antes desconocido en el cine. Con ello demostró que la base de la
expresión fílmica es el montaje, y que la unidad de montaje es el
plano, y no la escena.
En 1913
Griffith completó la que sería la primera de sus obras épicas: Judit
de Betulia, película de 4 bobinas que irritó a los ejecutivos de
la Biograph por su duración, por lo que no fue distribuida hasta
1914. Mientras tanto, Griffith había dejado la Biograph para
incorporarse a la Mutual de Hollywood y había comenzado a
trabajar en El nacimiento de una nación (1915), película de 12
bobinas considerada la primera obra maestra del cine. Aunque hoy resulte
ridícula por su tono reaccionario en defensa del Ku Klux Klan, en su día
emocionó a los espectadores, que llegaron a los cien millones, con la
mezcla experta de acción, combate y drama humano. Con los cuantiosos
beneficios de esta obra, Griffith emprendió un intento más
progresista, y también más atrevido formalmente, de retratar a través
de cuatro episodios históricos el fanatismo humano: Intolerancia
(1916). Esta obra le supuso, sin embargo, un fracaso comercial y la
ruina económica.
El traslado
a Hollywood
Entre 1915
y 1920 las grandes salas de cine proliferaron por todo el territorio de
Estados Unidos, mientras la industria se trasladaba de los alrededores
de Nueva York a Hollywood, pequeña localidad californiana junto a Los
Ángeles donde los productores independientes, como Thomas Harper Ince,
Cecil B. De Mille y Mack Sennett, construyeron sus propios estudios. Se
produjeron cientos de películas al año como respuesta a la creciente
demanda de las salas. La inmensa mayoría eran westerns, comedias de
tortazos y resbalones y elegantes melodramas, como el de Cecil B. De
Mille Macho y hembra (1919) protagonizado por Gloria
Swanson. Ince, por su parte, se especializó en la Guerra Civil estadounidense y
el lejano Oeste, sin concesiones al sentimentalismo, en los que destacó
el entonces popular vaquero William S. Hart.
Películas
cómicas mudas
Mack
Sennett llegó a ser entonces el rey de la comicidad, introduciendo en
la pantalla el estilo de los espectáculos de variedades, en una serie
de imaginativas películas protagonizadas por los famosos Keystone
Kops.
Su estilo en conjunto era nuevo, ya que fundía elementos del vodevil,
el circo, las tiras cómicas y la pantomima teatral, con un sentido del
ritmo en el que era un verdadero maestro. Sennett decía que un gag debía
plantearse, desarrollarse y completarse en menos de 30 metros de película
(que equivalen a menos de un minuto de proyección). Tenía un talento
especial para crear una atmósfera en la que el temperamento artístico
de cada cómico pudiera brillar. Sennet fue un gran descubridor de
talentos; entre los que trabajaron con él destacaron Marie Dressler,
Mabel Normand, Fatty Arbuckle, Gloria Swanson, Harold Lloyd, Wallace
Beery y un nuevo cómico británico cuyo nombre artístico era Charlie
Chaplin.
Chaplin era
un cómico genial cuyos trabajos darían brillo a la pantalla. Su sola
presencia era suficiente para asegurar el éxito comercial de una película.
Fue la primera estrella internacional y una leyenda viva desde su
juventud, rompiendo con cada nueva producción los récords de taquilla
anteriores. Su personaje del vagabundo Charlot mezclaba de una forma única
la comedia sentimental, la sátira social y el patetismo de la
naturaleza humana, convirtiéndose en un arquetipo universal. Este
personaje fue creciendo a lo largo de sus películas El vagabundo
(1915), Vida de perros (1918), El chico (1921) y La
quimera del oro (1925). Con la llegada del sonoro, los productores
se niegan a estrenar Luces de la ciudad (1931), pero él lo hace
por su propia cuenta y vuelve a romper todos los récords de taquilla,
éxito que repite con Tiempos modernos (1936), sátira contra la
automatización del trabajo, y El gran dictador (1940), primer
filme hablado de Chaplin, una oportuna burla de los dictadores de
aquella época que le trae, sin embargo, enemistades entre los sectores
más reaccionarios del poder estadounidense, obligándole a abandonar el
país en la década de 1950, cuando la 'caza de brujas' promovida por
McCarthy siembra la sospecha y la desconfianza hacia los cineastas
progresistas.
CINE MUDO
EUROPEO
En
Alemania, en la recién creada Unión Soviética y en Francia, las películas
alcanzaron una nueva significación artística, marcando el inicio de un
período que sería muy influyente en el desarrollo del medio.
Alemania y
Austria
Concluidos
los años diez, el gobierno alemán favoreció la creación de la UFA (Universum
Film Aktiengesellschaft), de donde surge el Expresionismo, cuyos
miembros rechazaban el realismo fotográfico para materializar el mundo
interior a través de las formas. El ambiente sobrenatural y de misterio
creados por los efectos de luz sitúan El estudiante de Praga
(1913) como un precedente.
El gabinete del doctor Caligari (1919), de Robert Wiene, en la
que los estilizados vestuarios y decorados se utilizaban para contar una
terrorífica historia que identifica la autoridad con la demencia y la
criminalidad, supuso la cumbre del Expresionismo. Una preocupación
similar por la estilización formal y por lo sobrenatural en los temas
(frente al prosaico realismo del cine estadounidense, que ha predominado
como el único estándar debido a su éxito comercial) se evidencia en
películas como El Golem (1920), de Paul Wegener y Henrik
Galeen,
Nosferatu, el vampiro (1922), una sinfonía de horror, de F. W.
Murnau, y Metrópolis (1927) de Fritz Lang, que trata de una
sociedad robótica controlada por un gran poder industrial en la que los
obreros están reducidos a la condición de esclavos. Cualquiera de
estas películas, y en especial las dos últimas, crearon escuela en el
cine comercial estadounidense con su temática, decorados e incluso
estilo de realización, como prueba el que los dos directores fueran
contratados por la industria de Hollywood para continuar su trabajo en
aquel país. Tras M, el vampiro de Dusseldorf (1931) y El
testamento del doctor Mabuse (1932), Fritz Lang huyó a Estados
Unidos. Murnau, tras el éxito de El último (1924), fue a
Hollywood para realizar Amanecer (1927).
A mediados
de la década de 1920, la capacidad técnica del cine alemán
sobrepasaba la de cualquier otro en el mundo. Los actores y los
directores recibían un apoyo casi ilimitado por parte del Estado, que
financió los mayores y mejor equipados estudios del mundo, los de la
UFA, de Berlín. Los estudios introspectivos, expresionistas de la vida
de las clases populares, conocidos como 'películas de la calle', se
caracterizaban por su dignidad, belleza y duración, además de
introducir grandes avances en el uso efectivo de la luz, los decorados y
la fotografía. Las películas alemanas fueron aclamadas universalmente
por la profundidad de las emociones que comunicaban y sus innovaciones técnicas.
Debido a la emigración de los mejores talentos alemanes, austriacos y,
en general, centroeuropeos, la producción de las películas decayó rápidamente
tras 1925, convirtiéndose en una industria más que intentaba imitar el
cine que se hacía en Hollywood.
La Unión
Soviética
Entre 1925
y 1930 apareció una serie de grandes películas soviéticas,
revolucionarias tanto en su temática como en su fuerza visual y los métodos
de realización empleados. La industria del cine soviética fue
nacionalizada en 1919 y puesta bajo el control del Comisariado del
Pueblo para la Propaganda y la Educación. Las películas de este
periodo mostraban la reciente historia soviética con una fuerza,
realismo y visión que era la antítesis del espíritu introspectivo
alemán. Los dos principales directores soviéticos, Serguei Mijailovich
Eisenstein y Vsievolod Iliarinovich Pudovkin, recibieron una fuerte
influencia de la obra de Griffith, sobre todo de Intolerancia y
su montaje, aspecto del nuevo arte que analizaron en detalle, formularon
teorías, depuraron y aplicaron hasta conseguir los más brillantes
logros en este campo de la historia del cine, con la concatenación rápida
de tomas separadas de gran fuerza visual capaces de dejar una fuerte
impresión en el espectador. Pudovkin dedicó sus esfuerzos a combatir
la injusticia social, hecho que vemos en La madre (1926), El
fin de San Petersburgo (1927) y Tempestad sobre Asia (1928)
El empleo más
espectacular de estas técnicas se puede apreciar en la obra de Eisenstein, El acorazado Potemkin (1925), en la que se relata el
motín de los marineros de un barco de guerra, hartos de recibir rancho
podrido, y la cálida recepción que las gentes de Odesa dan a los
rebeldes. En la célebre secuencia de las escaleras de Odesa, Eisenstein
lleva hasta el clímax los disparos de los soldados zaristas sobre la
muchedumbre con una serie de escenas rápidas, simultáneas, montadas de
forma alternativa, combinando la descripción general de la escena con
detalles significativos, como el descenso del cochecito de un niño que
rueda por unas interminables escaleras al haber sido alcanzada su madre,
o la imagen de una abuela tiroteada, o un estudiante retrocediendo
horrorizado mientras las tropas avanzan sobre el pueblo con la bayoneta
calada. El resultado final crea una emoción única, integrando toda la
serie de sucesos simultáneos.
El fin de San Petersburgo (1927), de Pudovkin, y Octubre
(1928), de Eisenstein conmemoran el décimo aniversario de la revolución
bolchevique desde distintos puntos de vista. Pudovkin narró la historia
del individuo como un héroe, una personificación de las masas. Para Eisenstein, por su parte, las masas por sí mismas son el héroe
protagonista. La trascendencia de Eisenstein se debe tanto a sus películas
como a su legado teórico. Sus teorías revolucionarias de montaje
continúan vigentes en la actualidad. Con el mismo propósito de servir
a la revolución rusa, Dziga Vertov fundó en 1922 el noticiario Kino-Pravda
(Cine-verdad). Mostraba imágenes desprovistas de todo artificio,
sin iluminación, maquillaje, decorados..., poniendo de relieve sus
postulados realistas (Cine-ojo).
Francia
Solamente
en Francia la industria cinematográfica tenía el vigor necesario como
para sobrevivir durante la etapa que siguió a la I Guerra Mundial sin
el apoyo del gobierno. El escritor, director y editor de revistas de
cine Louis Delluc fue un defensor ardiente del cine francés, que se
rodeó de creadores como Abel Gance, René Clair, Jean Epstein o
Germaine Dulac. Fue un grupo del que dependería mucho la supervivencia
del cine francés. La obra de Delluc, Fiebre (1921) era un
retrato impresionista de la vida de las clases populares, mientras que Un
sombrero de paja en Italia (1927), de Clair, es una deliciosa e
imaginativa comedia basada en una farsa popular del siglo XIX, y Napoleón
(1927), de Abel Gance, es una obra monumental e innovadora en cuanto a
la técnica: empleaba tres pantallas sobre las que se proyectaban
docenas de imágenes simultáneas.
Una de las
producciones francesas más destacadas de la década de 1920 es La
pasión de Juana de Arco (1928), del danés Carl Theodor Dreyer,
que, trabajando con un reparto y un equipo técnico internacionales,
mezcló lo mejor del cine escandinavo, alemán y soviético para hacer
un cine con un estilo propio, fluido y lleno de encanto, en el que forma
y contenido se fundían para conseguir una reverencia operística por el
resultado final. Esta película, junto con Amanecer (1927), película
estadounidense de Murnau, cierran el periodo más brillante del cine
mudo que daría paso al advenimiento del sonoro.
España
En España
los pioneros del nuevo arte empiezan a producir películas en 1896.
Eduardo Jimeno realiza Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza
(1896), al puro estilo de los hermanos Lumière. En Barcelona, Fructuoso
Gelabert realiza e interpreta Riña de café (1897), la primera
película española con argumento. El hotel fantástico (1905),
realizada por Segundo de Chomón, incorpora sobreimpresiones y otros
trucos que había utilizado en Francia Georges Méliès. Las productoras
más importantes de la época del cine mudo son Hispano Films, Films
Barcelona e Iris Films. Por lo general producían películas
basadas en acartonados dramas teatrales. El gobierno desdeña las
posibilidades del cine y ya en 1913 dicta la primera orden de censura.
La zarzuela, que suministra temas cinematográficos en la década de
1920, se convierte en todo un subgénero con títulos como La
revoltosa (1924) y Gigantes y cabezudos (1925), ambas de
Florián Rey. Su mayor éxito lo consiguió con La aldea maldita
(1929). Con la llegada del cine sonoro Benito Perojo realiza La
verbena de la Paloma (1935); y durante los años de la II República
es el director más afamado y cosmopolita, pues también trabajó como
guionista, actor y productor en Berlín, París y Hollywood. La película
más importante de la etapa del cine mudo fue Las Hurdes, tierra sin
pan (1932), de Luis Buñuel.
LA MADUREZ
DEL CINE MUDO
En los años
posteriores a la I Guerra Mundial, la industria cinematográfica se
convirtió en uno de los sectores principales de la industria
estadounidense, generando millones de dólares de beneficios a los
productores que tenían éxito. Las películas de este país se
internacionalizaron y dominaron el mercado mundial. Los autores europeos
más destacados fueron contratados por los estudios y sus técnicas se
asimilaron en Hollywood, que las adaptó a sus fines comerciales. El star
system floreció, y las películas utilizaron a las grandes
estrellas, entre otras a Rodolfo Valentino, John Barrymore, Greta Garbo,
Clara Bow y Norma Shearer, como principal atractivo para el público. El
periodo se caracterizó también por el intento de regular los valores
morales del cine a través de un código de censura interna, creado por
la propia industria de Hollywood en 1930 (el código Hays, bautizado así
por dirigirlo el político y moralista Will Hays). Este tipo de
instrumentos de control político moral persistieron hasta 1968 en
Estados Unidos.
En la década
de 1920 las películas estadounidenses comenzaron a tener una
sofisticación y una suavidad de estilo que sintetizaba lo que se había
aprendido de la experiencia. Los majestuosos westerns románticos, como El
caballo de hierro (1924), de John Ford, mostraban la economía y
maestría narrativas que marcarían la trayectoria de los directores clásicos
Frank Capra, William Wyler o George Stevens. Mientras, Cecil B. De Mille
trataba de enmascarar el erotismo de sus primeras comedias sexuales,
como El señorito Primavera (1921), tras la fachada bíblica de
espectáculos como Los diez mandamientos (1923) o El rey de
reyes (1927) en los que de hecho aparecían orgías y escenas de baño
con el menor pretexto.
Dos de los
directores más populares de la época, Ernst Lubitsch y Erich von
Stroheim, alemán el primero y austriaco el segundo, revelaron sus
sofisticados y diferentes comportamientos en la pantalla con sus
primeras obras en Hollywood. El primero abandonó los espectáculos que
había dirigido en su país para hacer comedias ligeras, románticas,
caracterizadas por la sencillez de sus decorados, elegancia de su técnica
y encanto personal. En Los peligros del flirt (1924) o La
locura del charlestón (1926) manejó con tanta habilidad el tema
sexual que lograba al mismo tiempo mostrarlo plenamente y resultar
aceptable para los censores. El trabajo de Von Stroheim, por su parte, más
duro y más europeo en su tono, es de una riqueza extravagante e incluso
en ocasiones melancólico, como en Esposas frívolas (1922), en
la que contrasta la inocencia estadounidense con la decadencia europea.
Su obra maestra sobre la codicia en la sociedad estadounidense, Avaricia
(1923), fue reducida por los ejecutivos del estudio de diez a dos horas.
La mayoría de lo cortado entonces se ha perdido, pero incluso en su
forma abreviada es considerada como una de las obras maestras del
realismo cinematográfico.
Las películas
cómicas conocieron una época dorada en la década de 1920. A Chaplin
se unieron otros dos cómicos, Harold Lloyd y Buster Keaton, a la cabeza
del género, ambos continuadores de la tradición de las películas cómicas
de payasadas, de una sola bobina. Durante este periodo, cada uno de
estos cómicos dispuso del tiempo y del apoyo económico necesarios para
desarrollar su estilo personal. Keaton nunca sonreía, y en películas
como El moderno Sherlock Holmes (1924), dirigida por él, hizo
contrastar su gesto impasible con los gags visuales basados en sus increíbles
facultades físicas. Harold Lloyd era un cómico temerario que jugaba a
menudo con la ley de la gravedad desde grandes alturas. Encarnaba al
chico ingenuo típicamente estadounidense, como en El estudiante
novato (1925), de Sam Taylor y Fred Newmeyer, en el que interpreta
al personaje débil que demuestra su valentía.
El
documental en la época del cine mudo
Las
primeras películas eran documentales, ya que se limitaban a mostrar
hechos que ocurrían en la calle: el terremoto de San Francisco en 1906,
el vuelo de los hermanos Wright en Francia en 1908 o la erupción del
volcán Etna en Sicilia en 1910 fueron sucesos filmados por cámaras de
cine que se incorporaban a alguno de los noticiarios Pathé, que
continuaron produciéndose hasta cerca de la década de 1950. Sin
embargo, una vez que las películas de ficción se hicieron populares,
las de hechos reales fueron casi totalmente abandonadas hasta la aparición
del documentalista Robert Flaherty a comienzos de la década de 1920.
Su obra Nanuk
el esquimal (1922), estudio de la vida de ese pueblo, poseía un
alto grado de acercamiento a la intimidad de los personajes, con los que
establecía un contacto cálido y que el cine documental mostraba por
primera vez. Aunque su trabajo posterior, especialmente Moana
(1926), terminada por el cineasta de ficción Murnau, y Hombres de Arán
(1934) fueran criticadas por lo que tenían de ficción, son obras
maestras del género, para el que consiguió el interés del gran público.
El documental llegó después a su cenit en Gran Bretaña.
EL CINE
SONORO
En 1926 la
productora Warner Brothers introdujo el primer sistema sonoro eficaz,
conocido como Vitaphone, consistente en la grabación de las bandas
sonoras musicales y los textos hablados en grandes discos que se
sincronizaban con la acción de la pantalla. En 1927, la Warner lanzó El
cantor de jazz, de Alan Crosland, la primera película sonora,
protagonizada por el showman de origen ruso Al Jolson, que alcanzó un
éxito inmediato e inesperado entre el público. Su eslogan, sacado del
texto de la película "aún no has oído nada", señaló el
final de la era muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había sido
superado por el Movietone, que grababa el sonido directamente en
la película, en un banda lateral. Este proceso, inventado por Lee de
Forest, se convirtió en el estándar. El cine sonoro pasó a ser un fenómeno
internacional de la noche a la mañana.
Las
primeras películas habladas
La transición
del cine mudo al sonoro fue tan rápida que muchas películas
distribuidas entre 1928 y 1929, que habían comenzado su proceso de
producción como mudas, fueron sonorizadas después para adecuarse a una
demanda apremiante. Los dueños de las salas se apresuraron también a
convertirlas en salas aptas para el sonoro, mientras se rodaban películas
en las que el sonoro se exhibía como novedad, adaptando obras
literarias e introduciendo extraños efectos sonoros a la primera
oportunidad. El público pronto se cansó de los diálogos monótonos y
de las situaciones estáticas de estas películas, en las que un grupo
de actores se situaba cerca de un micrófono fijo.
Tales
problemas se solucionaron en los inicios de la década de 1930, cuando
en varios países un grupo de directores de cine tuvieron la imaginación
necesaria para usar el nuevo medio de forma más creativa, liberando el
micrófono de su estatismo para restablecer un sentido fluido del cine y
descubrir las ventajas de la postsincronización (el doblaje, los
efectos sala y la sonorización en general que sigue al montaje), que
permitía la manipulación del sonido y de la música una vez rodada y
montada la película. En Hollywood, Lubitsch y King Vidor experimentaron
con el rodaje de largas secuencias sin sonido, añadiéndolo
posteriormente para resaltar la acción. Lubitsch lo hizo suavemente,
con la música, en El desfile del amor (1929), y Vidor con el
sonido ambiente para crear una atmósfera natural en Aleluya
(1929), un musical realista interpretado íntegramente por actores
afroamericanos cuya acción transcurre en el sur de Estados Unidos.
Los
guionistas Ben Hecht, Dudley Nichols y Robert Riskin comenzaron a
inventarse diálogos especialmente elaborados para la pantalla, a los
que se despojaba de todo lo que no fuera esencial para que sirvieran a
la acción en vez de estorbarla. El estilo periodístico rapidísimo que
Hecht preparó para Un gran reportaje (1931), de Lewis
Milestone,
contrasta con las ingeniosas réplicas que escribiría para la obra de Lubitsch, Una mujer para dos (1933).
Nichols, por su parte,
destacó por sus diálogos claros, sin ambigüedades, en películas como
María Estuardo (1936), de John Ford. Riskin se hizo famoso por
sus personajes familiares en las películas de Frank Capra, entre ellas Sucedió
una noche (1934), protagonizada por Claudette Colbert y Clark
Gable.
Con
la llegada del sonoro se consolidó el control de Hollywood sobre el
mercado mundial. Cinco grandes productoras dominaban la producción y la
distribución de películas en Estados Unidos, y eran: Paramount, Metro
Goldwyn Mayer, Twentieth Century Fox, Warner Bros y RKO. Eran las
dominantes en EE. UU. y en el resto del mundo. En la década de los
cuarenta la Paramount era la más poderosa y rentable. Le seguía la MGM
y la Twentieth. La RKO fue
la menos rentable y la de vida más corta entre los grandes estudios.
Películas
de gángsters, cine negro
Las películas de gángsters y musicales dominarían
la pantalla a comienzos de 1930. El éxito de Hampa dorada
(1930), de Mervyn Le Roy, hizo una estrella de Edward G.
Robinson. Películas
como El enemigo público número 1 (1934), de W. S. Van Dyke, o Scarface,
el terror del hampa (1932), de Howard Hawks, dieron dinamismo, vigor
y realismo a la pantalla El género se agota y renace bajo forma
diferente, cine negro, en los cuarenta. Estas películas comparten
ciertas características: visión pesimista de la naturaleza humana,
fatalismo, secuencias nocturnas, claroscuros. El protagonista es casi
siempre un solitario, a veces un detective privado con antecedentes
penales. La línea divisoria entre criminales y personas honestas tiende
a desdibujarse. También se ha comentado la misoginia de este género;
con frecuencia aparecen mujeres aprovechadas y codiciosas, que arrastran
al protagonista a su perdición. Destacan títulos como El halcón
Maltés (1941) de J. Huston, La sombra de una duda (1943) de
A. Hitchcock. Buena parte de ellas fueron realizadas por directores de
origen europeo: La mujer del cuadro y Perversidad
de F. Lang, Laura de Otto Preminger. La mayoría de estos
directores eran alemanes o austriacos, lo que explica la influencia del
expresionismo alemán sobre el cine negro. La segunda parte de la década
vería el apogeo del género: Forajidos (1946) de R. Siodmak, El
sueño eterno (1946) de H. Hawks, El cartero siempre llama dos
veces (1946) de Tay Garnett, Gilda (1946) de Charles
Vidor. Retorno
al pasado (1947) de J. Tourneur, La senda tenebrosa (1947) de
Delmer Daves. La dama de Shangai (1948) de Orson Welles. La
Vorágine (1949) de O. Preminger. El crepúsculo de los dioses (1950) de
Billy Wilder. El cine negro parece dar sus últimos coletazos en 1951.
En 1958 Orson Welles realizará la
última gran película negra, Sed de Mal.
El
musical
   |
| Fred Astaire
Cyd Charisse
Frank sinatra y Gene Kelly |
Con
El cantor de jazz (1927) aparece el sonoro, y con él el género
musical. El entusiasmo por esta clase de películas durante los primeros años
fue tal que provocó una gran abundancia de musicales, generalmente mediocres.
Desde 1930 se produjo un apreciable desinterés por el público. Sin embargo,
este género experimentó un nuevo auge en 1932 con La calle 42. En
este año se hubiera podido creer que la comedia musical era una forma efímera
ya agotada. Ya había pasado la atracción por la novedad, y la mayoría de
las películas no atraían el interés de los espectadores. Rouben Mamoulian
con Ámame esta noche (1932), un éxito excepcional,
aporta por primera vez un tratamiento creativo al cine musical.
La
renovación empezó de forma explosiva con La calle 42 (1933), que
renovó el género por la calidad del guión, las canciones y un nuevo estilo
introducido por Busby Berkeley. Desde ese momento lograrán gran éxito títulos
como Vampiresas (1933) o Desfile de candilejas (1933). Fue
importante para el género la aparición este mismo año de Fred Astaire
bailando con Joan Crawford y Ginger Rogers. Astaire aportó elegancia,
refinamiento y creatividad. Durante el resto de la década el género estuvo
dominado por la pareja Astaire-Rogers para la RKO con títulos tan
recordados como Sombrero de copa(1935), y por los musicales
coreografiados por B. Berkeley para la Warner (desde 1939 en la MGM). En 1935
La Metro contrató a Eleanor Powell, pero su gran descubrimiento fue el de
Judy Garland que rodó con catorce años Melodías de Broadway (1937),
y consiguió su gran triunfo con El mago de Oz (1939) de
Victor Fleming.
Los
años de la guerra (1939-45) supusieron un período de transición para el género.
Los mejores musicales seguían la tradición de la década de los treinta y
fueron muy populares a principios de los cuarenta con parejas como Mickey
Rooney-Judy Garland y Fred Astaire-Ginger Rogers. Grandes éxitos fueron Trece
días de amor y fe (1943) y Cita en St. Louis (1944) de Minnelli. Entre los
actores más taquilleros estaban Bing Crosby , Betty Grable, Betty Hutton,
Alice Faye y “la bomba brasileña” Carmen Miranda. En estas películas la
música y las canciones eran más abundantes que la danza.
El
realizador Vincente Minnelli llegó a la MGM en 1940, el coreógrafo Robert
Alton se incorporó en 1946, Fred Astaire fue contratado en 1945. Durante la
segunda mitad de la década la mayoría de los talentos musicales estaba
contratada en la Metro, estrellas como Jane Powell, Frank Sinatra, Esther
Williams, Cyd Charisse, etc. con títulos como Escuela de sirenas
(1944), Levando anclas (1945), Un día en Nueva York (1949)
En
los años cincuenta hubo una renovación del género en los temas, lugares y
ambientes. Se incrementa la importancia de la danza. Se rodaron grandes títulos
como Un americano en París (1951), Bodas reales (1951), Cantando bajo la lluvia
(1952), la cumbre del musical, Melodías de Broadway (1953), Brigadoon
(1954), Siete novias para siete hermanos (1954). Destacan como
bailarines y directores Stanley Donen y Gene Kelly. Rouben
Mamoulian rodó La bella de Moscú (1957) con música den Cole
Porter, y protagonizada por
Fred Astaire
y Cyd Charisse A finales de la década el
género musical decae estrepitosamente; acaba la época dorada del musical.
Los
sesenta inician una etapa nueva. La cultura pop llega a este género. Richard
Lester rodará ¡Qué noche la de aquel día! (1964), con los Beatles.
George Cukor rueda la gran producción My fair lady (1964) con Audrey
Hepburn. Robert Wise dirige Sonrisas y lágrimas (1965); Robert
Stevenson, Mary Poppins (1964), ambas protagonizadas por Julie
Andrews.
El musical más famoso de la década será
West side story (1961), de Robert Wise, con la coreografía de
Jerome Robbins y la música de Leonard Berstein. Otro título importante de la
década es Oliver (1968), de Carol Reed.
En
los setenta el musical se nutre de obras estrenadas con éxito en Broadway.
Bob Fosse es la gran figura y Cabaret (1972) su gran obra, con Liza
Minelli de protagonista. Otros títulos de éxito fueron El violinista en
el tejado (1971) de Norman Jewison, Fiebre del sábado noche (1977)
y Grease (1978).
Los años ochenta son ya la
decadencia del género. Apenas destaca Fama (1980) de Alan
Parker.
Últimamente encontramos Evita (1996), Moulin rouge (2001),
Chicago (2002), El fantasma de la ópera (2004).
El
western
Como género nació cuando
algunos de los personajes reales que aparecen en tantas películas
estaban aún vivos (Búfalo Bill, Frank James, Wyatt Earp, Butch Cassidy,
etc.). En 1903 se rueda el primer western de cierta envergadura, Asalto y robo de un tren, de Edwin S. Porter. Durante décadas fue el género
americano. Su declive empezó cuando los clásicos se hicieron viejos.
Ya en la época del cine mudo se
hicieron grandes inversiones en títulos como La caravana de Oregón
(1923) o El caballo de hierro (1924). Con la llegada del sonoro, La
diligencia (1939), de John Ford, marca un punto y aparte.
Con ella Ford contribuyó a devolverle el
prestigio que tuvo en la década anterior.
Hasta ese año se realizan pocos westerns de calidad. La mayoría hacían
un uso sistemático de
decorados de estudio y de transparencias que acentuaban la poca
credibilidad de guiones mediocres. A principios de la década de los
cuarenta destaca la obra maestra Murieron con las botas puestas
(1940) de Raoul Walsh. Tras la
segunda guerra mundial encontramos algunos de los grandes títulos: Pasión
de los fuertes (1946) y Fort Apache (1948, de Ford; Duelo
al sol (1947), de Vidor; Río Rojo (1948), de Hawks
o Winchester
73 (1950), de Mann. En los cincuenta llegó el western
proindio con títulos como Flecha rota (1950), de Delmer
Davis. Grandes estrellas son los protagonistas de estas películas:
James Stewart, Gary Cooper, Burt Lancaster, Kirk Douglas, John Wayne...
En 1952 Sólo ante el peligro de
Fred
Zinnemann consigue un gran éxito, lo que da más prestigio al género. Raíces
profundas (1953) de George Stevens es recibida de modo similar.
Otros títulos notables son Apache (1954) de Robert Aldrich, Centauros
del desierto (1956) de John
Ford, El hombre del oeste
(1958) de A. Mann,
El árbol
del ahorcado (1959) de D.
Daves, y algunas grandes obras más. Esta edad de oro se prolonga hasta
el final de la década. Mann rueda Cimarrón, su último western, en 1960.
Los años sesenta son ya de decadencia, aunque se hicieron grandes películas
como El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o El gran combate
(1964),
ambas de Ford. Sam Peckinpah con Duelo en la alta sierra (1962) y
David Miller con Los valientes andan solos (1962), perfilan los
elementos esenciales del western crepuscular, el desclasamiento
de unos valores y la progresiva desaparición de los símbolos del cine
del Oeste. Desde Europa lo remataron los Spaguetti-western, con zooms inesperados, primeros
planos sin razón o músicas caricaturescas. De todos modos hay que
salvar a Sergio Leone (Por un puñado de dólares (1964) , La
muerte tenía un precio (1965)
y El bueno, el feo y el malo (1966)) y al compositor Ennio
Morricone, a los que imitarán una legión de directores y compositores
secundarios.
El
cine
de terror y el de ciencia ficción
Este
género existía ya antes de 1930 (año de Drácula,
interpretado por Bela
Lugosi).
La mayor parte de las películas de terror rodadas a partir de 1930 pueden
describirse como películas
de monstruos. Se puede decir
que este cine es una creación del sonoro. James Whale rodó para la
Universal La novia de
Frankenstein (1935), la mejor
sobre este monstruo. En 1932 aparecen títulos tan espléndidos como La momia, con Boris
Karloff, o El doble asesinato
de la calle Morgue de J.
Whale. También hay que citar la inclasificable, sorprendente y con
“monstruos” reales Freaks
(la parada de los monstruos)
de Tod Browning. Después siguieron títulos como King
Kong, El hombre invisible, El gato negro...
En
los años cuarenta nos encontramos con El hombre lobo (1941), La mansión de Drácula
(1945)...
El
cine de ciencia ficción no aparece en Hollywood hasta 1950. Destacan
obras como Con destino a la
Luna (1950), Ultimátum a la Tierra (1951) de R. Wise, La guerra de los
mundos (1953),
Planeta prohibido
(1956), La invasión de los
ladrones de cuerpos (1956) de
Don Siegel.
Los
años de la caza de brujas
El
auge de liberalismo político de los años de Roosevelt había
favorecido la aparición de un sector crítico y progresista. Con la
entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, este estado de
cosas dejó paso a una opinión emergente que cuestionaba abiertamente
un sistema que ya no era capaz de devolverles la esperanza.
Casablanca
(1942), rodada durante la guerra, se oponía al fascismo, al igual
que otras películas realizadas durante esos años, como El gran
dictador (1940), Ser o no ser (1942) o Náufragos (1944). En
1945 Billy Wilder realizaba Días sin huella, amargo drama sobre
el tormento de un alcohólico, y obtenía el Oscar al mejor director. Un
año después lo recibía William Wyler con
Los mejores años
de nuestra vida (1946), drama que reflejaba con amargura el regreso
de los héroes de guerra a un país que no había contado con su
reintegración social. Como reacción a esta ola crítica que vivía
Hollywood, desde 1947 el Comité de Actividades Antiamericanas, con el
impulso posterior del senador Joseph MeCarthy, pretendió eliminar todos
los brotes supuestamente comunistas que concurrían en la industria.
Muchos se vieron afectados por esta medida. Los cineastas que comenzaban
a despuntar en esos años continuaron la senda abierta por sus
predecesores, pero ahora con funestas consecuencias. Directores
– Joseph Losey, Nicholas Ray, Robert Rossen, Mark Robson, John
Houston, Elia Kazan, Richard Brooks, Edward Dmytryk – y actores –
Humphrey Bogart, Sterling Hayden, Lauren Bacall, Ava Gardner, Montgomery
Clift – se veían afectados por dicho Comité. El año en el
que éste comenzó a investigar seriamente en la industria, Dmytryk
denunciaba el odio antisemita en Encrucijada de odios, Rossen en Cuerpo
y alma (1947) y, dos años después, Robson en El ídolo de barro
(1949), atacaban la corrupción existente en el mundo del boxeo. Los
protagonistas de Ellos viven de noche (1947), ópera prima de
Nicholas Ray, eran dos jóvenes asesinos enamorados con los que el
espectador se identificaba. Rebelde sin causa (1955), dirigida
por Ray, se convirtió en símbolo de esta generación. Su protagonista,
James Dean, acorde con los nuevos tiempos, cambiaba el prototipo de héroe
y se adentraba en la estela de los perdedores. Ese mismo estilo
caracterizaba a Marlon Brando en La ley del silencio (1954), y a
Marilyn Monroe en Niágara (1953). Con el firme propósito de
cortar las convicciones izquierdistas de la cultura estadounidense, el
HUAC sentó en el banquillo a los intelectuales dudosos. Un grupo de
cineastas, como Dmytryk o el guionista Dalton Trumbo, se negaron a
declarar, y a consecuencia de ello se les prohibió trabajar en el país
(además de la condena a un año de prisión y 1000 dólares de multa).
Otros, como Elia Kazan o Robert Rossen, aterrados con la cárcel y la pérdida
del empleo, delataron a sus compañeros.
Fred
Zinnemann en Solo ante el peligro (1952) y Nicholas Ray en Johnny
Guitar (1953), en clave de western y con la participación de
grandes estrellas -Gary Cooper y Grace Kelly, en el primero;
Joan
Crawford y Sterling Hayden en el segundo-, construían una parábola
sobre el clima de miedo y delación que se había sembrado. Con la caída
del senador Mc Carthy se suavizó el clima de histeria.
La producción
europea
La producción
del centro y del este de Europa fue esporádica en el periodo previo a
la II Guerra Mundial, reduciéndose en Alemania a películas de
propaganda nazi como el documental Triumph des Willens (Triunfo
de la voluntad, 1934), de Leni Riefenstahl, celebración de la
concentración anual del partido nacionalsocialista alemán en la ciudad
de Nuremberg. En la Unión Soviética, el documental se centró en
recreaciones de ópera y ballets demasiado estáticas y elaboradas, con
la excepción de dos excelentes películas de Eisenstein por su montaje
y por sus innovaciones visuales: Alexander Nevski (1938) e Iván
el Terrible (1944-1948). En Francia, sin embargo, el cine alcanzó
uno de sus mejores momentos con el realismo poético de Marcel Carné y
las películas de Jean Renoir. Jean Vigo insufló de una enorme fuerza
poética a la imagen con ejemplos como Cero en conducta (1933) o L'Atalante
(1934). A pesar de la caótica industria francesa, especialmente durante
la guerra, la actividad creadora no cesó y Marcel Carné, incluso
durante la ocupación nazi, realizaría la obra maestra Les enfants
du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de más de tres
horas de duración, empleando cientos de extras en una alegoría teatral
estilizada del amor y la muerte.
Desarrollo
del cine en color
Los
experimentos con película de color habían comenzado ya en 1906, pero sólo
se había usado como curiosidad. Los sistemas ensayados, como el
Technicolor de dos colores, fueron decepcionantes y fracasaban en el
intento de entusiasmar al público. Pero hacia 1933 el Technicolor se
había perfeccionado, con un sistema de tres colores comercializable,
empleado por vez primera en la película La feria de la vanidad
(1935), de Rouben Mamoulian, adaptación de la novela de William M.
Thackeray. La popularidad del color aumentó, y durante la década de
1940 se empleó sobre todo en una serie de musicales clásicos de la MGM
(Metro Goldwyn Mayer), entre los que destaca Easter Parade (Desfile
de Pascua, 1948), de Charles Walters. En la década de 1950 el uso
del color se generalizó tanto que prácticamente el blanco y negro quedó
relegado para películas de bajo presupuesto que buscaban un realismo
sereno, como Marty (1955) de Delbert Mann, sobre las aspiraciones
de un carnicero del Bronx, o El hombre del brazo de oro (1955),
de Otto Preminger, en la que se contaba la historia de un drogadicto. A
partir de la década de 1960, el blanco y negro quedó para crear
efectos especiales en películas como Psicosis (1960) de
Hitchcock, o La última película (1971), de Peter Bogdanovich. Más
recientemente, lo hemos podido ver casi siempre en películas con
pretensiones artísticas, como El hombre elefante (1980), de
David Lynch, Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese, La ley
de la calle (1983), de Francis Ford Coppola, o Zelig (1983),
de Woody Allen.
El formato
panorámico
En 1953, la
Twentieth Century Fox estrenó su película bíblica La túnica
sagrada, de Henry Koster, en un sistema nuevo denominado CinemaScope,
que inició la revolución de los formatos panorámicos. En una sucesión
rápida, todos los estudios lanzaron sus sistemas panorámicos, tales
como el Vistavisión, Todd-AO, Panavisión, SuperScope y
Technirama. De todos ellos sólo el Todd-AO y el Panavisión
sobrevivirían, ya que suponían el uso de una sola cámara, un solo
proyector y película estándar de 35 mm, adaptándose más fácilmente
a todos los sistemas; su éxito cambió definitivamente la forma de las
pantallas de cine. Musicales a todo color, en pantallas anchas y
plagados de estrellas, como Ha nacido una estrella (1954), de
George Cukor, u Oklahoma (1955), de Fred Zinnemann,
superproducciones históricas como Ben-Hur (1959), de William
Wyler, y películas de aventuras como Rebelión a bordo (1962),
de Lewis Milestone, o Doctor Zhivago (1965), de David
Lean,
llenarían las pantallas de cine.
EL CINE
TRAS LA 2ª GUERRA MUNDIAL
El declive del sistema de los
grandes estudios
A pesar del
éxito de los espectaculares formatos panorámicos, la popularidad y la
influencia de Hollywood decayó entre las décadas de 1950 y 1960. Los
estudios se desprendieron de las salas de exhibición y de otras
empresas asociadas y vendieron películas en un mercado más abierto y más
competitivo. El star system, en el que los estudios habían invertido
millones de dólares, se acababa. Los intérpretes, libres para actuar
con independencia de los grandes estudios, exigieron impresionantes
sueldos y un porcentaje de los ingresos de sus películas. Hacia 1959,
la producción estadounidense había decrecido hasta 250 películas al año,
lo que representaba la mitad de la producción realizada durante la
guerra. Las películas europeas y asiáticas (japonesas,
principalmente), aunque confinadas a las salas de arte y ensayo, se
convirtieron en algo corriente para el espectador estadounidense. En
1946, había menos de una docena de salas de arte y ensayo en todo el país,
mientras que en 1960 sobrepasaban el millar. Comenzaron a proliferar por
todo el mundo los festivales de cine, en los que se mostraba el trabajo
de directores cuya obra antes de 1950 era muy poco conocida fuera de sus
países de origen.
Neorrealismo
italiano
A finales
de la década de 1940, en Italia, el cine experimentó un renacimiento
con la aparición del Neorrealismo italiano, un movimiento
cinematográfico que captó la atención mundial y dio a conocer al gran
público a varios de los principales directores italianos. Siguiendo las
ideas del cine-ojo
de Dziga Vertov, las imágenes naturalistas de Renoir y el realismo
negro francés, los neorrealistas hacían un cine de un realismo
intenso, rodado en escenarios naturales y con actores no profesionales,
uniendo el documental y la ficción para mostrar los problemas de la
sociedad. Este movimiento se inició con Roma, ciudad abierta
(1945) de Roberto Rossellini, principal artífice del movimiento junto
con Vittorio de Sica, Luchino Visconti y Giuseppe de Santis. Roma,
ciudad abierta lograba transmitir una profundidad de emociones
nuevas para el público en la descripción de la ocupación nazi de Roma
y la resistencia del pueblo italiano. Vittorio de Sica, junto a su
habitual guionista, Cesare Zavattini, retrató la miseria y el
desarraigo social en El limpiabotas (1946) y, especialmente, en Ladrón
de bicicletas (1948), rodada por entero en las calles de Milán, que
reflejaba la dura realidad de la posguerra italiana, y consiguió fama
internacional. Visconti, autor de obras como Rocco y sus hermanos,
partía de unos planteamientos más estéticos introduciendo un aliento
poético en la realidad, como en el documental La terra trema
(1947). Giuseppe de Santis dirigió Arroz amargo (1949) (que
consagró como actriz a Silvana Mangano), un sensual drama sobre la
recolección del arroz por mujeres.
En la década
de los cincuenta el Neorrealismo fue perdiendo fuerza. El cine
italiano, más amable y vital, fue derivando hacia la comedia social: Pan,
amor y fantasía (1953), de Luigi Comencini; Rufufú (1958),
de Mario Monicelli; Divorcio a la italiana (1961), de Pietro
Germi; La escapada (1962), de Dino Risi.
Pier Paolo
Pasolini rodó El evangelio según San Mateo (1964), entre otras,
siguiendo la tradición neorrealista pura, mientras que Federico
Fellini,
que había participado en los inicios del movimiento, le dio un estilo más
poético, como muestra La strada (1954), ensayo sobre la soledad
mostrada a través de las figuras de dos cómicos ambulantes, o la sátira
de la decadente clase alta italiana de La dolce vita (1960), para
llegar en fases posteriores de su obra a la fantasía más personal de
Fellini, Ocho y medio (1963) o Giulietta de los espíritus
(1965). También uno de los más polémicos directores de la década de
1960, Michelangelo Antonioni, emergió del movimiento neorrealista, como
se puede percibir en Crónica de un amor (1950), La aventura
(1960) o El desierto rojo (1964). Tanto en esta película de Antonioni, como en Giulietta de los espíritus de
Fellini, se
pone de manifiesto el dominio del color por parte de estos dos
directores, que habían rodado hasta entonces en blanco y negro.
En los años
setenta el cine italiano cambió hacia un constante debate sobre la
situación política. Francesco Rosi rodó El caso Matei (1972)).
Padre padrone (1977), de los hermanos Taviani, era un feroz
ataque a la tiranía de un patrón. Ettore Scola, autor de Una mujer
y tres hombres (1974), Brutos, sucios y malos (1975), Una
jornada particular (1977), La sala de baile (1983) y Macarroni
(1985)Pero el cineasta más influyente de este período fue Bernardo
Bertolucci, autor de El conformista (1971) y, sobre todo, Novecento (1976), una de las obras maestras del cine.
Los viejos cineastas que comenzaron con el Neorrealismo cambiaron sus
planteamientos estéticos. El toque lírico de Visconti lo encontramos
en Muerte en Venecia (1971). El peculiar universo de Fellini,
entre lo fantástico y lo onírico, lo vemos en Roma (1972) y Amarcord
(1973). Antonioni seguía profundizando en el lenguaje cinematográfico
como medio para mostrar la incomunicación y el silencio en Blow-up
(1967) y El reportero (1974). El carácter esperpéntico de Marco
Ferreri fue llevado hasta sus últimas consecuencias en La grande
bouffe (1973). Pasolini insistía en las relaciones entre sexo y
poder en El Decamerón (11971) y la espeluznante Saló
(1975).
En la década
de 1980 surgió un movimiento de renovación que trajo nuevos aires al
cine italiano. El melancólico Giuseppe Tornatore obtuvo un gran éxito
con Cinema Paradiso (1989). Otros directores son Nanni
Moretti,
autor de Querido diario (1993), donde mezcla la ficción cómica
y el documental, y Roberto
Benigni, ganador del Oscar a la mejor película extranjera por La
vida es bella (1997).
La
Nouvelle
vague francesa
Francia
continuó dominando el mercado mundial del cine artístico en las décadas
de los años 1950 y 1960, produciendo cineastas muy independientes que
experimentaron diversos modos de expresión. Así, Jacques Tati hizo
comedias muy personales, reviviendo la pantomima ligera con Las
vacaciones de Monsieur Hulot (1953) o Mi tío (1958), entre
otras. Con menos éxito comercial, pero con el aprecio de los críticos
(que eran los cineastas de su propio grupo), irrumpen en 1958 los
directores de la llamada Nouvelle
vague (François Trufaut,
Jean Luc Godard, Claude Chabrol, Louis Malle, Eric Rohmer, Alain Resnais...),
inspirados entre otros por Robert Bresson, con Diario de un cura de
campaña (1950), películas introspectivas y sobrias, con una
fotografía sencilla y producidas con muy bajos presupuestos, en las que
se muestra un punto de vista agudo y minucioso del mundo a través de
planos medios constantes, lo que les confiere un aire literario o
teatral. Además de esta influencia francesa, los jóvenes de la Nouvelle
vague se inspiraron en el cine comercial estadounidense de Howard
Hawks, Alfred Hitchcock y John Ford, partiendo de su experiencia como
espectadores y críticos cinematográficos agrupados en la revista Cahiers
du Cinéma, desde la que expusieron su teoría de quién es el
verdadero autor: en el cine es solamente el director, cuya personalidad
queda grabada en la película a pesar de las presiones de los estudios o
las influencias exteriores de cualquier otro tipo.
Empieza
Claude Chabrol con El bello Sergio (1958), rodada con un
presupuesto mínimo y actores desconocidos.. Los primeros representantes
de esta corriente, François Truffaut, Jean-Luc Godard y Alain
Resnais,
hicieron películas sobre la vida contemporánea francesa entre 1958 y
1959, apoyados por los espectadores de su generación y por una
industria insegura en lo financiero, deseosa de que alguien se atreviera
a hacer películas comercialmente rentables de bajo presupuesto de
producción. Truffaut, admirador de Hitchcock, se dedicó a hacer películas
realistas de tono autobiográfico. Así surgieron Los cuatrocientos
golpes (1959), reconocida en el festival de Cannes, El amor a los
veinte años (1962), Besos robados (1968), serie que la crítica
aprecia y que se continúa con Domicilio conyugal (1970) y L'amour
en fuite (El amor en fuga, 1978). En ellas, como en Jules
y Jim (1961) y en Disparad al pianista (1960) trata de la
libertad en una sociedad restrictiva. Además Truffaut hizo otras películas,
menos en la línea de la Nouvelle vague, como El pequeño
salvaje (1970) o Fahrenheit 451 (1966). Las películas de Resnais, en especial Hiroshima, mi amor (1959) y El año
pasado en Marienbad (1961), son paradigmas del cine intimista, en el
que se trata de que la voz y las imágenes reflejen con su
distanciamiento la lucha -que constituye la vida- entre la distancia
emocional y las relaciones con los otros, lucha en la que la distancia
suele salir vencedora. Empleando abstracciones estilísticas e
intelectuales, y técnicas de montaje distorsionadoras de forma
deliberada, Resnais plantea preguntas sobre la cualidad y las
consecuencias del tiempo y la memoria, y su relación con las emociones
humanas.
El más
experimental de los directores del movimiento fue Jean-Luc Godard, cuya
primera película, Al final de la escapada (1959), ganadora del
Oso de Plata de Berlín y protagonizada por Jean-Paul Belmondo, es un
hermoso homenaje a las películas de gángsters estadounidenses, pero
desde una perspectiva europea. Los asuntos tratados por este director
han sido de lo más variopinto, desde una serie de retratos más o menos
autobiográficos de su entonces esposa, como Vivir su vida
(1962), hasta la comedia sexual y política de Masculin-féminin
(1966), pasando por experimentaciones con el tiempo y el espacio,
moviendo la cámara con libertad y permitiendo a sus actores la
improvisación a voluntad. En Week-end (1967) hace un amargo
estudio de la sociedad contemporánea a través de las peripecias de las
víctimas de un accidente de automóvil, que vagan por las autopistas,
discutiendo sobre la vida, sobre su propia vida, con personajes
literarios y de cine que se cruzan en su camino, conectando pasado,
presente y futuro. Después de ésta sus películas se volvieron menos
accesibles para el gran público, politizándose decididamente, como en Todo
va bien (1972), protagonizada por Jane Fonda.
A pesar de
las grandes diferencias que a veces había entre ellos, lo que unió a
todos fue la reivindicación del cine como lenguaje autónomo y el
anteponer siempre la libertad creadora a toda exigencia comercial.
En los años
setenta los cineastas de la Nouvelle vague siguen dando muestras
de talento, como Truffaut con La noche americana (1974); Louis
Malle, que en Lacombe Lucien (1974) hace un impecable análisis
de la Francia pronazi; Chabrol indaga en el género policíaco con El
carnicero (1970). Godard provocó un escándalo con Yo te saludo,
María (1985).
En los últimos
años encontramos películas tan interesantes como Gracias por el
chocolate (2000), de Chabrol; y Hoy empieza todo (1999), de
B. Tavernier.
El cine
británico. El Free cinema
Paralelamente
a la Nouvelle vague, en Gran Bretaña los jóvenes cineastas sentían
un deseo de renovación y vuelta a la realidad. Tampoco querían grandes
temas ni glamour. La vida estaba en la gente de la calle. En esto
coinciden con sus coetáneos franceses. Pero los cineastas del Free
cinema estaban más próximos a la realidad y reivindicaban cambios
sociales concretos; rechazaban el conformismo y la hipocresía de la
tradición monárquica inglesa. Un lugar en la cumbre (1959), de
Jack Clayton, marcó el inicio de una serie de películas realistas
cuyos argumentos analizaban los problemas de la clase trabajadora
inglesa. Esta película se presentó con gran revuelo en el festival de
Cannes y marcó el inicio del movimiento. Cuenta la historia de un
hombre que no duda en
pisotear a quien sea con tal de lograr sus propósitos. Los siguientes
filmes seguirán insistiendo en esta línea intempestiva: Un sabor a
miel (1961) y La soledad del corredor de fondo (1962), de
Tony Richardson, o Sábado noche, domingo mañana (1960), de
Karel Reisz, cuyos protagonistas no encuentran sitio en la sociedad.
Junto al pesimismo de El ingenuo salvaje (1963) o If
(1969) de Linsay Anderson, encontramos una vertiente irónica y
divertida en Richard Lester, que hizo con Los Beatles ¡Qué noche la
de aquel día! (1964) y ¡Help! (1965). Los actores británicos
e irlandeses, como Julie Christie, Albert Finney, Glenda Jackson,
Richard Harris, Peter O'Toole, Alec Guinness o Vanessa Redgrave se
hicieron muy populares.
En este
ambiente se formó Ken Loach, que con Cathy come home (1966)
abordaba el problema de los sin techo.
El nuevo
cine alemán
A finales
de los años cincuenta, la industria cinematográfica alemana estaba en
completo declive. Ya antes de la guerra, cientos de cineastas y técnicos
habían emigrado a Hollywood huyendo del nazismo. Algún tiempo después
de la eclosión de la Nouvelle vague francesa, surgió en
Alemania en 1962 un grupo de cineastas jóvenes que firmaron el Manifiesto
de Oberhausen y que compartían
un punto de vista crítico sobre la sociedad de su tiempo, rechazando de
plano el complaciente materialismo burgués. Volker Schlöndorff rodó El
joven Törless (1966), El honor perdido de Katharina Bloom
(1975) y El tambor de hojalata (1979).
La estela de estos primeros cineastas será continuada
por Werner Herzog, artista de la soledad y la incomunicación,
que haría, a través de paisajes impresionantes y personajes exóticos,
una reflexión sobre la vida en condiciones difíciles y peligrosas,
como en su película más conocida, Aguirre, la cólera de Dios
(1972), sobre el conquistador español Lope de Aguirre, que en el siglo
XVI y en pleno Amazonas se declaró rebelde al rey Felipe II,
pretendiendo, perdido y famélico, dominar un continente entero. Wim
Wenders, por su parte, ha tratado sobre la alienación y la
autorrealización en El amigo americano (1977), París, Texas (1984)
o Cielo sobre Berlín (1987), películas que muestran también su
interés por la cultura estadounidense. De una generación posterior es
la directora Doris Dörrie, autora de comedias como la popular Hombres,
hombres... (1985), que tiene como tema central la lucha de sexos, y Sabiduría
garantizada (2000).
Pero el más
prolífico (38 largometrajes) y el más destacado de estos cineastas,
pese a su temprana desaparición cuando sólo tenía 36 años, fue
Rainer Werner Fassbinder, que llevó el cine alemán al nivel de los
mejores cines europeos, haciendo, en sólo 12 años, desde el cine más
clásico y accesible para el gran público, como Lili Marlen (1981),
hasta el más experimental y provocador, como Querelle (1982),
pasando por sus cuadros sobre la Alemania de la posguerra con El
matrimonio de María Braun (1978), Las amargas lágrimas de Petra
von Kant (1972) o Todos nos llamamos Alí (1973), emotiva
reflexión sobre el racismo. En todas sus películas trató temas de
implacable actualidad, como la alienación, el consumismo, la
desigualdad económica, la colonización cultural y el racismo o la
opresión política.
El cine
español
La aparición
del cine sonoro provoca desorientación en la industria cinematográfica
española, que, incapaz de adaptarse con rapidez a los adelantos técnicos,
queda por un tiempo paralizada. Se produce una importante emigración a
Hollywood. Entre esos profesionales figuraban Benito Perojo, Jardiel
Poncela, Edgar Neville y otros. En 1934 se crean los estudios Cinematográfica
Española y Americana (CEA), fundados por varios dramaturgos. En esa
misma fecha se produce Agua en el suelo, de Eusebio Fernández
Ardavín. También en esos años se crea la distribuidora Compañía
Industrial Film Española Sociedad Anónima (CIFESA), que después se
convertiría también en productora. Durante la dictadura de Franco se
creó la Junta Superior de Censura Cinematográfica, que obligaba a
quienes quisieran realizar una película a presentar previamente el guión
y después la película, pues ésta debía ajustarse a "la exaltación
de los valores raciales y la enseñanza de nuestros principios morales y
políticos".
No
obstante, durante esta etapa se realizó un puñado de excelentes películas,
como Esa pareja feliz, de Juan Antonio Bardem y Luis García
Berlanga, y Surcos, de Nieves Conde, ambas de 1951. En esos años
en el cine español se deja sentir la influencia del neorrealismo
italiano. Títulos de esa etapa son Bienvenido Mr. Marshall
(1952) y El verdugo (1963), ambas de Luis García Berlanga, y Muerte
de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem. En la década de 1960
aparece el llamado nuevo cine español, con realizadores como Carlos
Saura, que dirige La caza (1965). Otros directores de esta etapa
son Mario Camus, Basilio Martín Patino, Manuel Summers, Miguel Picazo y
el actor y director Fernando Fernán Gómez. La década de 1970 se
caracterizó por las comedias populares comerciales, todo un subgénero
bautizado como 'destape'. Las producciones de Elías Querejeta lograban
que el cine español se conociera internacionalmente. Carlos Saura continúa
con La prima Angélica (1973) y Cría cuervos (1975). Luis
Buñuel vuelve a España para rodar Tristana (1970) y Víctor
Erice realiza El espíritu de la colmena (1973). Una vez
reinstaurada la monarquía, el cine se liberaliza y toca temas que en el
franquismo estaban prohibidos. En esta etapa el cine español ha
cosechado importantes galardones internacionales, como los premios Oscar
ganados por Volver a empezar (1982, de José Luis Garci), Belle
Époque (1992, de Fernando Trueba) y Todo sobre mi madre
(1999, de Pedro Almodóvar). Este último es el director más conocido
en el extranjero. En la década de 1990 surgió un movimiento de
renovación del cine español en busca de nuevos temas y nuevas
narrativas que aglutinó a una serie de realizadores, como Bigas Luna (La
camarera del Titanic), Juanma Bajo Ulloa, Alex de la Iglesia, Julio
Médem, Fernando León de Aranoa (Familia), Alejandro
Amenábar,
con éxitos como Tesis (1996),
Mar adentro (2004). Icíar Bollaín...
Una de las
figuras imprescindibles en la historia del cine universal es la del español
Luis Buñuel, cuya carrera cinematográfica ha transcurrido en su mayor
parte en México y Francia, debido a los problemas que tuvo con la
dictadura del general Franco tras la Guerra Civil española. De joven
era ya un autor de vanguardia; rodó junto al pintor surrealista
Salvador Dalí el cortometraje Un perro andaluz (1929) y el
mediometraje La edad de oro (1930). Son obras irreverentes con
una enorme capacidad para irritar a las autoridades (no sólo españolas,
sino también francesas) civiles y eclesiásticas por la fuerza de sus
imágenes surrealistas. Buñuel llegó a alcanzar renombre internacional
en la década de 1960 por su retrato despiadado de personajes incapaces
de asumir su propia esencia humana, como se muestra en Viridiana
(1961), rodada y prohibida en España, que obtuvo la Palma de Oro en
Cannes. En esta obra, Buñuel muestra las conexiones entre el fetichismo
sexual y la simbología religiosa, haciendo lo mismo en Diario de una
camarera (1964), rodada en Francia; Bella de día (1966) y Tristana
(1970), realizada también en España. Sus películas, a veces de un
realismo crudo, son también irónicas e ingeniosas cuando muestran el
mundo civilizado de la burguesía occidental, como en El ángel
exterminador (1962), en la que un grupo de gente de la alta sociedad
debe convivir durante días encerrados en una habitación de la que no
pueden salir (pese a que no haya impedimento físico alguno para
hacerlo), o en El discreto encanto de la burguesía (1972), Oscar
de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa. La idea de Buñuel
de que la persona busca negar su naturaleza animal creando códigos de
civilización y modos de comportamiento ritualizados hasta lo ridículo
es demostrada durante toda su obra a través de la subversión -o la
perversión- del orden moral establecido, situación que deja a los
personajes indefensos e incómodos ante su propio absurdo.
El cine
japonés
En 1951, el
director de cine japonés Akira Kurosawa, con Rashomon, ganó el
gran premio del Festival Internacional de Cine de Venecia, dando a
conocer el potente cine de su país al público occidental, después de
años en que maestros japoneses del cine, como Yasujiro Ozu, hubieran
sido la fuente de inspiración para los cineastas occidentales (de
hecho, el propio Kurosawa fue plagiado por la industria de Hollywood en
dos ocasiones, con Los siete samuráis (1954), de la que los
estadounidenses hacen Los siete magníficos, de John Sturges,
seis años después, y con Mercenario (1961), de la que parte
Sergio Leone para hacer sus spaghetti-western). Las películas de
Mizoguchi y de Kinugasa eran dramas hermosamente producidos con una
fotografía bella y caracterizada por un original empleo del color. Cuentos
de la Luna pálida de agosto (1953), de Mizoguchi, sobre leyendas
japonesas del siglo XVI, y La puerta del infierno (1954), de Kinugasa, sobre un cuento medieval de honor familiar, destacaron como
trabajos de una gran madurez artística, profundidad filosófica e
impacto visual. Sin embargo, del cine japonés, pese a su calidad y
solidez industrial, han llegado a Occidente pocas obras, exceptuando las
de Kurosawa, como Dersu Uzala (1975), Kagemusha (1980), Ran
(1985) o Los sueños de Akira Kurosawa (1990); las de Shohei
Imamura, como La balada de Narayama (1983), Palma de Oro en
Cannes, o Agua tibia bajo un puente rojo (2001); las de Nagisa
Oshima, como El imperio de los sentidos (1976), que causó un
gran escándalo;
Otros
directores interesantes son Takeshi Kitano, autor de películas
recientes tan interesantes como Dolls (2002) o Zatoichi
(2003); Takashi Miike que dirigió la controvertida e inquietante Audition
(2000); Recientemente, Takashi Shimizu ha conseguido un gran
éxito en Occidente con Ju-on (La maldición) (2003).
El cine
indio
La historia
cinematográfica de la India empieza en 1913 y se ha dedicado al mercado
interno, con una fuerte producción en cantidad pero con unos niveles de
calidad muy baja. En la década de los 50 se producen obras que atraen
la atención internacional -especialmente de su antigua metrópolis, el
Reino Unido-, destacando el realizador Satyajit Ray, con Pather
Panchali (Canción de la carretera, 1955), historia centrada
en un niño bengalí, continuada con
Aparajito (1956) y Apur Sansar (El mundo de Apu,
1959), obras muy influidas por el neorrealismo italiano.
Últimamente
podemos encontrar realizadores tan interesantes como Mira Nair, autora
de la popular La boda del monzón
(2001), y de Kamasutra
(1995). Otra directora conocida en occidente es Deepa Mehta con una
obra imprescindible para conocer la familia tradicional hindú y el
papel de la mujer en esta sociedad inmovilista, Fuego (1996), con graves
problemas para la proyección en su país. La mayoría de las películas
que se realizan en este país son un espectáculo de baja calidad en el
que se mezclan todos los géneros: drama, comedia, musical, melodrama...
En centro de este cine es Bombay que produce una gran cantidad de películas
que tienen un seguimiento masivo.
El cine nórdico
Uno de los
directores más originales del panorama internacional de posguerra fue
el sueco Ingmar Bergman, que dio a sus películas un aire filosófico
muy valorado por los espectadores con inquietudes intelectuales. Por el
tratamiento de los grandes problemas que aquejan al hombre: la soledad
humana, los conflictos religiosos y las obsesiones sexuales, se convirtió
en el principal director sueco y en un creador esencial en la historia
del cine. En El séptimo sello (1956) analiza los misterios de la
muerte y la moralidad a través de la historia de un caballero medieval
que juega una partida de ajedrez con la muerte. En Fresas salvajes
(1957), que interpreta el también cineasta Victor Sjöström, crea una
serie de flashbacks poéticos rememorando la vida de un viejo profesor.
Las películas de Bergman examinan el amor y otras cuestiones clave de
la existencia humana; en ellas analiza con mucha habilidad las
relaciones y los caracteres de diferentes personajes, todos ellos vívidamente
reflejados. En Persona (1966), Secretos de un matrimonio (1973),
Gritos y susurros (1972) y Sonata de otoño (1978), la
soledad, el vacío, las relaciones de amor-odio entre los distintos
personajes se entremezclan con las temáticas religiosas y filosóficas
que envuelven sus vidas. La carrera de Bergman se ha extendido a lo
largo de tres décadas con obras de gran valor, y un estilo visual
extraordinario al que acompañan una energía y una inteligencia únicas.
Jean Troell recoge lo mejor del cine bergmaniano en el díptico sobre la
emigración Los emigrantes (1971) y La nueva tierra
(1972), protagonizadas por Max von Sydow y Liv Ullmann.
En
Dinamarca se funda en 1995 el Dogma 95, que pretende recuperar
las esencias del cine, viciado por la marea tecnológica. El artífice
de este movimiento es Lars von Trier, uno de los grandes cineastas de
nuestro tiempo, con películas como Rompiendo las olas (1996), Los
idiotas (1998) y Bailar en la oscuridad (2000), protagonizada
por Bjork. Otros directores son Thomas Vinterberg y Søren
Kragh-Jacobsen,
autor de Mifune (1999).
Dogma 95
es un colectivo de cineastas fundado en Copenhague en la primavera de
1995. Tiene como fin luchar contra ciertas tendencias del cine
actual. Y presenta una serie de reglas indiscutibles conocidas como EL
VOTO DE CASTIDAD.
EL
VOTO DE CASTIDAD
Juro que me someteré a las reglas siguientes,
establecidas y confirmadas por:
1. El rodaje debe realizarse en exteriores.
Accesorios y decorados no pueden ser introducidos (si un accesorio en
concreto es necesario para la historia, será preciso elegir uno de los
exteriores en los que se encuentre este accesorio).
2. El sonido no debe ser producido separado de
las imágenes y viceversa. (No se puede utilizar música, salvo si está
presente en la escena en la que se rueda).
3. La cámara debe sostenerse en la mano.
Cualquier movimiento -o inmovilidad- conseguido con la mano están
autorizados.
4. La película tiene que ser en color. La
iluminación especial no es aceptada. (Si hay poca luz, la escena debe
ser cortada, o bien se puede montar sólo una luz sobre la cámara).
5. Los trucajes y filtros están prohibidos.
6. La película no debe contener ninguna acción
superficial. (Muertos, armas, etc., en ningún caso).
7. Los cambios temporales y geográficos están
prohibidos. (Es decir, que la película sucede aquí y ahora).
8. Las películas de género no son válidas.
9. El formato de la película debe ser en 35
mm.
10. El director no debe aparecer en los créditos.
¡Además, juro que como director me abstendré
de todo gusto personal! Ya no soy un artista. Juro que me abstendré de
crear una obra, porque considero que el instante es mucho más
importante que la totalidad. Mi fin supremo será hacer que la verdad
salga de mis personajes y del cuadro de la acción. Juro hacer esto por
todos los medios posibles y al precio del buen gusto y de todo tipo de
consideraciones estéticas.
Así pronuncio mi VOTO DE CASTIDAD.
Copenhague, Lunes 13 de Marzo de 1995.
En nombre de Dogma 95,
Lars
von Trier - Thomas Vinterberg
El cine
australiano
Tras décadas
de dominación en las que Australia era un mero decorado para filmar películas
extranjeras, un cine nacional pudo emerger a comienzos de la década de
1970, con la obra de Peter Weir (el más destacado de los cineastas
australianos) Picnic en Hanging Rock (1975). En esta película se
recreaba un incidente de 1900 en el que un grupo de colegialas
desapareció de forma inexplicable en una excursión. También han
destacado las obras de Bruce Beresford The Getting of Wisdom
(1977), sobre la vida en un colegio victoriano de chicas, y Consejo
de guerra (1980), que cuenta la historia real de tres soldados
australianos que durante la Guerra Bóer fueron juzgados por asesinato
de prisioneros y condenados a muerte. Gillian Armstrong en My
Brilliant Career (Mi brillante carrera, 1979) cuenta los
primeros años de vida de una escritora feminista de principios de
siglo. George Miller rueda la violenta Mad Max (1981).
Asociada
por su cercanía geográfica y cultural a Australia se encuentra la
cinematografía de Nueva Zelanda, con
Lee
Tamahori y la directora Jane Campion, autora de El piano (1993),
con la que nos ofrece una visión del panorama y
el ambiente prevaleciente en esas islas en el siglo XIX; años después
hizo Retrato de una dama (1996).
Lee Tamahori con su película Once Were Warriors se
concentró en descendientes contemporáneos de los Maorís, primeros
habitantes de Nueva Zelanda, y en la crisis experimentada por una familia
de esa procedencia étnica.
Últimamente nos han llegado las dos películas de Niki Caro: Memoria
y deseo (1997) y Whale rider (2002).
Paul J. Hoogan es autor de conocida La boda de Muriel (1994).
El cine
estadounidense a partir de la década de 1960
El impacto
del cine europeo sobre los cineastas estadounidenses y el posterior
declive del sistema de los estudios coadyuvaron durante las décadas de
1960 y 1970 al cambio del estilo del cine estadounidense.
A finales
de la década de 1960, de los estudios cinematográficos sólo quedaba
el nombre, ya que su función original y su propiedad habían sido
asumidas por inversores ajenos a la industria. Los nuevos propietarios,
las grandes corporaciones audiovisuales, pusieron el acento
preferentemente en la producción de películas como una mera inversión
de los excedentes de los negocios musicales. Así, los estudios aún
funcionaron durante la década de 1960 produciendo adaptaciones de
musicales y comedias de Broadway. En 1968, el fin de la censura permitió
a la industria de Hollywood especializarse en películas que mostraban
un alto grado de violencia y una visión más explícita de las
relaciones sexuales.
Al mismo
tiempo surgió una nueva generación de realizadores bajo la influencia
de las tendencias europeas y con el deseo de trabajar con diferentes
distribuidores, tomando cada película como una unidad por separado.
Muchos de ellos realizaron películas de gran calidad, tanto fuera de la
recién descentralizada industria como dentro de sus límites. Algunos
de ellos, como Stanley Kubrick, Woody Allen, Arthur Penn, Francis Ford
Coppola o Martin Scorsese, han tratado en numerosas ocasiones de
trabajar con el respaldo de una compañía financiera, buscando la
distribución de sus obras a través de un estudio distinto para cada
proyecto, o manteniendo una relación relativamente estable con uno de
ellos. Otros directores, como Robert Altman, John Cassavetes o John
Sayles, han tratado de eludir los canales establecidos, pero eso les ha
supuesto que sólo ocasionalmente hayan conseguido un éxito comercial
suficientemente amplio como para financiarse sus siguientes proyectos.
Stanley
Kubrick produjo durante unos años una serie de obras interesantes,
desde la sátira política de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú
(1963), hasta el desafío técnico de 2001: una odisea del espacio
(1968), la meticulosa adaptación del siglo XVIII de Barry Lyndon
(1975) o el horror gótico de El resplandor (1980), aunque sus
mejores películas siguen siendo las primeras: Atraco perfecto (1956),
hermosa síntesis del género policiaco, de un fatalismo poético; Senderos
de gloria (1957), una de las mejores películas antibelicistas de la
historia; Espartaco (1960), sobre la revuelta de los esclavos
romanos, y Lolita (1962), todas ellas además magistralmente
interpretadas. Arthur Penn, más complaciente, con Bonnie y Clyde
(1967) conmovió a los espectadores de las salas de arte y ensayo y a
los aficionados al cine de violencia y de aventuras, y sirvió de punto
de partida para el gusto de nuevas generaciones de espectadores, que
marcaron también Mike Nichols con El graduado (1967), o Dennis
Hopper con Buscando mi destino (1969). Penn continuó con el cine
'contracultural' de la década de 1960 con El restaurante de Alicia
(1969) y Pequeño gran hombre (1970). Por su parte, Woody Allen
dirigió y protagonizó una serie de películas formalmente semejantes a
las de los cómicos clásicos estadounidenses, algo entre sus admirados
Bob Hope y Groucho Marx, pero con un mensaje y unas actitudes
peculiares, propias de la sensibilidad de la ciudad de Nueva York. Entre
ellas son buenos ejemplos Toma el dinero y corre (1969), Bananas
(1971) y El dormilón (1973). Más tarde, Woody Allen ha
alcanzado una madurez indudable, alejado ya de la payasada, más
reflexivo y al mismo tiempo más amargo, preguntándose permanentemente
sobre el sexo, el amor, la muerte y la responsabilidad personal. Aquí
cabe citar Annie Hall (1977), Manhattan (1979), Hannah
y sus hermanas (1986), Días de radio (1987), Delitos y
faltas (1989) y Acordes y desacuerdos (1999).
En otro
estilo totalmente distinto, Francis Ford Coppola aparece como un
director de grandes producciones y arriesgados experimentos, no siempre
fructíferos comercialmente. Aunque esto no le ha impedido continuar una
obra tan personal como la de los autores europeos, ajeno a las
conveniencias y a las modas. De sus primeros fracasos económicos se
repone con El padrino (1972), un éxito comercial de tal magnitud
que le permite hacer la personal La conversación (1973), a la
que sigue la producción de American Graffiti (1973), de George
Lucas. Con los beneficios obtenidos con esta película realiza El
padrino II (1974) y Apocalypse now (1979), adaptación del
relato corto de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Ésta
resulta una gran obra aclamada por la crítica pero con un irregular
resultado de público. Corazonada (1981) fue un fracaso
comercial, lo que no le impide hacer poco después otra de sus mejores
obras, La ley de la calle (1983). Vuelve a conseguir el éxito
con Tucker: un hombre y su sueño (1988), otra obra maestra.
Cierra el ciclo de la familia Corleone con El padrino III (1990).
De nuevo obtuvo gran éxito de público en todo el mundo con su
particular Drácula (1992). Más clásico, aunque con un estilo
personal indiscutible es el también italoamericano Martin Scorsese,
autor de Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Toro
salvaje (1980), Uno de los nuestros (1990), La edad de la
inocencia (1993) o Casino (1995).
Robert
Altman, tras un enorme éxito comercial con M*A*S*H* (1970), que
se convirtió posteriormente en una larga y popular serie de televisión,
hace una serie de películas, por lo general complejas para el gran público,
exceptuando el musical Nashville (1975), en el que intervienen 26
personajes principales formando un gran tapiz de la política, la música,
el teatro y la religión. En sus obras más recientes vuelve a recuperar
el contacto con el espectador, como en El juego de Hollywood
(1991), una comedia negra sobre las intrigas de la producción
cinematográfica hollywoodiense, Vidas cruzadas (1993) y Prêt-à-porter
(1994) y Kansas City (1996). Cassavetes, actor y director cuyo
primer largometraje fue el documental experimental Sombras
(1960), se sumó a la producción convencional tras su éxito comercial
con Faces (1968), que repetiría con Una mujer bajo la
influencia (1974), protagonizada por su mujer, Gena Rowlands. John
Sayles, escritor, director y actor independiente, consiguió el aplauso
de la crítica por películas como Return of the Secaucus Seven
(1980), Matewan (1987) y Passion Fish (Peces de pasión,
1992). Spike Lee, que escribió, dirigió, produjo y protagonizó películas
tan alabadas por la crítica y por el público como Nola Darling
(1986), Haz lo que debas (1989) o Malcolm X (1992), en la
actualidad parece empeñado en crear un nuevo tipo de cine, centrado
casi exclusivamente en la problemática de la comunidad afroamericana en
Estados Unidos.
Frente al
cine que representan los anteriores realizadores de cine de autor, pese
a ser estadounidense y en ocasiones ligado a la industria de Hollywood,
ésta ha continuado otras líneas de producción para el consumo masivo,
especialmente de niños y adolescentes. Se basan principalmente en el
efectismo que las nuevas tecnologías y los grandes presupuestos
permiten. Dentro de esta categoría figuran las películas de catástrofes,
como La aventura del Poseidón (1972), de Ronald Neame, El
coloso en llamas (1974), de John Guillermin e Irvin
Allen, o Titanic
(1997), de James Cameron; las recreaciones de personajes del cómic,
como Superman (1978), de Richard Donner, Batman (1989), de
Tim Burton, y Spider-Man (2002), de Sam Raimi; o las películas bélicas
de ciencia ficción como la saga Star Wars, de Georges Lucas:
La guerra de las galaxias (1977), El imperio contraataca
(1980), El retorno de Jedi (1983), La amenaza fantasma
(1999) y El ataque de los clones (2002), la primera película
totalmente digital. A esto hay que añadir las fantasías tecnológicas
que ha hecho posible los avances de la informática, como Matrix
(1999), de Larry y Andy Wachowski.
En estos géneros comerciales ha
destacado Steven Spielberg (empezó con la interesante El diablo
sobre ruedas (1971)), desde Tiburón (1975), modelo de películas
en las que una criatura terrorífica atemoriza a una pacífica
comunidad, a las más serenas y emotivas de ciencia ficción Encuentros
en la tercera fase (1977) y E.T. el extraterrestre (1982),
que explotaron la fascinación por las posibilidades de vida
extraterrestre y su posible contacto con los humanos. En la serie de Indiana
Jones recrea el cine clásico de aventuras: En busca del arca
perdida (1981), Indiana Jones y el templo maldito (1984) e Indiana
Jones y la última cruzada (1989). En
1993, en un tono distinto al habitual, consiguió el apoyo de la crítica
y el público más exigente con La lista de Schindler, película
basada en la experiencia del Holocausto, filmada toda en blanco y negro
excepto una imagen en color.
Los
disparatados costes de estas megalómanas películas han llevado a
varios estudios a la bancarrota y han forzado a otros a producir sólo
dos o tres películas al año, con lo que la oferta de películas
disponibles se reduce, fenómeno que tiende a intensificarse con las políticas
de marketing aplicadas desde comienzos de la década de 1990: concentrar
el esfuerzo publicitario y promocional en pocas películas que copan
luego casi todas las salas de cine de las ciudades de todo el mundo, con
lo que queda escaso lugar para la exhibición de pequeñas producciones
independientes o producciones medias de las industrias nacionales. Estas
películas quedan así arrinconadas en salas especializadas, semejantes
a las antiguas de arte y ensayo, de aforo reducido, a las que acuden los
aficionados y no el gran público. De hecho, incluso en Estados Unidos,
aunque se siguen produciendo películas intimistas, más basadas en el
guión, la interpretación y la habilidad de los realizadores, como Kramer
contra Kramer (1979, de Robert Benton), Gente corriente
(1980, de Robert Redford), Paseando a Miss Daisy (1989, de
Bruce Beresford) o Las normas de la casa de la sidra (1999, de
John Irving), son a menudo (por no ser fantásticas ni efectistas y por
tratar de analizar o recrear la realidad cotidiana) consideradas una
empresa azarosa por los distribuidores, lo que facilita aún menos su
pervivencia.
Otros cines
El
cinema novo de Brasil,
creado en 1962 por Glauber Rocha, Nelson
Pereira dos Santos y Lima Barreto, desarrolló una estética apoyada en
la violencia. Rocha hacía cine de denuncia para mostrar el
subdesarrollo que azotaba a su país. Expresó con energía sus ideas en
Antonio das Mortes (1968). Actualmente encontramos directores tan
brillantes como Walter Salles con un estilo calificado como neorrealista
y que consiguió con Estación central de Brasil, entre otros
premios, el Oso de plata en el festival de Berlín en 1998. En 2004 ha
vuelto con Diarios de motocicleta, premiada en el festival de
Hollywood. Tampoco podemos olvidar a Fernando Meirelles autor de la
impresionante, bien construida y muy premiada Ciudad de Dios
(2002).
En
Cuba Tomás Gutiérrez Alea hace Historias de la revolución
(1960), Fresa y chocolate (1993) y Guantanamera (1995).
En
Argentina Leopoldo Torre Nilsson, cineasta introspectivo y simbólico,
describe la cultura bonaerense en La caída (1959). Juan José
Campanella ha conseguido buenas críticas y éxito de taquilla con El
hijo de la novia (2001). Eduardo Mignogna con su primera película,
Evita, quien quiera oír que oiga (1982), ganó premios en
los festivales de cine de Lisboa y Biarritz. En el 2003 nos ha llegado Cleopatra,
sobre unas soñadoras Thelma y Louise argentinas.
En
Polonia hubo una generación de directores encabezada por
Andrzej Wajda,
Roman Polanski y Krzysztof Zanussi. Krzysztof Kieslowski rodó en
Francia Tres colores: Azul, Blanco y Rojo (1993)
El
cine de Irán
se está conociendo gracias a los festivales
internacionales. Dotado de una frescura narrativa y un espíritu crítico,
es continuador del Neorrealismo. Los primeros directores
conocidos son Abbas Kiarostami, que se dio a conocer con A través de los olivos
(1993) la segunda película de la Trilogía de Koker. El otro es Mohsen
Makhmalbaf autor de Kandahar (2001). Tras ellos han aparecido otros
más jóvenes como Majid Majidi que hizo películas tan tiernas y
conmovedoras como El color del paraíso (1999); Samira Makhmalbaf
que con 18 años hizo La manzana (1998) y dos años después La
pizarra (2000). Bahman Ghobadi, actor en La pizarra, ha
conseguido un gran éxito con Un tiempo para los caballos borrachos
(2000) y Las tortugas también vuelan (2004). Otros directores
importantes son Jafar
Panahi y Amir Naderi.
De
Corea del Sur es muy conocido Kim Ki-Duk, conocido internacionalmente
con La isla (2000) película de escenas duras y premiada en
los Festivales de Venecia, Oporto y Bruselas. Más recientemente nos ha
llegado la delicada y sugestiva Primavera, verano, otoño, invierno...
y primavera (2003), premiada en el festival de San Sebastián, Hierro
3 y La samaritana.
En
China irrumpieron los directores de la llamada Quinta generación,
encabezados por Zhang Yimou, con películas tan bellas como Sorgo
rojo (1988), El camino a casa y Hero; y Chen Kaige,
autor de Adiós a mi concubina (1993), Wong Kar-Wai tuvo un gran
éxito con Deseando amar (2000).
Dai Sijie llevó a la pantalla su novela autobiográfica con el título
de Balzac y la joven costurera china (2002). Sun Zhou la
sugestiva película El tren de Zhou Yu (2002). Zhang Yang consiguió
la Concha de Plata al mejor director y el premio de la OCIC en el Festival
de Cine de San Sebastián, y, en Toronto, el Premio de la Crítica
Internacional con La ducha (1999). En Taiwan encontramos
a Ang Lee, que dirigió El banquete de bodas (1992) y Tormenta
de hielo (1997); y Wayne Wang, autor de Smoke (1994) y La
caja china (1997).
Obras
de las que se ha extraído el texto:
Historia general del cine - Coordinador, Genaro Talens. CÁTEDRA
Historia del cine con cien películas - Mercedes Miguel Borrás -
ACENTO
Historia del cine - Román Gubern - LUMEN
El western - Quim Casas - PAIDÓS
100 películas sobre historia contemporánea - J. Mª Caparrós
Lera - ALIANZA
El cine norteamericano en 120 películas - Augusto M. Torres -
ALIANZA
... Y algunas páginas web sobre cine.
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